Cuando la fe parece quebrarse: Tomás y la crisis de fe

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Cuando la fe parece quebrarse: Tomás y la crisis de fe
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Tomás y la crisis de fe nos invitan a mirar la vida de un discípulo que muchas veces ha sido recordado solo por su duda, pero cuya historia revela un amor profundo por Jesús, una búsqueda honesta y una fe restaurada por el encuentro con el Señor.

El relato principal se encuentra en Juan 20:24-29, después de la resurrección de Jesucristo. Los discípulos habían visto al Señor resucitado, pero Tomás no estaba con ellos en ese momento. Cuando le contaron la noticia, él respondió que necesitaba ver las marcas de los clavos y tocar su costado para creer.

Durante mucho tiempo, Tomás ha sido presentado como “el incrédulo”. Sin embargo, al mirar con más atención su vida en el Evangelio de Juan, aparece una imagen más completa: no solo la de un hombre que dudó, sino la de un discípulo quebrantado, analítico, valiente y profundamente apasionado por su Maestro.

Tomás y la crisis de fe: una mirada más completa

En los evangelios sinópticos, Tomás aparece principalmente dentro de las listas de los discípulos. No se entregan muchos detalles de su carácter ni de sus palabras. Es el Evangelio de Juan el que permite observar algunas características más profundas de su vida y de su relación con Jesús.

Una de esas escenas aparece cuando Jesús decide volver a Judea por causa de Lázaro. Los discípulos sabían que ese regreso implicaba peligro, porque en ese lugar habían intentado apedrear al Señor. Sin embargo, Tomás fue quien dijo que fueran también ellos para morir con Él. Esa declaración muestra a un discípulo dispuesto, valiente y comprometido con su Maestro.

Tomás no entendía completamente todo lo que Jesús estaba haciendo, pero confiaba en Él. Si el Maestro iba hacia un lugar de peligro, Tomás estaba dispuesto a acompañarlo. Esta actitud revela que no se trataba simplemente de un hombre incrédulo, sino de alguien que amaba al Señor y estaba dispuesto a poner su vida por Él.

Otra intervención importante de Tomás aparece en Juan 14:3-6. Jesús habla a sus discípulos acerca del lugar al que va y de la promesa de volver por ellos. Entonces Tomás pregunta cómo podrían conocer el camino si no sabían a dónde iba. Su pregunta no nace de la indiferencia, sino del deseo de entender.

Tomás era un hombre que necesitaba comprender. Era analítico, curioso, alguien que no quería repetir palabras sin saber hacia dónde se dirigía. Y esa pregunta abrió espacio para una de las declaraciones más importantes de Jesús en el Evangelio de Juan: la afirmación de que solo por medio de Él se llega al Padre.

Un discípulo herido, no simplemente incrédulo

Cuando llegamos a Juan 20:24-29, encontramos a Tomás en un momento profundamente difícil. Jesús había muerto. El Maestro al que él amaba, en quien había puesto su esperanza, había sido crucificado. Para los discípulos, la muerte de Jesús no fue solamente un hecho doloroso; fue también una crisis de expectativas.

Ellos esperaban al Mesías. Esperaban liberación. Esperaban el cumplimiento de las promesas de Dios. Pero la cruz los dejó confundidos, temerosos y quebrantados. En ese contexto, cuando los otros discípulos le dijeron a Tomás que habían visto al Señor, él no pudo recibir ese testimonio con facilidad.

Tal vez Tomás no estaba diciendo simplemente: “No creo”. Quizás su corazón estaba diciendo: “Yo también quiero verlo. Yo también fui llamado. Yo también caminé con Él. Yo también lo amo. ¿Por qué yo no tuve esa experiencia?”.

Tomás permaneció con los discípulos durante esos ocho días. No se fue. No abandonó la comunidad. Aunque su fe estaba golpeada, siguió cerca de aquellos que habían caminado con Jesús. Esto es importante, porque muchas veces una crisis de fe no significa que alguien haya dejado de amar al Señor. A veces significa que el corazón está herido y necesita una experiencia renovada con Él.

Por eso, Tomás y la crisis de fe no deben leerse solo como una historia de incredulidad, sino como el relato de un discípulo que necesitaba encontrarse personalmente con el Cristo resucitado.

Jesús se acerca al corazón que duda

Ocho días después, Jesús se apareció nuevamente a los discípulos, estando Tomás con ellos. Las puertas estaban cerradas, pero el Señor se puso en medio de ellos y les habló paz. Luego se dirigió directamente a Tomás.

Jesús no ignoró su dolor. No pasó por alto su petición. No lo desechó por haber dudado. Se acercó a él y le permitió mirar sus manos y su costado. Aquello que Tomás había pedido, Jesús lo respondió con gracia.

La respuesta de Tomás fue una de las declaraciones más profundas del Evangelio de Juan: “Señor mío y Dios mío” (Juan 20:28). En esa confesión, Tomás reconoce la autoridad de Cristo y también su divinidad. El discípulo que había sido recordado por su duda termina proclamando quién es Jesús.

Jesús le dice que creyó porque vio, y luego declara bienaventurados a los que no vieron y creyeron. Esa palabra alcanza también a quienes hoy creen sin haber visto físicamente al Señor resucitado.

La fe de Tomás no terminó en su crisis. Su historia no quedó detenida en la duda. El encuentro con Jesús restauró su confianza y lo preparó para seguir adelante.

Tomás, la misión y una fe que fue más lejos

También se menciona una tradición muy rica acerca de Tomás en Oriente. Se habla de su viaje a la India para predicar el Evangelio, y de cómo su testimonio llegó a lugares lejanos. En esa tradición, Tomás no es recordado solamente como el discípulo que dudó, sino como un hombre que llevó la gran comisión más allá de los límites conocidos por muchos en Occidente.

Además, se menciona el evangelio atribuido a Tomás como un escrito extracanónico, no incluido dentro del canon bíblico. A diferencia de los evangelios canónicos, este escrito reúne dichos atribuidos a Jesús, pero no presenta de la misma manera la vida, obra, muerte y resurrección del Señor.

La historia de Tomás nos recuerda que una etapa de preguntas no cancela el propósito de Dios. Un momento de debilidad no define toda una vida. Dios puede restaurar la fe, sanar el corazón y volver a encender la pasión por su obra.

Como comunidad de la Iglesia Asamblea de Dios Las Condes , esta reflexión nos anima a mirar nuestras propias luchas con honestidad delante del Señor, confiando en que Él sigue acercándose a quienes necesitan ser fortalecidos.

Cuando la fidelidad parece no dar fruto

La prédica también recuerda la historia de los misioneros suecos David y Svea Flood. En 1921, ellos dejaron su hogar para llevar el Evangelio al Congo Belga, actualmente República Democrática del Congo. Junto a otra pareja misionera, buscaron alcanzar una aldea remota llamada N’dolera.

Sin embargo, el jefe de la aldea no les permitió entrar. Ante esa oposición, construyeron unas chozas en una colina cercana y comenzaron a orar para que Dios abriera una puerta. Durante meses, el único contacto regular con la aldea fue un niño que les llevaba huevos y pollos.

Mientras todo parecía estéril, Svea decidió invertir su vida en ese niño. Con paciencia, amor y fidelidad, le habló de Jesucristo hasta que él puso su fe en el Salvador. A los ojos humanos, aquel parecía ser el único fruto de todo el sacrificio misionero.

Poco después, Svea quedó embarazada y dio a luz a una niña llamada Anya. Luego sufrió graves complicaciones agravadas por la malaria y falleció diecisiete días después. Tenía apenas veintisiete años.

David, devastado por el dolor, perdió la esperanza. Enterró a su esposa, entregó a su hija recién nacida al cuidado de otros misioneros y regresó a Suecia convencido de que Dios lo había abandonado. Durante décadas vivió amargado, rechazando incluso escuchar el nombre de Dios.

La niña fue adoptada por una familia de misioneros estadounidenses y creció en un hogar cristiano. Muchos años después, ya casada, recibió una revista sueca donde apareció una fotografía de la tumba de su madre en África. Al traducir el artículo, descubrió algo sorprendente: el niño al que Svea había guiado a Cristo se convirtió en un líder cristiano que llevó el Evangelio a toda la aldea.

Con el tiempo, el jefe de la aldea creyó en Jesucristo, se estableció una escuela cristiana y cientos de personas entregaron su vida al Señor. Años después, aquel mismo hombre llegó a dirigir una iglesia de miles de creyentes.

Cuando Anya viajó a Suecia para visitar a su padre, le contó todo lo que Dios había hecho a través de la fidelidad de él y de su esposa. David comprendió, entre lágrimas, que su aparente fracaso había sido en realidad el comienzo de una gran obra de Dios. Antes de morir, se reconcilió con el Señor y recuperó la fe que había perdido durante tantos años.

La historia de David y Svea Flood recuerda que la obediencia a Dios no siempre produce resultados inmediatos. Muchas veces se siembra con lágrimas, sin alcanzar a ver la cosecha. Sin embargo, Dios sigue obrando cuando nuestros ojos ya no pueden verlo.

La prédica conecta esta verdad con Juan 12:24 y Salmo 126:5. La fidelidad nunca es en vano cuando está en las manos del Señor.

Dios sigue escribiendo una historia

Tomás y la crisis de fe nos muestran que la duda, el dolor y la desilusión no son el final cuando Jesús se hace presente. Tomás quería ver al Maestro. Quería tocarlo. Quería saber que la noticia era verdadera. Y Jesús se acercó a él.

De la misma manera, hay momentos en que una persona puede sentir su fe disminuida, vacilante o golpeada por situaciones difíciles. Puede haber heridas, injusticias, cansancio o preguntas que vuelven al corazón. Pero el Señor sigue siendo bueno, fiel y cercano.

La vida de Tomás enseña que Dios no desecha al que atraviesa una crisis de fe. Jesús no abandonó a Tomás en su duda. Lo llamó a creer. Le mostró sus heridas. Lo restauró y lo llevó a una confesión profunda.

La historia de los Flood también recuerda que Dios puede estar obrando incluso cuando todo parece perdido. Lo que para los ojos humanos parecía fracaso, en las manos de Dios se transformó en fruto para muchos.

Por eso, esta reflexión no termina mirando la duda como derrota, sino mirando a Cristo como aquel que restaura, sana y fortalece. Dios tiene propósito incluso en las historias quebradas. Él puede usar la fidelidad, el amor y el testimonio de sus hijos más allá de lo que ellos alcanzan a ver.

Podemos orar y agradecer al Señor por las historias de fe de hombres y mujeres que creyeron en medio de la dificultad. Podemos pedirle que fortalezca nuestra fe, que anime nuestro corazón y que nos ayude a recordar que Él sigue escribiendo una historia mayor.

Tomás y la crisis de fe nos recuerdan que Jesús se acerca al corazón herido, revela quién es Él y transforma la duda en una confesión viva de fe.

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Autor

  • Pastor Iglesia Asamblea de Dios Las Condes
    Fabián Tobar es chileno y se desempeñó por años como director de la organización misionera Operación Movilización en Chile, OM. Actualmente está cursando una Maestría en Estudios Teológicos y Ministerios en el Seminario Fuller.