Justificados por la fe: la familia que nace de la gracia

Una lectura histórica, teológica y pastoral de Romanos 4:1–12

Finalmente, allí donde se proclama el evangelio de la justificación por la fe en Dios, se forman comunidades humildes que reconocen que toda salvación proviene de la gracia divina. Esa misma fe que levantó a Jesús de entre los muertos es la fe que sostiene y define a la iglesia en todos los tiempos, como se vive y proclama en espacios como

La justificación por la fe en Dios es el eje central del argumento del apóstol Pablo en Romanos 4:1–12, pasaje que se inserta dentro de la exposición programática de Romanos 1:16–17, donde se afirma que la justicia de Dios se revela por medio de la fe. En esta sección de la carta, Pablo recurre a la historia de Israel para demostrar que la justificación nunca ha dependido de las obras humanas, de la etnicidad ni de los ritos religiosos, sino que es un don soberano de Dios recibido únicamente por la fe.

Este ensayo sostiene que Pablo escribe a una comunidad de fe multicultural en Roma, compuesta primordialmente por gentiles y judíos, marcada por tensiones identitarias y diversas formas de jactancia religiosa. Frente a este escenario, el apóstol argumenta que la justificación proviene exclusivamente de Dios y ha operado por la fe desde el origen de la historia bíblica, con el propósito de que el ser humano glorifique a Dios por su misericordia, tanto en lo personal como en lo comunitario, dentro de la iglesia.


Marco literario y fundamento teológico

En Romanos 1:18–3:31, Pablo ha demostrado que toda la humanidad, judía y gentil, se encuentra bajo el dominio del pecado. Ningún grupo posee superioridad moral o espiritual ante Dios. Posteriormente, en Romanos 3:27–30, el apóstol concluye que toda jactancia queda excluida, ya que Dios es uno y justifica por la fe tanto a circuncisos como a incircuncisos. Esta afirmación prepara el terreno para Romanos 4, donde Pablo fundamenta su argumento mediante el testimonio de Abraham y David, dos figuras centrales e incuestionables para la identidad judía.

Antes y después del capítulo 4, Pablo presenta la justificación como una realidad integral. En Romanos 3:21–24, la justicia de Dios se manifiesta como perdón y nueva identidad en Cristo. En Romanos 3:28, se afirma que el ser humano es justificado por la fe, no por obras de la ley. Más adelante, en Romanos 4:22–25 y 5:1–2, la justificación se describe como vida nueva, reconciliación y paz con Dios, no solo como un acto legal, sino como una experiencia transformadora dentro de la esfera de la gracia.


La justificación por la fe en Dios y la identidad de la comunidad

Pablo inicia Romanos 4:1 con una pregunta retórica propia del estilo de la diatriba: “¿Qué diremos entonces que halló Abraham, nuestro antepasado?”. Esta pregunta apunta directamente al problema de la identidad que enfrentaba la iglesia romana. Si el cristianismo representa el cumplimiento de las promesas hechas a Israel en Jesús Mesías, entonces Abraham se convierte en una figura clave para definir quién pertenece verdaderamente al pueblo de Dios.

La justificación por la fe en Dios no se presenta únicamente en términos individuales, sino también comunitarios y pastorales. Pablo busca sanar divisiones internas dentro de la iglesia, donde algunos podían jactarse de su herencia étnica y otros de su adhesión a prácticas religiosas. Al mostrar que Abraham fue justificado por la fe, el apóstol establece una identidad común que une a judíos y gentiles en una misma familia: la iglesia.


Abraham y la dimensión histórica de la justificación

Desde una perspectiva histórica, Abraham era considerado el fundador del judaísmo, el padre biológico del pueblo judío y el modelo por excelencia de obediencia y fidelidad a Dios. Pablo recurre deliberadamente a este patriarca para demostrar que la relación con Dios siempre ha estado basada en la fe.

Al citar Génesis 15:6, Pablo afirma que Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia. Este acto ocurre antes de la circuncisión, lo que evidencia que la justicia de Dios precede tanto a la ley como a los ritos religiosos. De este modo, Abraham se convierte en padre tanto de los gentiles creyentes, como Abram incircunciso, como de los judíos creyentes, como Abraham circuncidado. La fe que justificó a Abraham es la misma fe que justifica a la iglesia en Cristo.

Lejos de desacreditar a Abraham, Pablo lo presenta como el fundamento histórico compartido que derriba toda enemistad humana dentro de la comunidad cristiana.


Gracia divina frente al mérito humano

Desde el punto de vista teológico, Pablo establece una clara distinción entre obra y fe. Utiliza la analogía del trabajador que recibe salario por su labor para explicar que, si la justificación dependiera de las obras, Dios estaría obligado a pagar una deuda. En contraste, la fe no constituye un mérito humano, sino la respuesta confiada al Dios que justifica al impío.

La relación con Dios siempre se origina en la iniciativa divina. Abraham no es justificado por su obediencia, por su circuncisión ni por su estatus histórico, sino porque confía plenamente en la promesa de Dios. Así, Pablo presenta a Dios como el protagonista absoluto de la salvación y afirma que la justificación por la fe en Dios excluye toda forma de autosuficiencia humana.


David y la justificación entendida como perdón

Para reforzar su argumento, Pablo introduce a David como segundo testigo en Romanos 4:6–8, citando el Salmo 32. David encarna la justificación entendida como perdón gratuito del pecado. A diferencia de Abraham, David es recordado por graves transgresiones morales; sin embargo, es declarado bienaventurado porque Dios no toma en cuenta su pecado.

Este ejemplo amplía la comprensión de la justificación. No se trata únicamente de una declaración legal, sino de una experiencia concreta de la misericordia de Dios frente al pecado real. David demuestra que la gracia opera incluso bajo la ley mosaica y que la relación con Dios se sostiene por su perdón, no por la perfección moral del ser humano.


Alcance universal de la justificación por la fe en Dios

En Romanos 4:9–12, Pablo plantea una serie de preguntas decisivas: ¿esta bienaventuranza es solo para los circuncidados o también para los gentiles? La respuesta es inequívoca: la fe, y no la circuncisión, define al verdadero pueblo de Dios. La circuncisión es presentada únicamente como un sello de la justicia ya recibida por la fe.

De este modo, Abraham es declarado padre de todos los que creen, sin distinción étnica o ritual. La justificación adquiere así un alcance universal, anticipando el plan redentor de Dios para toda la humanidad y la formación de una comunidad redimida sin barreras identitarias.


Un fundamento de la vida cristiana

La justificación por la fe en Dios nace en Dios, es otorgada por Dios y tiene como finalidad la gloria de Dios. Pablo demuestra que ni la etnicidad, ni la ley, ni los ritos, ni las obras humanas pueden justificar al ser humano. Desde Abraham hasta David, y desde la iglesia romana hasta la iglesia contemporánea, la fe ha sido siempre el medio por el cual Dios concede su justicia.

Esta justificación no se limita a una declaración legal, sino que constituye una experiencia transformadora que conduce de la muerte a la vida, produce reconciliación, gratitud y adoración comunitaria. La iglesia, como familia de Abraham, está llamada a vivir sin jactancias humanas, como una comunidad hospitalaria, agradecida y centrada en la fe de Jesús Mesías.

Este artículo forma parte de las enseñanzas de la
Iglesia Asamblea de Dios Las Condes .

Autor

  • Pastor Iglesia Asamblea de Dios Las Condes
    Fabián Tobar es chileno y se desempeñó por años como director de la organización misionera Operación Movilización en Chile, OM. Actualmente está cursando una Maestría en Estudios Teológicos y Ministerios en el Seminario Fuller.