La pasión por la gloria de Dios es el núcleo que da sentido a la vida cristiana y redefine completamente la manera en que entendemos las misiones y el evangelismo. No se trata simplemente de cumplir un mandato, ni de sostener una práctica religiosa, sino de responder con todo el ser a la grandeza, belleza y valor infinito de Dios. Cuando esta verdad deja de ser solo una idea y se convierte en una convicción viva, transforma la obediencia en deleite, el deber en gozo y la rutina en adoración.
A lo largo de la historia, tanto dentro como fuera del ámbito cristiano, es posible observar que las personas viven guiadas por aquello que aman profundamente. La pasión, en su forma más esencial, es aquello que orienta la vida entera. No es una emoción pasajera, ni un entusiasmo momentáneo, sino una fuerza interior que organiza prioridades, dirige decisiones y sostiene el esfuerzo en medio de la dificultad. Aquello que alguien considera verdaderamente valioso es aquello por lo cual está dispuesto a sacrificar tiempo, energía, recursos e incluso su propia comodidad.
En este sentido, la pasión no solo revela lo que una persona ama, sino también lo que considera digno de su vida. Y es precisamente aquí donde surge una pregunta fundamental para la vida cristiana: ¿qué lugar ocupa Dios en esa estructura de valor? ¿Es Él el centro que ordena todas las cosas o simplemente una parte más dentro de un conjunto de intereses?
Cuando se observa la vida de personas que han dejado una huella profunda, se descubre que no vivieron de manera superficial. Fueron individuos marcados por una convicción que trascendía lo inmediato. En algunos casos, esa pasión estuvo orientada hacia el conocimiento, la justicia o una causa humanitaria. En otros, hacia el servicio a Dios y la extensión de su obra. Pero en todos los casos, hay un elemento común: una vida entregada a algo considerado supremo.
Sin embargo, en el contexto de la fe cristiana, la pasión alcanza su expresión más plena cuando está dirigida hacia Dios mismo. No hacia lo que Él puede dar, ni únicamente hacia sus beneficios, sino hacia su persona, su carácter y su gloria. Aquí es donde la pasión por la gloria de Dios se convierte en el fundamento de todo.
La raíz del problema: cuando la fe pierde su fuego
Uno de los desafíos más profundos dentro de la iglesia es la pérdida de esta pasión. No necesariamente se pierde la doctrina, ni las prácticas externas, ni siquiera el conocimiento bíblico. Lo que muchas veces se desvanece es el fuego interior, la motivación profunda que da vida a todo lo demás.
En el ámbito de las misiones y el evangelismo, esto se hace particularmente evidente. Se reconoce que evangelizar es importante. Se enseña que es un mandato. Se organizan actividades, programas y estrategias. Pero, aun así, muchas veces cuesta involucrarse de manera genuina.
¿Por qué sucede esto?
Porque cuando el evangelismo se entiende únicamente como una responsabilidad, se desconecta de su fuente más profunda: la adoración. Y todo lo que se hace desconectado del amor termina volviéndose pesado, mecánico y, eventualmente, insostenible.
La diferencia entre una acción movida por obligación y una movida por amor es radical. La obligación presiona desde afuera; el amor impulsa desde adentro. La obligación exige cumplimiento; el amor produce entrega. La obligación puede sostener acciones por un tiempo; el amor transforma la vida completa.
Por eso, cuando la iglesia pierde la pasión por Dios, inevitablemente pierde también el impulso misionero. No porque deje de creer en la misión, sino porque deja de sentir el peso de la gloria de Aquel que debe ser proclamado.
El llamado a amar a Dios con todo el ser
La Escritura establece con claridad que la relación con Dios no está diseñada para ser parcial ni superficial. En (Deuteronomio 6:4-5), se presenta el llamado a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas.
Este mandato no es simplemente una instrucción moral, sino una invitación a una entrega total. El corazón, en el pensamiento bíblico, no se limita a las emociones, sino que incluye la mente, la voluntad y las decisiones. Amar a Dios con todo el corazón implica que cada pensamiento, cada intención y cada elección estén orientados hacia Él.
El alma, por su parte, representa la vida misma. No se trata de una dimensión separada del cuerpo, sino de la totalidad del ser. Amar a Dios con toda el alma implica que toda la existencia esté rendida a Él, incluso hasta la muerte si es necesario.
Finalmente, las fuerzas no solo hablan de energía física, sino de todos los recursos disponibles: capacidades, posesiones, relaciones, oportunidades. Todo lo que una persona tiene y es debe estar dispuesto para amar a Dios.
Este mandamiento revela algo esencial: Dios no busca una parte de la vida, sino toda la vida. Y esa totalidad no puede ser sostenida por mera obligación. Solo puede nacer de una pasión real.
La gloria de Dios como el centro de todo
Para entender por qué Dios debe ser el objeto de esta pasión total, es necesario comprender qué significa su gloria. La gloria de Dios no es un atributo secundario, sino la manifestación de su valor infinito.
En el Antiguo Testamento, la palabra utilizada para gloria transmite la idea de peso, importancia, dignidad. En el Nuevo Testamento, se relaciona con esplendor, honra y exaltación. En ambos casos, apunta a una realidad común: Dios posee un valor incomparable.
La gloria de Dios es la suma de todo lo que Él es. Su santidad, su justicia, su amor, su misericordia, su poder, su fidelidad. No hay nada en Él que sea imperfecto ni limitado. Todo en Dios es perfecto en grado infinito.
Por eso, cuando se habla de glorificar a Dios, no se trata de añadir algo a Él, sino de reconocer lo que ya es. Es responder adecuadamente a su valor.
La visión presentada en (Isaías 6:3) expresa esta realidad con fuerza: la proclamación de la santidad de Dios está directamente conectada con la manifestación de su gloria en toda la tierra. Su valor no está confinado a un lugar, sino que se refleja en toda la creación.
Esto implica que la gloria de Dios no es solo una verdad teológica, sino una realidad observable. Se ve en la creación, en la historia y, de manera suprema, en la obra de redención.
Dios se revela para ser conocido y adorado
Dios no ha permanecido oculto. A lo largo de la historia, se ha dado a conocer de distintas maneras, especialmente a través de su nombre.
Cuando Dios se revela como “Yo soy el que soy” (Éxodo 3:14), está afirmando su existencia absoluta e independiente. No depende de nada ni de nadie. Es el único Dios verdadero. En un contexto donde existían múltiples deidades creadas por el hombre, esta declaración establece una diferencia radical.
Pero Dios no solo revela su identidad, sino también su carácter. En (Éxodo 34:6-7), se describe como misericordioso, piadoso, tardo para la ira y grande en amor. Esta revelación muestra que su gloria no es solo poder, sino también bondad.
Además, Dios actúa en la historia de tal manera que su nombre sea conocido entre las naciones. En (Isaías 48:9-11), se evidencia que Él obra por amor a su nombre, para que su gloria no sea menospreciada.
Esto puede parecer extraño desde una perspectiva humana. Sin embargo, la razón es clara: si Dios es el ser más valioso que existe, entonces su gloria es la realidad más importante que puede ser conocida. Que Dios busque su propia gloria no es egoísmo, sino la afirmación de la verdad más alta del universo.
Misiones: la extensión de la adoración
Las misiones no nacen simplemente de una necesidad humana, sino de una realidad divina: Dios es digno de ser adorado por todas las naciones.
Cuando la adoración no está presente, la misión se vuelve necesaria. No porque Dios necesite algo, sino porque las personas necesitan conocerle.
En el Antiguo Testamento, la dinámica era principalmente centrípeta: las naciones eran atraídas hacia Israel. Pero en el Nuevo Testamento, el movimiento cambia. Se vuelve centrífugo. El pueblo de Dios es enviado al mundo.
En (Mateo 28:19), el mandato es claro: ir y hacer discípulos a todas las naciones. En (Hechos 1:8), se establece que el testimonio debe llegar hasta lo último de la tierra.
Esto no es simplemente una estrategia de expansión, sino la expresión del deseo de Dios de ser conocido y adorado en toda la tierra.
La misericordia como motivación del evangelio
Un elemento central en esta misión es la misericordia de Dios. En (Romanos 15:8-11), se afirma que los gentiles glorifican a Dios por su misericordia.
Esta misericordia se manifiesta de manera suprema en Jesucristo. En Él, Dios no solo se revela, sino que actúa para rescatar al ser humano. No se trata de un Dios distante, sino de uno que entra en la historia y se entrega por amor.
Aquí se encuentra una diferencia fundamental con otras creencias. El evangelio no presenta a un ser humano tratando de alcanzar a Dios, sino a Dios acercándose al ser humano.
Por eso, la adoración cristiana no es abstracta. Está profundamente conectada con la experiencia del amor y la gracia de Dios.
Recuperar la pasión por la gloria de Dios
Si la falta de pasión es uno de los principales obstáculos para el evangelismo, entonces la solución no está en aumentar la presión, sino en renovar la visión.
No se trata de hacer más, sino de ver mejor.
Cuando una persona vuelve a contemplar la gloria de Dios, su corazón es transformado. Lo que antes era una carga se convierte en un privilegio. Lo que antes generaba resistencia ahora produce gozo.
La pasión por la gloria de Dios no se produce por esfuerzo humano, sino por una revelación más profunda de quién es Dios.
Un llamado personal
Esto lleva inevitablemente a una reflexión personal.
¿La vida cristiana está siendo vivida como una obligación o como una respuesta de amor?
¿El evangelismo nace de una convicción interna o de una presión externa?
¿La gloria de Dios es realmente el centro o ha sido desplazada por la rutina?
Responder estas preguntas requiere honestidad. Pero también abre la puerta a una transformación real.
Conclusión: volver al centro
La pasión por la gloria de Dios es el fundamento que da vida a todo lo demás. Sin ella, la fe se vuelve mecánica. Con ella, todo cobra sentido.
Dios no está llamando simplemente a cumplir tareas, sino a amarle con todo el ser. Y ese amor, cuando es genuino, inevitablemente se desborda hacia otros.
Las misiones y el evangelismo no son el peso de la iglesia, sino la expresión natural de una iglesia que ha visto la gloria de Dios y no puede guardarla para sí.
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