Pentecostés: el Espíritu Santo y el nacimiento de la Iglesia

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Pentecostés: el Espíritu Santo y el nacimiento de la Iglesia
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Pentecostés y el Espíritu Santo marcan uno de los acontecimientos más importantes para la Iglesia cristiana. Antes de comenzar esta meditación, les invito a orar:

Señor, gracias te damos porque en este día Tú nos has reunido en este lugar. Queremos pedirte que podamos escuchar, entender y atesorar tu Palabra para nuestras vidas.

La Iglesia cristiana celebra Pentecostés cincuenta días después de la Pascua y de la resurrección del Señor Jesucristo. La palabra “Pentecostés” significa precisamente “cincuenta” en griego. Fue el tiempo transcurrido desde la Pascua hasta lo que ocurrió en un día como hoy hace casi dos mil años.

Una fiesta que reunía a las naciones

Pentecostés coincidía con una fiesta judía conocida como la fiesta de las semanas o la fiesta de las cosechas. Era una celebración importante dentro del calendario anual judío, realizada exactamente siete semanas y un día después de la Pascua.

Jesús había ido a la cruz durante la Pascua, y ahora Jerusalén estaba llena de personas venidas de muchas regiones. Hechos 2 muestra que había judíos y prosélitos provenientes de distintas partes del mundo conocido.

Se mencionan pueblos como partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, regiones de Libia cerca de Cirene, romanos, cretenses y árabes.

El relato deja claro que había representantes de muchas naciones reunidos en Jerusalén para esta fiesta.

La promesa del Espíritu Santo

Antes de ascender al cielo, Jesús había prometido a sus discípulos que serían bautizados con el Espíritu Santo dentro de pocos días (Hechos 1:5).

También les dijo:

“Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).

Los discípulos habían vivido momentos muy difíciles. Habían caminado con Jesús durante años, vieron su muerte en la cruz y luego su resurrección. Ahora Jesús les anunciaba que volvería al Padre.

Sin embargo, no los dejaría solos.

Jesús les había prometido otro Consolador (Juan 14:16-17), alguien que estaría con ellos y en ellos.

Pentecostés y el Espíritu Santo derramado sobre la Iglesia

Los discípulos permanecieron juntos en Jerusalén, obedeciendo la instrucción de Jesús. Aproximadamente ciento veinte personas estaban reunidas unánimes en oración.

Entonces ocurrió algo extraordinario.

Hechos 2 relata que vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba y llenó toda la casa donde estaban.

Después aparecieron lenguas repartidas como de fuego sobre cada uno de ellos.

Finalmente, todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les daba que hablasen.

Estas manifestaciones tenían un profundo significado:

  1. El viento representa el poder de Dios.
  2. El fuego representa purificación.
  3. Las lenguas mostraban que el mensaje de Dios alcanzaría a todas las naciones.

Cada persona escuchaba hablar en su propio idioma materno. No era un mensaje limitado a un solo pueblo.

Pentecostés y el Espíritu Santo revelaban el carácter universal de la obra de Dios.

La profecía de Joel cumplida

Algunos se burlaban diciendo que los discípulos estaban ebrios. Entonces Pedro se levantó y explicó lo que estaba ocurriendo.

Citó al profeta Joel:

“Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne” (Hechos 2:17).

Pedro declaró que aquello anunciado siglos antes se estaba cumpliendo delante de ellos.

En el Antiguo Testamento, el Espíritu de Dios venía sobre personas específicas como profetas, reyes y siervos escogidos. Pero ahora Dios prometía derramar su Espíritu sobre toda carne:

  1. Hijos e hijas
  2. Jóvenes y ancianos
  3. Siervos y siervas
  4. Personas de todas las naciones

Pentecostés y el Espíritu Santo muestran que Dios no hace distinción entre personas.

Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo (Hechos 2:21).

Pedro predica a Cristo

Pedro, quien antes había negado a Jesús por temor, ahora se pone de pie delante de una multitud para anunciar el evangelio.

No habla desde su propia capacidad humana, sino por el poder del Espíritu Santo.

Pedro presenta a Jesús como el Cristo prometido, el Salvador anunciado por las Escrituras.

Cita varios salmos escritos por David para mostrar que la muerte y resurrección de Cristo ya habían sido anunciadas mucho antes.

Finalmente declara:

“Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2:36).

El Espíritu Santo permitió que Pedro hablara con valentía, claridad y fidelidad a la Palabra de Dios.

El nacimiento de la Iglesia

Cuando las personas escucharon el mensaje, fueron profundamente conmovidas y preguntaron:

“Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hechos 2:37).

Pedro respondió:

“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).

Ese día fueron añadidas alrededor de tres mil personas.

Así comenzó la Iglesia.

Los creyentes perseveraban:

  1. En la doctrina de los apóstoles
  2. En la comunión unos con otros
  3. En el partimiento del pan
  4. En las oraciones

Pentecostés y el Espíritu Santo marcaron el nacimiento de la Iglesia universal.

El Espíritu Santo sigue obrando hoy

La promesa del Espíritu Santo no fue solamente para los primeros discípulos.

Pedro dijo:

“Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos” (Hechos 2:39).

Han pasado casi dos mil años y la Iglesia sigue viva en todo el mundo.

No por fuerza humana, sino porque el Espíritu Santo la sostiene, la purifica y le da poder.

El Espíritu Santo:

  1. Consuela
  2. Da valentía
  3. Capacita para testificar
  4. Convence de pecado
  5. Produce arrepentimiento

Pero también debemos preguntarnos algo profundamente personal: ¿estamos dejando que el Espíritu Santo viva y obre verdaderamente en nosotros?

Muchas veces queremos seguir a Cristo con nuestras propias fuerzas. Intentamos cambiar solamente con esfuerzo humano, luchamos solos contra nuestros temores, nuestras debilidades y nuestro pecado. Sin embargo, Pentecostés nos recuerda que la vida cristiana nunca fue diseñada para vivirse sin la presencia de Dios en nosotros.

El Espíritu Santo no fue dado únicamente para producir manifestaciones externas, sino para transformar el corazón humano desde adentro.

Así como el viento no puede verse, pero sí puede percibirse por sus efectos, la presencia del Espíritu Santo también produce cambios visibles en la vida de una persona:

  1. Donde había temor, comienza a aparecer valentía.
  2. Donde había dureza, comienza a aparecer sensibilidad.
  3. Donde había indiferencia hacia Dios, comienza a surgir hambre por su Palabra.
  4. Donde había desesperanza, comienza a nacer esperanza.

Pedro es un ejemplo claro de esto. El hombre que antes negó a Jesús por miedo ahora se levanta delante de miles para proclamar el evangelio. El Espíritu Santo transformó su corazón.

Y eso mismo sigue haciendo hoy.

Dios no solamente quiere que conozcamos información acerca de Él. Quiere habitar en nosotros. Quiere guiarnos, corregirnos, consolarnos y darnos poder para vivir una vida que glorifique a Cristo.

Por eso Pentecostés no es solo un evento histórico que recordamos una vez al año. También es un llamado permanente a depender del Espíritu Santo cada día.

Necesitamos que Él viva en nosotros:

  1. Para permanecer fieles en medio de un mundo difícil.
  2. Para vencer el pecado.
  3. Para amar a otros.
  4. Para perseverar cuando llegan pruebas.
  5. Para hablar de Cristo con verdad y gracia.

Así como Pedro fue transformado, también nosotros necesitamos del Espíritu Santo para seguir a Jesús.

Dios con nosotros, Dios por nosotros y Dios en nosotros

La historia de la salvación nos recuerda tres grandes acontecimientos:

  1. La encarnación de Jesús: Dios con nosotros.
  2. La cruz y resurrección de Cristo: Dios por nosotros.
  3. Pentecostés y el Espíritu Santo: Dios en nosotros.

El Espíritu Santo vive en cada creyente y nos equipa para servir al Señor.

Un llamado a abrir la puerta

Jesús dice:

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).

El Señor sigue llamando al corazón de las personas.

Él no obliga ni pasa por encima de la voluntad humana. Pero invita a abrir la puerta para entrar y morar en nosotros por medio de su Espíritu.

Necesitamos del Espíritu Santo para vivir como fieles seguidores de Cristo.

Somos débiles, muchas veces temerosos y sin las palabras correctas. Pero Dios promete darnos de su Espíritu para fortalecernos y capacitarnos.

Pentecostés y el Espíritu Santo siguen recordándonos hoy que Dios obra en medio de su Iglesia y a través de ella.

Autor

  • Presbítero Iglesia Asamblea de Dios Las Condes
    Derek Bull es chileno y se ha desempeñado desde 1997 como miembro activo de la iglesia, colaborando en la labor pastoral en distintas áreas de su misión, como estudios bíblicos, organización y administración.