Dar con generosidad: cuando el corazón también aprende a dar

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Dar con generosidad: cuando el corazón también aprende a dar
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Dar con generosidad: cuando el corazón también aprende a dar es una invitación a considerar lo que la Palabra de Dios enseña acerca del dinero, la generosidad y aquello que ocurre en nuestro corazón cuando reconocemos que todo lo que tenemos ha sido puesto por Dios en nuestras manos para administrarlo.

Hace tres semanas tratamos el tema del contentamiento. Vimos cómo Pablo había aprendido a contentarse tanto en tiempos de pobreza como en tiempos de abundancia (Filipenses 4:11-13).

También vimos que, ya desde los Diez Mandamientos, Dios llama a su pueblo a no codiciar. Pablo enseña que el amor al dinero es raíz de muchos males (1 Timoteo 6:10), y Jesús advirtió que la vida de una persona no consiste en la abundancia de los bienes que posee (Lucas 12:15).

Al mismo tiempo, Jesús enseñó que hay mayor bienaventuranza en dar que en recibir (Hechos 20:35).

Todo esto nos lleva a una pregunta profundamente práctica: ¿qué hacemos con aquello que Dios pone en nuestras manos?

Vivimos, igual que quienes vivían durante el primer siglo, con muchas presiones económicas. Nos preguntamos si alcanzará para lo que necesitamos, para nuestros proyectos, para nuestros gastos y para las cosas que queremos hacer.

Por eso no sorprende que la Biblia trate tantas veces el tema del dinero.

En el Antiguo Testamento encontramos instrucciones acerca de lo que hacemos con nuestros bienes, y Jesús mismo habló muchas veces acerca del dinero. No evadió el tema porque es algo profundamente cotidiano.

Todos tenemos que tomar decisiones económicas.

Puede ser un estudiante, un trabajador, una persona jubilada o alguien que dispone de pocos recursos. De una manera u otra, todos administramos algo.

En Chile, además, hablar de dinero suele ser un tema bastante tabú. No acostumbramos hablar abiertamente de cuánto gana una persona o de cómo administra sus recursos. Sin embargo, aunque no hablemos del tema, sigue siendo una realidad que todos enfrentamos.

Por otra parte, Dios ha sido generoso con nosotros.

Hay momentos en que atravesamos necesidades reales, pero también podemos mirar nuestra historia y reconocer cómo el Señor ha respondido.

Dios podría proveer de muchas maneras. Durante un tiempo proveyó maná para Israel en el desierto. Pero muchas veces la manera en que Dios quiere suplir las necesidades de otros es a través de nosotros.

Una iglesia pobre que quiso participar

Pablo presenta un ejemplo impresionante en las iglesias de Macedonia (2 Corintios 8:1-5).

Estaba organizando una ofrenda para los creyentes de Jerusalén, quienes atravesaban un período de mucha pobreza. Pablo tenía contacto con distintas iglesias y estaba reuniendo ayuda para ellos.

Corinto se encontraba en la provincia de Acaya y era una ciudad comercial importante. Macedonia, en cambio, estaba atravesando dificultades.

Sin embargo, Pablo cuenta a los corintios algo sorprendente acerca de los macedonios.

Estaban viviendo una gran prueba de tribulación y una profunda pobreza, pero aun así participaron de la ofrenda con abundancia de gozo y generosidad.

No dieron aquello que no tenían.

Dieron conforme a sus fuerzas e incluso estuvieron dispuestos a ir más allá de ellas.

Más sorprendente todavía: ellos mismos pidieron participar.

Consideraban que contribuir al servicio de los santos era un privilegio.

No lo vieron como una carga.

No lo consideraron una molestia.

Querían participar.

Esto inmediatamente nos lleva a mirarnos a nosotros mismos.

Cuando se nos invita a participar de una ofrenda, hacer un regalo o realizar un aporte, ¿cómo reaccionamos?

¿Lo hacemos con gozo?

¿Consideramos que participar es un privilegio?

Los macedonios lo hicieron así aun en medio de su pobreza.

Y Pablo explica que detrás de esta generosidad estaba la gracia de Dios.

No se trataba simplemente de que fueran personas con una capacidad especial para desprenderse de sus cosas. Dios había obrado en ellos.

La explicación aparece en algo fundamental: primeramente se dieron a sí mismos al Señor (2 Corintios 8:5).

Es difícil llegar a tener una generosidad como la de los macedonios si primero nosotros mismos no nos damos al Señor.

Es Dios quien produce ese cambio en el corazón humano.

Dar con generosidad es una expresión del amor

Pablo continúa enseñando a los corintios acerca de esta obra de gracia (2 Corintios 8:6-12).

Los corintios abundaban en fe, palabra, conocimiento, solicitud y amor. Pablo quería que también abundaran en esta gracia.

Entonces presenta el ejemplo mayor: Jesucristo.

Cristo, siendo rico, se hizo pobre por amor a nosotros para enriquecernos por medio de su pobreza (2 Corintios 8:9).

El Señor se humilló.

No vino al mundo rodeado de riqueza ni nació en un palacio. Entró a nuestra realidad humana y vino para salvarnos.

Por eso Pablo relaciona directamente la generosidad con el amor.

Los corintios podían abundar en fe, conocimiento y palabras, pero ese amor también debía hacerse visible en la forma en que estaban dispuestos a compartir.

Ellos ya tenían la intención de participar.

Ahora debían llevar esa intención a la práctica.

Aquí aparece una enseñanza importante: Dios no nos pide dar aquello que no tenemos.

La disposición es aceptada según lo que una persona tiene, no según lo que no tiene (2 Corintios 8:12).

Conviene quedarse con esta idea porque Pablo vuelve sobre ella.

El Señor da algo a cada persona y quiere enseñarnos a dar con generosidad de acuerdo con aquello que nos ha dado.

Pablo tampoco busca que algunos queden con abundancia mientras otros terminan en estrechez. La idea es que la abundancia de unos pueda suplir la necesidad de otros y que exista provisión para las necesidades (2 Corintios 8:13-15).

Parte de la voluntad de Dios es que aquellos que tienen puedan compartir con quienes están atravesando escasez.

La buena intención necesita transformarse en acción

Al comenzar el capítulo siguiente, Pablo vuelve a hablar de la colecta (2 Corintios 9:1-5).

Él creía en la generosidad de los corintios.

Sabía que tenían buena voluntad.

Pero también sabía algo que nosotros conocemos muy bien: las distracciones y las presiones de este mundo pueden hacer que una buena intención nunca llegue a concretarse.

Podemos tener excelentes intenciones respecto de nuestro dinero y, poco tiempo después, terminar gastándolo en otra cosa.

Por eso Pablo envió hermanos para ayudar a preparar con anticipación aquella ofrenda.

La idea era que estuviera lista como una expresión de generosidad y no como consecuencia de una exigencia.

Esto también nos enseña que la generosidad necesita preparación.

Puede existir un momento en que estamos muy dispuestos y pensamos: “Señor, quiero darte de todo lo que Tú me has dado”.

Pero después aparecen otras ideas.

Pensamos que hemos trabajado mucho y merecemos darnos algún gusto.

Surge un proyecto.

Aparece un gasto inesperado.

Entonces lo que en un momento queríamos apartar termina utilizándose en otra cosa.

La plata, si no se aparta, encuentra rápidamente su camino.

Por eso necesitamos planificar.

Un ejemplo cotidiano puede verse en la Teletón. Una vez al año existe un gran momento público de generosidad, pero detrás de muchas de las empresas que participan existe una planificación previa. Se determina un presupuesto y se aparta una cantidad con anticipación.

Sin eliminar la espontaneidad, hay algo valioso en prepararse para dar.

Pablo ya había enseñado algo semejante en su primera carta a los corintios: cada primer día de la semana debían apartar algo según cómo hubieran prosperado, de manera que la ofrenda estuviera preparada cuando él llegara (1 Corintios 16:1-2).

En aquella época probablemente no tenían nuestras cuentas bancarias ni nuestras formas actuales de transferencia, pero el principio era claro:

aparten antes.

Si esperamos hasta el último momento para preguntarnos qué nos quedó disponible, probablemente descubriremos que ya usamos todo en otras cosas.

Proponerse en el corazón y dar con alegría

Pablo llega entonces a uno de los principios más conocidos de esta enseñanza (2 Corintios 9:6-7).

Utiliza la imagen de la siembra.

Cuando se siembra poco, naturalmente se obtiene una cosecha pequeña. Cuando se siembra abundantemente, también existe una cosecha abundante.

Después Pablo lleva el asunto al corazón.

Cada persona debe dar de acuerdo con aquello que ha propuesto interiormente, no desde la tristeza ni bajo obligación.

Dios ama al dador alegre (2 Corintios 9:7).

Aquí aparece nuevamente la importancia de proponerse algo en el corazón.

Incluso antes de dar tiene que existir esta decisión interior.

No se trata de desprenderse de algo pensando: “Otra vez me están molestando”.

Tampoco de entregar algo mientras interiormente queremos seguir aferrados a ello.

Algo parecido ocurre cuando limpiamos nuestro clóset.

Podemos comenzar pensando que tenemos demasiadas cosas y que vamos a regalar parte de ellas.

Pero entonces aparece una prenda y pensamos: “No, esta no, porque me la regaló alguien”.

Tomamos otra y pensamos: “Esta tampoco, porque me recuerda algo”.

Después encontramos una nueva razón para guardar la siguiente.

Al final terminamos con una bolsa pequeña para regalar y un clóset prácticamente igual de lleno.

Nuestro propio corazón encuentra razones para aferrarse.

Por eso necesitamos que el Señor vaya trabajando en nosotros.

La generosidad no significa dar desordenadamente.

Precisamente por eso existe esta idea de proponerse en el corazón.

Puede aparecer una necesidad inesperada en la iglesia o en la vida de alguien y podemos responder espontáneamente. Pero detrás de esa espontaneidad puede existir un corazón que ya ha decidido estar dispuesto a dar.

Entonces vale la pena preguntarnos:

¿Cómo nos sentimos cuando damos?

¿Existe gozo?

¿Hay alegría después de hacerlo?

¿O solamente queremos que ese momento pase rápido?

Cada uno tiene que examinar su propio corazón.

Dios provee para que también podamos compartir

Pablo continúa recordando que Dios tiene poder para hacer abundar su gracia y proveer lo suficiente para que podamos participar de toda buena obra (2 Corintios 9:8-11).

Es Dios quien da la semilla al que siembra y el pan para alimento.

Él provee.

Pero esa provisión no tiene como único propósito que todo quede para nosotros.

Pablo enseña también a los efesios que quien trabaja debe hacerlo de manera honesta para tener también qué compartir con quien atraviesa necesidad (Efesios 4:28).

El fruto del trabajo no existe solamente para que podamos acumularlo.

También nos permite compartir.

Y cuando eso sucede, ocurre algo más profundo que simplemente cubrir una necesidad material.

La generosidad produce acciones de gracias a Dios (2 Corintios 9:11-15).

La necesidad de los santos es suplida, pero además muchas personas terminan dando gloria a Dios.

Por eso Pablo habla de la abundante gracia que Dios ha puesto en su pueblo.

Hay un cambio en el corazón.

Cuando hablamos de conversión, hablamos de la persona completa.

La cabeza.

El corazón.

Y también el bolsillo.

A veces se ha dicho, poniendo un poco de humor al tema, que “lo último que se convierte es el bolsillo”.

Pero un corazón regenerado puede aprender a dar.

Lo natural para nosotros muchas veces es pensar: “Todo para mí”.

Sin embargo, Pablo presenta una iglesia pobre que dio generosamente y la coloca como ejemplo para los corintios, quienes estaban en una situación económica distinta.

Zaqueo: cuando el cambio llegó también a sus bienes

Otro ejemplo impactante aparece en la historia de Zaqueo (Lucas 19:1-10).

Zaqueo era cobrador de impuestos.

Era un israelita que trabajaba dentro del sistema tributario del Imperio Romano. Roma exigía una determinada cantidad, y quienes recaudaban podían cobrar más y quedarse con la diferencia.

Por esta razón, personas como Zaqueo eran profundamente rechazadas.

No solamente colaboraban con el imperio que dominaba al pueblo, sino que podían enriquecerse a costa de los demás.

Entonces Zaqueo se encuentra con Jesús.

Había querido verlo y, debido a su baja estatura y a la multitud, se subió a un árbol.

Jesús lo vio y terminó entrando a su casa.

Después de encontrarse con el Señor, Zaqueo tomó una decisión impresionante.

Decidió entregar la mitad de sus bienes a los pobres y devolver cuadruplicado aquello que hubiera obtenido fraudulentamente (Lucas 19:8).

Nadie lo estaba presionando para hacerlo.

Decidió dar el cincuenta por ciento.

Además estaba dispuesto a restituir cuatro veces aquello que hubiera defraudado.

Jesús reconoció que la salvación había llegado a aquella casa (Lucas 19:9-10).

Este es probablemente uno de los ejemplos más impresionantes de cómo la transformación de una persona también se manifestó inmediatamente en su relación con el dinero.

Se convirtió todo Zaqueo.

También su bolsillo.

El mismo Señor puede hacer ese trabajo en nosotros.

El diezmo como referencia y no como imposición

En el Antiguo Testamento encontramos la referencia del diezmo.

Personalmente, desde niño me enseñaron a apartar el diez por ciento de aquello que recibía, incluso cuando se trataba simplemente de una pequeña mesada.

La idea era apartarlo primero y después decidir qué hacer con el resto.

Pero es importante entender lo que Pablo enseña en estos capítulos: no se trata de una imposición.

El diez por ciento puede ser una buena referencia.

Dios enseñó a Israel a entregar el diezmo y, para nosotros, puede constituir un buen punto de partida.

Incluso es posible que el Señor quiera enseñarnos a dar más que ese porcentaje.

Necesidades existen muchas.

Pero lo que Dios busca no es simplemente alcanzar un porcentaje matemático exacto.

Lo fundamental es aquella determinación de proponerse en el corazón.

En nuestra iglesia esto no significa andar persiguiendo o controlando a las personas para comprobar si entregaron o no un diezmo.

No funciona como una cuota de un club.

Un club puede determinar que todos sus socios deben pagar una determinada cantidad: cincuenta mil pesos, cien mil pesos o incluso millones en algunos casos.

Ahí la cuota se establece de acuerdo con una cantidad fija.

El porcentaje funciona de manera diferente.

Si una persona recibe más, ese porcentaje representa una cantidad mayor.

Si recibe menos, representa una cantidad menor.

Es de acuerdo con aquello que cada uno recibe.

Pero, nuevamente, lo central es dar con generosidad, proponerse en el corazón y hacerlo conforme a aquello que Dios ha puesto en nuestras manos.

Un corazón dispuesto a dar

Si queremos ver un ejemplo de transformación, podemos recordar a Zaqueo.

Si queremos mirar el ejemplo supremo, podemos mirar al Señor Jesús.

Jesús enseñó acerca de la bienaventuranza de dar (Hechos 20:35).

Podemos pedir al Señor que nos ayude a desarrollar este hábito y preguntarle:

“Señor, ¿cuánto me llamas a comprometer de aquello que me has dado?”

Esto puede involucrar la obra del Señor y la iglesia.

También puede involucrar a personas necesitadas.

Puede tratarse de hermanos de nuestra congregación.

Puede ser un familiar.

Puede ser alguien cercano.

Nuestro prójimo aparece muchas veces más cerca de lo que pensamos.

La invitación es a reflexionar y agradecer a Dios por todo lo que Él nos ha dado.

Dar con generosidad no comienza simplemente al momento de entregar dinero. Comienza cuando reconocemos que nosotros mismos pertenecemos al Señor y dejamos que Él trabaje en nuestro corazón.

Oración

Señor, gracias te damos porque Tú eres superabundantemente generoso.

Nos has dado de tu gracia para salvación. Nos has perdonado nuestros pecados por medio de la cruz y la resurrección de Jesús.

No hemos pagado nada.

No necesitamos comprar nada.

De hecho, no podríamos comprarlo.

Es tu gracia. Es tu regalo.

Señor, ayúdanos a ser más como Tú, que das generosamente.

Tú te diste a Ti mismo y te hiciste pobre para enriquecernos.

Ayúdanos para que sea tu Espíritu quien cambie nuestros corazones y nos vaya mostrando y enseñando a dar de forma generosa.

Que podamos poner delante de Ti todo lo que nos has permitido administrar.

Ayúdanos a no olvidar que a este mundo llegamos sin nada y también nos iremos sin nada.

Cuántas veces nos sentimos dueños y señores de nuestros pequeños tesoros y nos dedicamos solamente a cuidarlos.

Codiciamos y olvidamos que, si Tú nos has dado un trabajo y nos has dado la posibilidad de tener recursos, también es para que podamos compartir.

Señor, ayúdanos a ser fieles en esto.

A veces nos cuesta desarrollar este hábito porque existen muchas presiones, tentaciones y decisiones que tenemos que tomar cada día.

Pero ayúdanos a ponerte a Ti primero y a dar también en primer lugar de aquello que recibimos, sabiendo que eres Tú quien provee la semilla y el pan.

Eres Tú quien provee para todas nuestras necesidades.

Gracias, Señor, porque entiendes perfectamente nuestras dificultades y has puesto tu Palabra para guiarnos en cómo conducirnos con los bienes materiales que dejas a nuestra disposición.

Ayúdanos a ser generosos.

Permite que Tú trabajes en nuestro corazón así como trabajaste en Zaqueo, de manera que ese cambio se manifieste no solamente en deseos, sino también en obras.

Gracias, Señor.

En el nombre de Jesús.

Amén.


Para más información visita Iglesia Asamblea de Dios Las Condes, o escucha nuestra última prédica “El corazón de Dios por los niños”

Autor

  • Presbítero Iglesia Asamblea de Dios Las Condes
    Derek Bull es chileno y se ha desempeñado desde 1997 como miembro activo de la iglesia, colaborando en la labor pastoral en distintas áreas de su misión, como estudios bíblicos, organización y administración.