Contentamiento en Cristo: aprender a vivir con poco o con mucho

Prédicas
Prédicas
Contentamiento en Cristo: aprender a vivir con poco o con mucho
Cargando
/

El contentamiento en Cristo nos enseña a vivir con poco o con mucho sin quedar dominados por la comparación, la avaricia o la angustia. Aprender a vivir de esta manera no depende principalmente de nuestras circunstancias externas, sino de la fortaleza que encontramos en Cristo.

Cuando no llueve, nos quejamos porque falta agua. Cuando llueve demasiado, también nos quejamos. Pareciera que nunca logramos estar completamente conformes. ¿Cuál sería, entonces, la cantidad óptima de agua?

Esta misma actitud aparece en muchas áreas de la vida. Existe un dicho muy conocido: “el pasto del vecino siempre es más verde”. Sin embargo, si queremos que nuestro lado sea más verde, quizás necesitamos regarlo y prepararlo mejor.

Muchas veces miramos lo que tienen los demás. Pensamos que el automóvil del otro es mejor, que su trabajo es más conveniente o que necesita esforzarse menos. De esa comparación surge la sensación de que lo que tenemos no es suficiente.

Una sociedad marcada por la insatisfacción

Nuestra sociedad también vive con mucha angustia, especialmente por la dificultad de cumplir con los compromisos económicos.

Nos preguntamos cómo pagaremos las cuentas o cómo llegaremos a fin de mes. En otras ocasiones conseguimos algo que deseábamos —una casa nueva, un automóvil o algún otro bien—, lo disfrutamos durante un tiempo y, poco después, deja de satisfacernos.

Las cosas pueden producir una satisfacción momentánea, pero no logran satisfacer la totalidad del ser humano. Por eso hay tanta inquietud, angustia y depresión relacionadas con el deseo de tener más de lo que poseemos actualmente.

Jesús advirtió sobre la avaricia y enseñó que la vida de una persona no depende de la abundancia de sus posesiones (Lucas 12:15).

La sociedad suele valorar más a quien tiene la casa más grande, el automóvil más costoso o una mayor cantidad de bienes. Jesús, en cambio, presenta una perspectiva completamente diferente.

Esta enseñanza no era totalmente nueva. Dios ya había advertido al pueblo de Israel acerca de la codicia. El décimo mandamiento prohíbe desear intensamente la casa, la familia, los trabajadores, los animales o cualquier otra cosa perteneciente al prójimo (Éxodo 20:17).

Codiciar no es simplemente sentir un deseo pasajero. Es desear con mucha fuerza algo que otra persona tiene y nosotros no poseemos. Por eso, dentro de los diez mandamientos, uno está relacionado directamente con nuestra actitud frente a los bienes materiales.

La vida no consiste en lo que poseemos

Jesús nos llama a tener cuidado con la avaricia porque nuestra vida no consiste en la cantidad ni en la calidad de las cosas que tenemos.

Todos conocemos también la sensación de que el dinero se va como agua entre los dedos. El autor de Eclesiastés observó que quien ama el dinero nunca queda satisfecho con él y quien ama acumular bienes tampoco obtiene una satisfacción definitiva (Eclesiastés 5:10).

Los bienes materiales pueden satisfacer algunas necesidades durante un tiempo, pero no pueden saciar completamente al ser humano.

El apóstol Pablo compartió parte de su experiencia sobre esta realidad en su carta a la iglesia de Filipos (Filipenses 4:10-20).

Pablo y la ayuda de los filipenses

Pablo se alegró profundamente porque los creyentes de Filipos habían vuelto a preocuparse por sus necesidades. Ellos le enviaron ayuda económica más de una vez, incluso cuando él se encontraba en Tesalónica.

Sin embargo, Pablo aclaró que su alegría no provenía solamente del dinero recibido. Lo que realmente le alegraba era observar el fruto de generosidad que había surgido en aquella comunidad.

Los filipenses habían participado con él en medio de su tribulación. Se preocuparon por sus necesidades y compartieron de lo que poseían. Para Pablo, esa generosidad era agradable a Dios.

Dios se alegra cuando nos preocupamos por las necesidades de otras personas y cuando estamos dispuestos a compartir lo que tenemos.

Pablo estaba atravesando una gran dificultad, pero, al mismo tiempo, decía que no hablaba desde la escasez. Esto puede parecer contradictorio. ¿Necesitaba ayuda o no la necesitaba?

La respuesta se encuentra en lo que había aprendido durante su vida.

El contentamiento en Cristo no depende de las circunstancias

Pablo había aprendido a estar contento cualquiera fuera su situación. Sabía vivir humildemente y también sabía vivir en abundancia. Había experimentado momentos de saciedad y momentos de hambre, tiempos de abundancia y tiempos de necesidad.

En cada una de esas circunstancias había aprendido a estar conforme.

El contentamiento, en este contexto, no significa estar riéndose constantemente ni ignorar las dificultades. Significa estar satisfecho y confiar en Dios aun cuando las circunstancias externas no sean favorables.

A Pablo le había correspondido vivir tanto con poco como con mucho. En ambas situaciones aprendió el contentamiento en Cristo.

Esto demuestra que el contentamiento no depende principalmente de lo que sucede afuera. Es una realidad interior que puede mantenerse incluso en medio de la pobreza, el hambre o la abundancia.

Hoy sabemos que muchas personas atraviesan necesidades económicas debido a la falta de trabajo, problemas de salud o gastos extraordinarios. Cuando no alcanza el dinero, naturalmente surge el deseo de tener más.

Sin embargo, la insatisfacción no afecta solamente a quienes tienen poco. También existen personas con altos ingresos que viven angustiadas.

Algunas desean una segunda o tercera vivienda, un automóvil más nuevo o una marca más exclusiva. Otras viven con temor de perder lo que han conseguido. Muchos bienes han sido adquiridos mediante créditos, por lo que perder el trabajo puede significar no poder pagar las cuotas y arriesgarse a perder aquello que se posee.

De esta manera, tanto la pobreza como la abundancia pueden producir inquietud. Pablo, en cambio, había aprendido a vivir contento en ambas circunstancias.

El verdadero contexto de Filipenses 4:13

La conocida declaración de Filipenses 4:13 suele aplicarse a todo tipo de metas, desafíos o proyectos personales. Sin embargo, dentro de su contexto, Pablo está hablando principalmente de su capacidad para enfrentar tanto la necesidad como la abundancia.

El “todo” incluye vivir con poco y vivir con mucho.

Pablo no afirmaba que había logrado esto gracias a su inteligencia, autosuficiencia o capacidad personal. Su fortaleza provenía de Cristo.

El contentamiento en Cristo era lo que le permitía enfrentar circunstancias económicas completamente diferentes sin quedar dominado por ellas.

Pablo viajó por distintas regiones del Imperio romano, fundó iglesias y realizó labores misioneras. También trabajaba fabricando tiendas o carpas para obtener ingresos. En algunas ocasiones recibió aportes de las iglesias y en otras probablemente no los recibió.

Durante su vida experimentó ambas realidades.

Los riesgos de la abundancia

No solamente la pobreza puede transformarse en un problema. También existe el peligro de no saber administrar la abundancia.

Hace años existía en Chile un concurso conocido como la Polla Gol. Las personas pronosticaban los resultados de los partidos del campeonato nacional y quienes obtenían los mejores puntajes podían ganar una importante cantidad de dinero.

Se hizo conocido el caso de una persona que aparentemente ganó este premio en dos ocasiones, pero que posteriormente terminó sin conservar sus bienes.

Algo parecido puede suceder con algunos futbolistas jóvenes. Un muchacho de dieciocho o diecinueve años puede ingresar al equipo titular y comenzar a recibir varios millones de pesos o, en otros países, incluso millones de dólares.

Sin preparación, una persona puede gastar rápidamente esos recursos en automóviles costosos y otros bienes.

Iván Zamorano fue mencionado como un ejemplo diferente. Cuando salió al extranjero, permitió que su madre administrara sus ingresos. De esa manera pudo conservar, ordenar e invertir lo que recibía.

La abundancia también tiene riesgos. Por eso Pablo no fundamentaba su contentamiento en su capacidad para administrar recursos, sino en Cristo.

Una vida sin avaricia

El autor de Hebreos llama a vivir sin avaricia, contentos con lo que se tiene en el presente y confiando en que Dios no abandona a los suyos (Hebreos 13:5-6).

La invitación no se limita a una decisión aislada. Se refiere a nuestras costumbres y a nuestra forma cotidiana de vivir.

Cada persona conoce su situación actual. Sin importar cuánto tengamos, somos llamados a estar contentos y a confiar en que el Señor proveerá para nuestras necesidades.

Pablo también enseñó a Timoteo acerca de la piedad acompañada de contentamiento. Recordó que no trajimos nada a este mundo y que tampoco podremos llevarnos nada de él (1 Timoteo 6:6-10).

En la exposición, la piedad fue relacionada con la disposición de dar a quien tiene necesidad, en lugar de vivir pensando solamente en las necesidades propias.

Antiguamente algunas personas eran enterradas con armas, utensilios o alimentos, como si pudieran llevarlos consigo. Sin embargo, llegamos al mundo sin nada y también partiremos sin llevarnos los bienes materiales.

Por eso, teniendo sustento y abrigo, debemos aprender a estar contentos.

El peligro del amor al dinero

Jesús conocía nuestras necesidades materiales. En el Padre Nuestro enseñó a pedir el pan necesario para cada día. No enseñó a pedir una cantidad de dinero que nos permitiera vivir sin depender nunca más de Dios.

Necesitamos sustento y abrigo. El problema aparece cuando el deseo de enriquecerse conduce a tentaciones, codicias dañinas y decisiones que pueden terminar destruyendo la vida de una persona (1 Timoteo 6:6-10).

El dinero en sí mismo no es presentado como malo. El problema es el amor al dinero.

Incluso algunas personas se han apartado de la fe por perseguirlo. Jesús enseñó que nadie puede servir a dos señores. No podemos convertir simultáneamente a Dios y a las riquezas en el centro de nuestra vida.

Dios puede permitir que lleguen muchos recursos a nuestras manos. La pregunta es cómo vivimos cuando eso sucede, cuánto gastamos solamente en nosotros mismos y cuánto estamos dispuestos a compartir.

La vida cristiana debe estar marcada por la generosidad, el contentamiento y una manera sencilla de vivir.

Aprender el contentamiento en Cristo

Pablo resumió el fundamento de su aprendizaje señalando que su fortaleza estaba en Cristo. Probablemente este también fue un proceso en su vida.

El Espíritu fue transformándolo y enseñándole a vivir satisfecho en distintas circunstancias.

También nosotros podemos poner en práctica algunas acciones para aprender el contentamiento en Cristo en nuestra vida cotidiana.

Agradecer por lo que ya tenemos

Todos tenemos algo por lo cual agradecer hoy.

Podemos agradecer porque podemos caminar, porque respiramos aire limpio o porque contemplamos la cordillera nevada. Muchas veces quienes vienen desde otros países valoran aspectos de nuestra ciudad que nosotros dejamos de observar por costumbre.

En una ocasión, algunos brasileños que visitaban un lugar de trabajo se maravillaban contemplando y fotografiando la cordillera. En Brasil no tienen montañas nevadas como las que pueden verse desde Santiago. Nosotros quizás desearíamos tener playas más cálidas, mientras ellos apreciaban profundamente aquello que nosotros vemos habitualmente.

También podemos agradecer porque despertamos con energía, porque tenemos salud, comida, trabajo, familia, amigos o la posibilidad de estudiar.

A veces damos gracias antes de comer solamente por costumbre. Sin embargo, necesitamos comprender realmente el valor de aquello que hemos recibido.

Contar nuestras bendiciones, tanto personalmente como junto a otras personas, es un camino por medio del cual el Señor puede enseñarnos a estar contentos con lo que tenemos actualmente.

Recordar los límites del dinero

El dinero puede comprar alimentos, pero no puede producir una satisfacción permanente. Puede comprar medicamentos, pero no puede garantizar la salud.

Existen necesidades reales que pueden cubrirse mediante recursos económicos, pero el dinero tiene límites.

Cuando olvidamos esos límites, comenzamos a esperar de las cosas materiales algo que nunca podrán entregarnos.

Reconocer que las cosas materiales son temporales

Todo lo que vemos tiene una duración limitada.

En una casa, una cerámica que permaneció durante veinticinco años puede romperse repentinamente debido a los cambios de temperatura, al desgaste o a problemas en su instalación. Entonces es necesario reparar el piso y enfrentar todo lo que ese trabajo implica.

Los automóviles también fallan y los objetos se desgastan.

Las cosas materiales son temporales. Por eso no pueden constituir el fundamento definitivo de nuestra seguridad.

Aprender a dar

Jesús enseñó que existe mayor felicidad en dar que en recibir (Hechos 20:35).

Cuando amamos el dinero como si fuera un dios, este puede atraparnos, producir cadenas y conducirnos a compromisos difíciles de abandonar.

Un crédito permite recibir un bien inmediatamente, pero también puede mantenernos ligados durante años al pago de cuotas e intereses.

Incluso acumular dinero puede producir temor. Una persona puede guardar recursos y vivir preocupada de que alguien los robe. Antiguamente se hablaba de guardar dinero bajo el colchón, pero esa misma acumulación podía generar inseguridad y angustia.

Dar rompe parte de ese dominio.

Existe alegría en compartir con quienes tienen necesidad, aportar a la obra de la iglesia y no vivir reteniendo todo para nosotros mismos.

¿Cómo está nuestro nivel de contentamiento?

Necesitamos preguntarnos cómo estamos viviendo actualmente.

Quizás sentimos angustia porque no sabemos cómo terminaremos el mes o cómo pagaremos algún compromiso económico. Puede existir una necesidad real que nos aflige.

La invitación es a pedirle al Señor que nos ayude y nos enseñe a vivir contentos.

Si atravesamos un momento difícil, podemos pedir que nuestra realidad interior no quede determinada completamente por nuestras circunstancias externas.

Como Pablo, podemos aprender a estar satisfechos tanto en la necesidad como en la abundancia, no porque seamos autosuficientes, sino porque Cristo nos fortalece.

No necesitamos vivir quejándonos constantemente por aquello que no tenemos. Podemos aprender a estar contentos con lo que Dios nos ha entregado hoy.

Tampoco necesitamos vivir descontentos con el presente ni angustiados por el futuro. Podemos descansar en la providencia de Dios y pedir que fortalezca nuestro interior.

El contentamiento en Cristo significa confiar en que Dios permanece presente, provee para nuestras necesidades y nos libera de vivir comparándonos con los demás.

Una oración por contentamiento

Señor, queremos pedirte perdón porque muchas veces no valoramos ni agradecemos las bendiciones que nos das.

Gracias porque tenemos lo que necesitamos, porque te preocupas cada día por nosotros y porque nos permites contemplar la belleza que existe a nuestro alrededor.

A veces vivimos con tal grado de descontento interior que no somos capaces de agradecerte ni de estar conformes con lo que nos entregas hoy.

Gracias porque nos perdonas y porque, mediante la muerte de Cristo en la cruz, has pagado por nuestros pecados. Ese es tu regalo más grande. Gracias porque podemos acercarnos a ti, confiar en tus cuidados y recibir tu provisión.

Si existe en nosotros alguna necesidad económica que nos aflige, ayúdanos a presentarla delante de ti.

Si estamos más preocupados por las cosas que por las personas o por aquello que tú quieres para nosotros, libéranos de esa preocupación.

Danos tu paz y fortalécenos en Cristo. Ayúdanos a buscar nuestra fortaleza en ti y a estar contentos con lo que nos das hoy.

No permitas que vivamos mirando al vecino ni codiciando lo que tiene. Ayúdanos a estar satisfechos con el sustento y el abrigo, a no ser avaros y a no caer en tentación.

Gracias porque podemos confiar en ti. Al mirar nuestra historia, reconocemos que siempre has sido bueno y que has provisto aquello que materialmente hemos necesitado.

Sé tú nuestro Señor. Que las cosas y el dinero, que no pueden saciar ni salvar, nunca ocupen el lugar que solamente te corresponde a ti.

En el nombre de Jesús. Amén.

Este mensaje invita a vivir confiando en Dios y forma parte de la enseñanza compartida por la comunidad de la Iglesia Asamblea de Dios Las Condes

Autor

  • Presbítero Iglesia Asamblea de Dios Las Condes
    Derek Bull es chileno y se ha desempeñado desde 1997 como miembro activo de la iglesia, colaborando en la labor pastoral en distintas áreas de su misión, como estudios bíblicos, organización y administración.