¿Cómo esperar la segunda venida de Cristo? Una esperanza centrada en Jesús

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¿Cómo esperar la segunda venida de Cristo? Una esperanza centrada en Jesús
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La segunda venida de Cristo es la esperanza de todo creyente, pero ¿cómo debemos esperar realmente su regreso? Este mensaje nos invita a encontrar una respuesta equilibrada: no vivir aferrados únicamente a nuestros proyectos terrenales, pero tampoco contemplar el futuro con pesimismo o permanecer inmóviles esperando escapar de este mundo.

Esperamos a Cristo porque deseamos estar con Él. Esa es la esencia de la esperanza cristiana.

Este mensaje también nace de una visión que une el estudio de las Escrituras con la misión. Por eso resulta valioso mencionar el aporte de cursos como Perspectivas, cuyo material reúne el trabajo de teólogos, estudiosos, pastores, misioneros y personas con experiencia en el campo. Su riqueza está en combinar la reflexión bíblica con la práctica misionera, recordándonos que la verdad que aprendemos también debe impulsarnos a actuar.

Dos formas de mirar el regreso de Jesús

Hace algunos años conversé con un joven que recordaba cómo había sido su relación con Dios durante la adolescencia.

A los quince años, su mayor deleite era el Señor. Quería predicar el evangelio, hablar de Jesús y encontrar oportunidades para compartir su fe con todas las personas. Sin embargo, en medio de ese entusiasmo, comenzó a preguntarse:

¿Por qué tendría que venir el Señor ahora, si el mundo no parece tan malo y todavía hay tanto por hacer?

Él comprendía la realidad del pecado. Se reconocía como un pecador arrepentido y creía en la enseñanza de las Escrituras. Sin embargo, también disfrutaba la vida y veía muchas posibilidades por delante.

Todo cambió cuando se enteró de que un integrante de su familia había sufrido un abuso.

A partir de ese momento, su perspectiva sobre el mundo se transformó. Comprendió de una manera dolorosa que el pecado corrompe todas las cosas y que existe una injusticia capaz de afectar profundamente la vida de las personas.

Entonces su oración cambió:

Ven, Señor. Este mundo es demasiado malo.

Este testimonio representa dos maneras muy distintas de pensar en la segunda venida de Cristo.

Por una parte, podemos sentirnos tan cómodos con nuestra vida que el regreso del Señor parece interrumpir nuestros sueños. Un joven puede querer casarse, formar una familia, desarrollar su profesión, cumplir proyectos o tener una casa propia.

Desde esa perspectiva, podría pensar:

Señor, todavía no vengas. Aún tengo muchas cosas que deseo vivir.

Por otra parte, podemos observar la corrupción, el sufrimiento y la injusticia de este mundo y caer en un profundo pesimismo. Podemos concluir que todo está perdido y que lo único que queda es esperar que Jesús venga a rescatarnos.

Sin embargo, ninguna de estas dos posiciones expresa completamente la esperanza cristiana.

El creyente necesita una visión equilibrada. No esperamos al Señor porque despreciamos todo lo que hacemos en esta tierra, pero tampoco vivimos como si nuestra esperanza definitiva estuviera aquí.

Esperamos a Cristo porque queremos estar con Cristo.

La segunda venida de Cristo trae esperanza al corazón turbado

Las palabras de Jesús en Juan 14 fueron pronunciadas en un momento de gran tensión emocional para los discípulos.

Ellos habían caminado aproximadamente tres años junto al Maestro. Creían que Jesús era verdaderamente el Mesías, el Ungido y el prometido por las Escrituras. Esperaban que estableciera el reino mesiánico y trajera liberación a Israel.

Sin embargo, durante las últimas conversaciones de Jesús con ellos, comenzaron a escuchar anuncios que no coincidían con sus expectativas.

Jesús anunció que uno de sus discípulos lo entregaría (Juan 13:21). También les dijo que se marcharía y que, en ese momento, ellos no podrían acompañarlo (Juan 13:33). Además, anunció que Pedro lo negaría (Juan 13:36-38).

Los discípulos estaban recibiendo una gran cantidad de información difícil de comprender. Aquel a quien reconocían como su Maestro y Salvador hablaba de traición, negación, sufrimiento y partida.

Sus corazones estaban turbados.

Probablemente se preguntaban:

¿Por qué tienes que marcharte? ¿Qué ocurrirá con nosotros? ¿No vas a restaurar el reino? ¿Por qué te vas, si eres nuestro Maestro y nuestro amado Señor?

Es en ese contexto que Jesús los llama a confiar en Dios y a confiar también en Él. Luego les habla de la casa del Padre, de sus muchas moradas y del lugar que prepararía para ellos (Juan 14:1-4).

La partida de Jesús no significaba que los estuviera abandonando.

Era una separación temporal.

Cristo se marcharía, pero también prometió regresar para tomar consigo a sus discípulos y llevarlos al lugar donde Él está.

Esta es la esperanza del cristiano: Jesús se fue, pero volverá.

El Novio regresará por su Iglesia

Para explicar esta promesa, Jesús utilizó un lenguaje relacionado con las costumbres matrimoniales de su tiempo.

Cuando se establecía un compromiso, las familias llegaban a un acuerdo y el novio se retiraba durante un periodo para preparar un lugar donde viviría junto a su futura esposa.

Generalmente, ese lugar se encontraba en la casa de su padre.

Mientras el novio preparaba la morada, la novia debía esperar su regreso. Tenía que permanecer preparada para el momento en que él volviera a buscarla y la llevara consigo.

Esta imagen permite comprender la promesa entregada por Jesús.

Cristo es el esposo y la Iglesia es presentada como su novia. Él se fue para preparar un lugar y prometió regresar para llevarnos con Él.

La separación actual no es definitiva.

Aunque todavía no vemos a Jesús cara a cara, vivimos confiando en su palabra. Sabemos que el Novio volverá por su Iglesia y que estaremos para siempre en el lugar donde Él está.

No sé qué situación estás viviendo en este momento. Tal vez estás atravesando una enfermedad, una pérdida, una injusticia, una decepción o un tiempo de incertidumbre.

Tampoco sé qué tan viva se encuentra en tu corazón la esperanza de encontrarte con Jesús.

Pero la promesa permanece: Él regresará por los suyos.

Lo más hermoso del cielo es Jesús

Cuando pensamos en el cielo, podemos imaginar las imágenes extraordinarias presentadas en la Biblia: el mar de cristal, las calles de oro, la gloria y la belleza de aquel lugar.

Podemos desear estar allí porque imaginamos un lugar espléndido, sin dolor, sufrimiento ni corrupción.

Sin embargo, aquello que hace verdaderamente maravilloso el cielo no es su estructura.

Lo que hace precioso ese lugar es Jesús.

La esperanza cristiana no consiste solamente en trasladarnos desde un mundo lleno de sufrimiento hacia un espacio mejor. Nuestra esperanza es estar con una persona: nuestro amado Salvador.

El cielo no sería lo mismo sin Cristo.

Por eso debemos preguntarnos con sinceridad:

¿Quiero ir al cielo solamente por las maravillas que podrían existir allí?

¿Deseo estar en aquel lugar únicamente porque quiero escapar del sufrimiento?

¿O quiero ir porque deseo encontrarme con Jesús?

La esperanza principal del creyente es conocer al Señor cara a cara. Queremos mirarlo, estar con Él, contemplar sus manos, abrazarlo y permanecer eternamente en su presencia.

No es solamente el lugar lo que anhelamos, sino a quien habita ese lugar.

Si Jesús está allí, queremos estar allí.

La salvación es estar con Cristo

En ocasiones pensamos en la salvación únicamente como una experiencia interior o como el perdón que recibimos durante esta vida.

Sin embargo, la salvación también significa estar con Jesús.

Significa habitar donde Él está, vivir sin condenación y permanecer eternamente en un lugar lleno de su presencia y de su gloria.

Cristo murió en la cruz y nos entregó vida eterna. Esa vida eterna no consiste solamente en existir para siempre, sino en permanecer para siempre con Él.

Por eso Jesús les dijo a sus discípulos que regresaría para llevarlos consigo.

La salvación alcanza su plenitud cuando estamos con nuestro Salvador.

Preparados para recibir al Esposo

La parábola de las diez vírgenes entrega otro principio importante acerca de cómo esperar la segunda venida de Cristo (Mateo 25:1-13).

Las diez vírgenes salieron a esperar al esposo, pero no todas se prepararon de la misma manera. Algunas llevaron el aceite necesario, mientras que otras actuaron con descuido.

Cuando llegó el esposo, solamente las que estaban preparadas pudieron entrar con él a las bodas.

La enseñanza es clara: no conocemos el día ni la hora de la llegada del Señor.

Por lo tanto, nuestra espera no puede estar marcada por la indiferencia espiritual.

Mientras esperamos al Novio, perseveramos en la fe, buscamos la santidad y permanecemos fieles a su nombre.

La Iglesia primitiva entendía que el regreso de Jesús podía ocurrir en cualquier momento. Los primeros creyentes vivían con una conciencia constante de su venida.

Esa esperanza no los llevaba a abandonar sus responsabilidades. Los motivaba a vivir con fidelidad.

Esperar a Cristo significa prepararnos para encontrarnos con Él.

No esperamos mirando solamente al cielo

Antes de ascender, Jesús habló con sus discípulos acerca de la misión que debían cumplir.

Ellos todavía querían saber cuándo se restauraría el reino. Esa era una de las grandes expectativas de los judíos del primer siglo y también de los discípulos.

Sin embargo, Jesús les explicó que no les correspondía conocer los tiempos ni las épocas que el Padre había establecido con su propia autoridad.

En lugar de entregarles una fecha, les prometió poder cuando el Espíritu Santo viniera sobre ellos.

Ese poder tenía un propósito: convertirlos en testigos de Jesús en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta los confines de la tierra (Hechos 1:6-11).

Después de decir estas cosas, Jesús ascendió mientras ellos miraban.

Los discípulos permanecieron observando fijamente el cielo, hasta que dos varones vestidos de blanco se presentaron junto a ellos y les recordaron que aquel mismo Jesús regresaría de la misma manera en que lo habían visto marcharse.

Cristo volverá.

Su regreso será real y visible.

Sin embargo, los discípulos no podían quedarse para siempre mirando hacia arriba.

Había una misión que cumplir.

Una espera llena del Espíritu Santo

Jesús no llamó a su Iglesia a esperar pasivamente.

Los discípulos debían esperar la promesa del Padre, recibir el poder del Espíritu Santo y convertirse en testigos del evangelio.

La única manera de resistir, perseverar y cumplir la misión mientras esperamos el regreso de Cristo es vivir dependiendo del Espíritu Santo.

Él nos entrega poder para anunciar a Jesús, incluso en medio de la oposición, el sufrimiento y las dificultades.

La misión comenzó en Jerusalén y debía extenderse hacia Judea, Samaria y hasta los confines de la tierra.

Para nosotros, esa misión comienza donde Dios nos ha puesto.

Comienza en nuestra familia, en nuestro vecindario, en Las Condes, en Santiago, en las regiones de Chile y en las naciones.

Comienza en nuestros trabajos, estudios, profesiones y relaciones cotidianas.

Mientras esperamos a Jesús, predicamos el evangelio.

No vivimos cruzados de brazos. Hablamos de Cristo, servimos a las personas, enviamos misioneros y buscamos que más personas conozcan las buenas noticias de salvación.

Ese es también el compromiso de la Iglesia Asamblea de Dios Las Condes

Esperamos al Señor, pero seguimos cumpliendo la misión que Él nos entregó.

No ponemos fechas, pero permanecemos atentos

A lo largo de la historia, diferentes personas han intentado establecer fechas exactas para el regreso de Jesús.

Sin embargo, no nos corresponde determinar el día ni la hora.

No debemos afirmar que Cristo vendrá en una fecha específica ni construir nuestra esperanza sobre cálculos humanos.

Esto no significa que debamos ignorar lo que ocurre en el mundo.

Podemos observar las señales, reconocer la realidad del pecado y comprender que la historia se dirige hacia el cumplimiento de las promesas de Dios. Pero no convertimos esas señales en predicciones irresponsables.

Nuestra tarea no es calcular la fecha.

Nuestra tarea es permanecer preparados.

Esperar sin pesimismo ni indiferencia

El cristiano no debe ser fatalista.

Es cierto que el pecado ha corrompido profundamente este mundo. Existen abusos, injusticias, enfermedades, violencia, sufrimiento y muerte.

También es cierto que muchas experiencias de la vida pueden hacernos observar el presente en un tono menor.

Pero no permitimos que esa realidad nos paralice.

No pensamos que todo está perdido y que ya no vale la pena predicar, servir o trabajar.

Mientras esperamos a Cristo, seguimos anunciando las buenas noticias de salvación a todas las personas.

Por otra parte, tampoco vivimos indiferentes a su regreso.

No estamos tan aferrados a nuestros planes que la venida del Señor deja de importarnos. Podemos tener proyectos, sueños y responsabilidades, pero entendemos que nuestra esperanza definitiva no está en ellos.

La vida cristiana se encuentra en ese equilibrio.

Trabajamos, servimos, amamos y predicamos, mientras nuestros corazones continúan diciendo:

Ven, Señor.

Cristo restaurará todas las cosas

La esperanza del creyente también se encuentra en la restauración que acompañará el regreso de Jesús.

Quienes hoy sufren una enfermedad, una limitación física o alguna dificultad cognitiva pueden mirar hacia el futuro con esperanza.

Un día recibiremos cuerpos nuevos y glorificados, semejantes al cuerpo glorioso de Cristo.

El sufrimiento actual no tendrá la última palabra.

El pecado ha afectado todas las dimensiones de la creación, pero Jesús restaurará todas las cosas.

Aquello que vivimos ahora es momentáneo frente a la eternidad que pasaremos con Él.

Por eso las bodas del Cordero representan una esperanza tan preciosa para la Iglesia (Apocalipsis 19:7-9).

La novia espera al Novio.

La Iglesia espera a Cristo.

Y un día estaremos eternamente con nuestro amado Señor.

¿Cómo está hoy tu esperanza?

¿Cómo está tu esperanza respecto de la segunda venida de Cristo?

¿Es un tema que todavía ocupa un lugar importante en tu vida o ha quedado olvidado en algún rincón de tus recuerdos?

¿Quieres que Jesús vuelva solamente porque estás cansado de este mundo?

¿Preferirías que no regresara todavía porque estás demasiado aferrado a tus sueños?

¿O anhelas su regreso porque amas profundamente al Señor y quieres estar con Él?

La esperanza cristiana es una expresión de amor.

Esperamos a Jesús porque lo amamos. Queremos conocerlo más, contemplarlo cara a cara y pasar la eternidad junto a Él.

Nuestro anhelo no nace solamente de la maldad que observamos en el mundo ni de la belleza que imaginamos en el cielo.

Nace de Cristo.

Él es nuestra esperanza.

Una oración para renovar la esperanza

Señor, te alabamos y te bendecimos porque tu Palabra nos lleva a examinar por qué deseamos ir al cielo.

Queremos estar allí porque es valioso estar contigo.

Tal vez no conocemos todos los detalles de la eternidad. No sabemos exactamente cómo lucirá cada cosa, pero sabemos quién eres Tú, lo que hiciste por nosotros y cuánto nos amas.

Jesús, queremos conocerte más y pasar la eternidad contigo.

En medio de este mundo de aflicción, muchas situaciones pueden llevarnos al pesimismo. Podemos quedar inmóviles, como los discípulos que permanecieron mirando hacia el cielo.

Por eso te pedimos que nos ayudes por medio de tu Espíritu Santo.

Danos poder para seguir predicando el evangelio. Ayúdanos a anunciar a Cristo a nuestras familias, vecinos, compañeros, amigos y a todas las personas que necesitan escuchar las buenas noticias.

Danos una visión misionera. Permite que podamos enviar obreros a las naciones y que muchas personas lleguen a conocer tu evangelio.

Sigue entregándonos oportunidades para hablar de Jesús.

Y si la esperanza de tu regreso ha quedado escondida en algún rincón de nuestra vida, tráela nuevamente a nuestra memoria.

Aviva en nosotros la esperanza del encuentro contigo.

La segunda venida de Cristo es nuestra bendita esperanza porque significa que finalmente estaremos con Jesús.

Ven, Señor. Queremos estar contigo.

Autor

  • Pastor Iglesia Asamblea de Dios Las Condes
    Fabián Tobar es chileno y se desempeñó por años como director de la organización misionera Operación Movilización en Chile, OM. Actualmente está cursando una Maestría en Estudios Teológicos y Ministerios en el Seminario Fuller.