Cuando Dios sana tu identidad

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Cuando Dios sana tu identidad
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Cuando Dios sana tu identidad, un encuentro con Él cambia la manera en que entiendes tu historia, tu presente y el propósito de tu vida. Cuando Dios sana tu identidad no es solamente una idea: es lo que vemos en Moisés, un hombre que conocía al Dios de su familia, pero que necesitó encontrarse personalmente con el Señor para recibir una identidad renovada y una misión.

Cuando el único y verdadero Dios, Creador del cielo y de la tierra, sale a nuestro encuentro y toca nuestra vida, no podemos permanecer indiferentes. No podemos seguir siendo iguales. La historia de Moisés muestra cómo Dios preserva, confronta, forma, sana y comisiona a una persona para unirla a su plan.

Durante el estudio del martirio de los cristianos de la iglesia primitiva, aparece el relato de Esteban delante del Concilio en Jerusalén. En su defensa, Esteban realiza un recorrido por la historia de Israel, comenzando con los patriarcas y llegando hasta Moisés. Su narración entrega detalles que complementan el relato de Éxodo y permiten observar tres grandes etapas en la vida de Moisés: su crianza, su identificación con el pueblo hebreo y el llamado que recibió de Dios.

1. Una vida preservada en medio de un contexto hostil

Moisés nació en un tiempo marcado por la opresión. El pueblo hebreo estaba sometido a trabajos pesados y a una esclavitud que había amargado su vida. Faraón temía que los israelitas continuaran multiplicándose, se unieran a los enemigos de Egipto y dejaran de servir como mano de obra para el imperio.

Primero, Faraón ordenó a las parteras hebreas que mataran a los niños varones al nacer. Sin embargo, ellas temieron a Dios y no obedecieron esa orden. Después, promulgó que todos los niños varones hebreos fueran lanzados al Nilo. En ese contexto nació Moisés.

Su familia logró esconderlo durante tres meses. Cuando ya no fue posible mantenerlo oculto, lo pusieron en una canasta sobre el río. Su hermana observó lo que sucedía y vio cómo la hija de Faraón encontró al niño, tuvo compasión de él y decidió recibirlo. Entonces, la hermana de Moisés propuso buscar una nodriza hebrea y llamó a su propia madre. De esta manera, la madre de Moisés pudo criarlo durante sus primeros años y, además, recibió pago por cuidar a su propio hijo (Hechos 7:17-22; Éxodo 2:8-10).

Cuando el niño creció, fue llevado a la hija de Faraón, quien lo adoptó y le puso por nombre Moisés, porque había sido sacado de las aguas. Así, Moisés fue criado primero por su madre hebrea y después en el palacio, dentro de la élite egipcia. Probablemente conoció desde pequeño las costumbres y las historias de su pueblo, incluyendo la historia de Abraham, Isaac y Jacob. Más tarde recibió la educación de Egipto, aprendió su idioma y fue formado en toda su sabiduría.

Estos detalles serían fundamentales, porque Moisés llegaría a ser el libertador que sacaría al pueblo de Israel de la esclavitud egipcia. La paradoja es evidente: mientras Faraón procuraba exterminar a una generación de niños hebreos, uno de ellos fue preservado, adoptado por su propia hija y educado dentro del palacio.

Moisés fue un niño del milagro. La providencia de Dios preservó su vida en un ambiente donde ningún niño hebreo de su edad debía permanecer vivo. Dios estaba siendo fiel al pacto hecho con Abraham, Isaac y Jacob. Había escuchado el gemido de su pueblo y estaba preparando a quien usaría para liberarlo.

La primera etapa de la vida de Moisés enseña que Dios puede cuidar una vida aun dentro de circunstancias hostiles. Antes de que Moisés entendiera su propósito, la mano soberana de Dios ya estaba actuando sobre su historia.

2. Entre Egipto y el pueblo hebreo

La segunda etapa comienza cuando Moisés, a los cuarenta años, sintió en su corazón el deseo de visitar a sus hermanos, los hijos de Israel. Aunque había sido adoptado por la hija de Faraón, educado dentro del palacio y formado según las costumbres egipcias, se identificó con el pueblo hebreo (Hechos 7:23-29).

Moisés debió vivir un profundo conflicto de identidad. Étnicamente era hebreo, había sido criado inicialmente por su madre y conocía la historia de sus antepasados. Sin embargo, también había crecido como miembro de la corte egipcia, dentro de un pueblo politeísta, rodeado de sus ritos, sus dioses y su poder imperial.

Un día vio a un egipcio maltratando a uno de sus hermanos hebreos. Moisés intervino, dio muerte al egipcio y escondió su cuerpo en la arena. Al día siguiente encontró a dos hebreos peleando e intentó corregirlos, pero uno de ellos rechazó su autoridad y le preguntó quién lo había puesto como príncipe y juez. Al comprender que su acción había sido descubierta, Moisés tuvo miedo. Cuando Faraón supo lo ocurrido, procuró matarlo, y Moisés huyó hacia la tierra de Madián (Éxodo 2:14-16).

El rechazo de los hebreos resulta significativo. Precisamente Dios convertiría a Moisés en gobernante y libertador, pero todavía no era el momento. En aquella etapa, el pueblo no reconoció su autoridad y Moisés actuó desde sus propias fuerzas. Había valentía e identificación con los oprimidos, pero también había autosuficiencia.

Moisés parecía pensar que sus hermanos comprenderían que Dios les daría libertad por medio de él, pero ellos no lo entendieron así. Quizás consideró que su educación, su posición, su conocimiento de Egipto y su acceso al poder podían convertirlo en el libertador. Sin embargo, la misión de Dios no se cumpliría por la capacidad humana ni por una revolución iniciada desde el orgullo personal.

Al defender al hebreo, Moisés también renunció conscientemente a los privilegios de su identidad egipcia. Rehusó ser reconocido solamente como hijo de la hija de Faraón y escogió identificarse con el pueblo de Dios, aun cuando eso significara sufrir junto a quienes eran maltratados (Hebreos 11:24-26).

El autor de Hebreos relaciona esta decisión con el vituperio de Cristo. Cristo vino al mundo en obediencia al Padre, no para aferrarse a los deleites temporales, sino para cumplir la misión que lo llevaría a la cruz y a la resurrección. También rechazó las tentaciones, las riquezas y la gloria pasajera de este mundo para vivir completamente para la gloria de Dios.

En ese sentido, Moisés escogió el sufrimiento con el pueblo de Dios antes que los tesoros de Egipto y puso su mirada en una recompensa mayor.

Moisés se identificó con el pueblo correcto, pero todavía debía aprender que el llamado no dependía de su poder. Su huida hacia Madián abrió una nueva etapa en la que Dios trataría profundamente con su carácter.

3. El desierto como escuela de formación

Moisés pasó cuarenta años en Egipto y otros cuarenta años en Madián. Allí se casó, tuvo un hijo y se convirtió en pastor de ovejas. Aquel hombre formado como príncipe, poderoso en palabras y obras, pasó décadas en el desierto realizando un oficio sencillo.

El desierto fue una escuela. Dios trabajó con su corazón y transformó al hombre que había confiado en su posición, su educación y su capacidad. Después de cuarenta años, Moisés ya no aparecía como alguien dispuesto a liberar al pueblo por sus propias fuerzas. Ahora se sentía incapaz y deseaba permanecer lejos de Egipto.

Entonces Dios se reveló a él en la llama de una zarza, en el monte Sinaí. Moisés se acercó maravillado por la visión y escuchó la voz del Señor, quien se presentó como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Dios le hizo saber que había visto la aflicción de su pueblo, había oído su gemido y había descendido para liberarlo. Luego lo llamó y lo envió nuevamente a Egipto (Hechos 7:30-34).

El Moisés de los ochenta años era muy distinto al de los cuarenta. Antes había actuado pensando que podía intervenir y resolver la situación; ahora presentó una serie de negativas frente al llamado. Estas respuestas muestran cómo se encontraba su identidad después del desierto, pero también revelan cómo Dios reconstruyó su vida, no alrededor de la capacidad humana, sino de su presencia.

Dios sana tu identidad frente al llamado

“¿Quién soy yo?”: sentimiento de incapacidad

La primera respuesta de Moisés fue preguntar quién era él para ir delante de Faraón y sacar de Egipto a los hijos de Israel (Éxodo 3:11). El hombre que alguna vez confió en sus propias fuerzas ahora se sentía completamente incapaz.

Dios no fundamentó la misión en las capacidades de Moisés, sino en su propia presencia. La respuesta fue que Él estaría con Moisés. Así ocurre cuando Dios llama y envía a una persona a su obra: no depende de los títulos, los pergaminos, la experiencia, los estudios ni los conocimientos adquiridos. Depende de la gracia y de la presencia de Dios.

“¿Qué les diré sobre tu nombre?”: inseguridad sobre la autoridad

Moisés preguntó qué debía responder si los hijos de Israel querían saber el nombre del Dios que lo enviaba (Éxodo 3:13). El Señor se presentó como el “Yo soy”, Aquel que no puede ser representado por ninguna cosa creada, porque Él es el ser y la existencia misma.

Los dioses egipcios eran representados por elementos de la creación, pero el Dios verdadero no podía compararse con aquello que Él mismo había creado. La autoridad de Moisés no procedería de Moisés, sino del Dios que lo enviaba.

“No me creerán”: temor al rechazo

La tercera negativa fue el temor de que el pueblo no creyera que el Señor se le había aparecido (Éxodo 4:1). Moisés ya había experimentado el rechazo de sus hermanos y temía volver a encontrarse con la misma respuesta.

Dios le concedió tres señales: la vara convertida en serpiente, la mano leprosa que fue sanada y el agua convertida en sangre (Éxodo 4:2-9). Dios confirmó el llamado y proveyó los recursos necesarios para la misión. Cuando Él llama, también sostiene y entrega lo necesario para obedecer.

“No soy elocuente”: conciencia de sus limitaciones

Moisés afirmó que nunca había sido un hombre de fácil palabra, sino tardo en el habla y torpe de lengua (Éxodo 4:10). Aunque Esteban lo describe como poderoso en palabras y obras, Moisés se veía limitado. No sabemos si tenía alguna dificultad específica para comunicarse, pero aquello no anulaba el llamado de Dios.

El Señor le recordó que Él había dado la boca al ser humano y prometió estar con su boca y enseñarle lo que debía hablar. La enseñanza es clara: Dios capacita a quien llama.

Cuando compartimos del Señor, no lo hacemos confiando solamente en nuestra habilidad, sino en su respaldo, su presencia y la ayuda del Espíritu Santo.

“Envía a otro”: resistencia final

Finalmente, Moisés rogó que Dios enviara a otra persona (Éxodo 4:13). Ya no estaba presentando únicamente una limitación; estaba tratando de evitar la misión. Dios se enojó, pero proveyó a Aarón para que fuera su portavoz.

Moisés había pasado de la autosuficiencia a una resistencia marcada por el temor. Sin embargo, Dios no lo desechó. Trató con su corazón, respondió a sus objeciones y le dio la ayuda necesaria para obedecer.

Una identidad que no depende de los logros

En la vida de Moisés vemos a un hombre valiente y osado que creyó demasiado en sus capacidades, intentó actuar por sí mismo y terminó huyendo. Después lo encontramos en el desierto, con su identidad golpeada, convertido en pastor. Allí Dios trabajó con su carácter hasta llamarlo nuevamente.

Quizás una persona puede mirar las condiciones en las que nació, las injusticias que vivió, los problemas de su familia, la educación que recibió o aquello que no pudo recibir, y preguntarse por qué tuvo que pasar por esas situaciones. Sin embargo, la historia de Moisés invita a reconocer la mano soberana de Dios actuando incluso antes de que podamos comprenderla.

En una ocasión, mientras viajábamos con Lisi, cayó un árbol delante de nosotros y un poste detrás. Si hubiéramos pasado tres minutos antes o tres minutos después, cualquiera de los dos podría habernos alcanzado. Después, al pensar en lo ocurrido, comprendí que Dios todavía me estaba dando la oportunidad de vivir el propósito para el cual nací.

Nuestra vida tiene un propósito. El lugar donde nacimos, los padres que tuvimos y las circunstancias favorables o desfavorables que vivimos pueden ser integrados por Dios dentro de su plan. En algún momento debemos reconocer que su mano ha estado sobre nosotros. Él estuvo allí cuando ocurrió aquello que nos hirió y tiene poder para sanar el corazón.

Así como el encuentro con Dios estaba sanando el corazón de Moisés, nosotros también necesitamos encontrarnos con Dios y con el Resucitado. Sin ese encuentro continuaremos viviendo desde la vieja identidad. Pero cuando Dios sana tu identidad, comienzas a mirar tu historia con otra perspectiva y a vivir cada día dentro de su plan.

La identidad responde preguntas profundas: ¿quién soy?, ¿hacia dónde voy? y ¿cuál es mi propósito? Moisés pudo preguntarse quién era mientras vivía en Egipto, porque no se sentía completamente hebreo ni completamente egipcio. Después, en Madián, pudo verse solamente como un pastor. Pero Dios le entregó una identidad renovada y un propósito concreto.

No somos Moisés, pero cada persona puede poner su propio nombre dentro de esta verdad. No podemos pasar por la vida sin recibir sanidad en nuestra identidad. Dios puede sanar las heridas del pasado y mostrar el propósito que tiene para cada uno de nosotros. Debemos confiar en Él.

Cuando Dios purifica las motivaciones

Hace algunos años enfrenté una prueba que reveló si confiaba más en mí mismo que en Dios. Fui invitado a asumir el liderazgo de Operación Movilización en un momento en que la organización había adquirido una propiedad millonaria y no contaba con los recursos suficientes para pagarla. Me dijeron que podía dejarla y volver a arrendar lugares para continuar la misión.

Cada seis meses debíamos reunir una suma muy alta para pagar las cuotas. Los misioneros preguntaban qué debíamos hacer y yo me sentía afligido. Entonces entendí, a partir de Nehemías, que necesitábamos orar, ayunar y comunicar nuestra necesidad.

Un día, mientras oraba, le pregunté al Señor qué quería hacer. Sabía que Él es el Dios del oro y de la plata y que tenía poder para proveer todo lo necesario. En esa oración surgió una pregunta que confrontó mi corazón: ¿quería conservar la base para continuar la misión o para proteger mi prestigio como nuevo director?

Comprendí que una parte de mí quería salvar la propiedad porque temía comenzar mi liderazgo perdiéndola. Pedí perdón y decidí creer en Dios, sin importar lo que ocurriera con mi reputación. Si la propiedad se perdía, habríamos obedecido y hecho lo que correspondía; si Dios quería sostenerla, podía tocar el corazón de alguien y proveer.

Junto al equipo desarrollamos un proyecto, hicimos un estudio de mercado, oramos, ayunamos y presentamos la necesidad. Finalmente, una persona vio el proyecto y entregó los millones necesarios para pagar la propiedad, que sería utilizada para formar misioneros y enviarlos a las naciones.

La respuesta no dependió de nuestra elocuencia ni de lo extraordinario del proyecto, sino de que habíamos puesto la situación en las manos del Señor y habíamos decidido creerle. Dios utilizó aquella prueba para purificar mis motivaciones.

En nuestro caminar, Dios también confronta la identidad. Podemos creer que estamos bien mientras vivimos desde el orgullo, la educación, el conocimiento, la familia, la experiencia o la capacidad personal. Pero todo lo que tenemos nos ha sido dado por Dios. Nada es verdaderamente nuestro fuera de su gracia.

Dios puede sanar el corazón, restaurar la vida y entregar un propósito por el cual vivir. Así como se reveló a Moisés, escuchó el clamor del pueblo y recordó las promesas hechas a los patriarcas, también puede encontrarse con nosotros, confrontar las motivaciones torcidas, quitar las identidades falsas y enseñarnos a vivir para Él.

Cuando Dios sana tu identidad, también te da un propósito

Moisés obedeció y regresó a Egipto. Dios había preservado su vida, permitido su formación, confrontado su autosuficiencia, trabajado con su carácter en el desierto y respondido a sus temores. Ninguna etapa quedó fuera del plan.

La historia de Moisés no es tan distinta a la nuestra. También enfrentamos preguntas sobre lo vivido, lo que nos falta, las heridas de la infancia, los desafíos presentes y aquello que creemos que no podemos hacer. Por eso necesitamos que Dios traiga sanidad y nos enseñe a no valorarnos por los títulos, la experiencia o los logros, sino por su gracia y por lo que Él hace en nosotros.

Cuando Dios sana tu identidad, no borra tu historia, sino que te permite verla bajo la luz de su presencia. Él puede dar victoria sobre el pecado, los pensamientos negativos y todo aquello que se ha instalado en el corazón y no corresponde. Puede traer la sanidad y la liberación que necesitamos para ser más como Cristo y vivir para Él.

Como comunidad de la Iglesia Asamblea de Dios Las Condes, creemos que la vida deja de sostenerse en las capacidades personales cuando comienza a descansar en la presencia, la gracia y el llamado del Señor.

Una oración por sanidad e identidad

La certeza de que Dios sana tu identidad nos lleva a terminar con la misma oración que cerró esta predicación:

Señor, muchas gracias por la historia de Moisés y por lo que nos habla a nuestras vidas. Te rogamos que nos ayudes en los desafíos que enfrentamos. Tal vez estamos luchando con preguntas sobre lo que nos ocurrió, lo que no tenemos o lo que vivimos durante nuestra infancia. Trae sanidad y danos una identidad que no dependa de títulos, pergaminos ni experiencia, sino de ti, de tu gracia y de lo que haces en nosotros.

Sana nuestros corazones. Queremos ser más como tú y vivir para ti. Bendice a cada hermano y ayúdanos a vencer. Danos victoria sobre el pecado, sobre los pensamientos negativos y sobre aquello que se ha asentado en el corazón y no corresponde. Trae la sanidad y la liberación que necesitamos. En el nombre de Jesús. Amén.

Autor

  • Pastor Iglesia Asamblea de Dios Las Condes
    Fabián Tobar es chileno y se desempeñó por años como director de la organización misionera Operación Movilización en Chile, OM. Actualmente está cursando una Maestría en Estudios Teológicos y Ministerios en el Seminario Fuller.