El corazón de Dios por los niños nos invita a mirar a cada niño de una manera diferente. Este mensaje, “El corazón de Dios por los niños: aprender a mirar como Jesús”, nos recuerda que ellos ocupan un lugar especial para Jesús y que también pueden enseñarnos cómo vive un verdadero discípulo.
Hoy celebramos el Día del Niño. Es una instancia linda, donde las personas se unen para celebrar la vida de los niños. Es un día especial: se comparte con ellos, se come rico y, si es posible, se les hace un regalo.
Sin embargo, Jesús nos lleva mucho más allá de una celebración.
Los niños tienen un lugar importante en su corazón. Ya en el Antiguo Testamento, Dios había mandatado al pueblo de Israel a instruirlos en su camino. También había establecido un cuidado especial hacia grupos vulnerables, como los huérfanos, las viudas, los ancianos y los extranjeros.
Por eso, cuando hablamos de el corazón de Dios por los niños, no estamos hablando solamente de cariño. Estamos hablando del valor que Dios mismo les concede.
Aprender a mirar la imagen completa
Antes de entrar directamente en el pasaje bíblico, pensemos en una historia.
Un hombre trabajaba como obrero en una industria. Un día salió de su trabajo llevando una carretilla. El guardia encargado de inspeccionar a los trabajadores lo detuvo.
—¿Qué llevas ahí?
Sobre la carretilla había una caja.
—Aserrín —respondió el trabajador—. Aquí todos los días queda mucho aserrín y yo me lo llevo para mi casa.
El guardia abrió la caja y comprobó que, efectivamente, había aserrín.
Al día siguiente ocurrió lo mismo. Luego volvió a suceder durante varios días.
Después de cinco días, el guardia estaba intrigado.
—Yo sé que estás robando algo. Cuéntame qué es y no te voy a delatar.
Entonces el trabajador confesó:
—La carretilla.
Todos los días se había llevado una carretilla.
El problema nunca estuvo dentro de la caja. El guardia estaba mirando el aserrín, pero no estaba viendo la imagen completa.
Muchas veces hacemos exactamente lo mismo. Prestamos atención a lo evidente y perdemos de vista aquello que realmente importa.
Esta reflexión busca que el Señor nos permita mirar a los niños de una manera más amplia. Cuando veamos a nuestros hijos o a cualquier niño a nuestro alrededor, no nos quedemos solamente con lo que parece evidente.
El corazón de Dios por los niños y el verdadero discípulo
En Mateo 18, los discípulos se acercaron a Jesús con una pregunta: querían saber quién era el mayor en el Reino de los cielos.
Jesús llamó a un niño y lo puso en medio de ellos. Después les enseñó que, si no se volvían y se hacían como niños, no entrarían en el Reino de los cielos.
Luego señaló que quien se humillara como aquel niño sería el mayor en el Reino.
Aquí encontramos una primera verdad: los niños son ejemplo del verdadero discípulo.
Los discípulos habían estado hablando entre ellos acerca de quién sería el mayor. Este mismo acontecimiento también aparece en Marcos.
Mientras iban camino a Capernaúm, habían discutido sobre quién ocuparía ese lugar. Cuando Jesús les preguntó qué habían hablado durante el camino, ellos guardaron silencio.
Sabían lo que habían estado discutiendo.
Jesús cambia nuestra idea de grandeza
Entonces aparece nuevamente la pregunta: ¿quién es el mayor en el Reino de los cielos?
Jesús responde tomando a un niño y poniéndolo delante de ellos.
Imaginemos la escena.
Delante de Jesús hay hombres adultos preocupados por saber quién será más importante. En medio de aquella discusión, Él toma a un niño y lo convierte en el ejemplo.
Cuando les dice que deben volverse y hacerse como niños, no está enseñando que deban retroceder literalmente en el tiempo.
Jesús está hablando de una actitud.
Se refiere a la condición del corazón que debe tener una persona que quiera heredar la vida eterna.
La pregunta de los discípulos no era necesariamente mala. Ellos creían en el Reino de los cielos y querían tener un lugar allí. El problema estaba en la manera en que medían la grandeza.
Cristo cambia completamente esa manera de pensar.
La grandeza en el Reino no funciona según los criterios humanos.
La humildad que vemos en los niños
Jesús destaca una característica particular: la humildad.
Los niños pueden discutir, enojarse e incluso pelear. Sin embargo, muchas veces, después de un momento, vuelven a jugar juntos como si nada hubiera ocurrido.
A los adultos nos cuesta mucho más.
Podemos guardar una ofensa durante años porque somos más orgullosos.
En cambio, los niños suelen vivir con una sencillez distinta. También tienen una espontaneidad especial.
Un niño pequeño puede ponerse la ropa que sus padres le entregan sin preocuparse de la marca, del estilo o de cómo será visto por los demás.
Simplemente es un niño.
También existe algo muy especial en escuchar a un niño reír a carcajadas, en sus bromas y en sus ocurrencias.
Una sencillez que nos hace reír
Esta mañana, mientras nos preparábamos, ocurrió algo así en nuestra casa.
Le preguntaron a Efraín:
—¿Cómo está Beautiful?
Beautiful era el nombre que le habían puesto a un peluche.
Después alguien preguntó:
—¿Cómo dormiste?
—Bien —respondió.
Entonces vino la aclaración:
—No, le estaba preguntando a Beautiful.
Una respuesta sencilla y espontánea puede provocar mucha risa precisamente por esa inocencia tan propia de los niños.
Ellos tienen características especiales. Podemos pensar en su sencillez y espontaneidad, pero en este pasaje Jesús resalta particularmente la humildad.
Marcos 9:34 vuelve a mostrar a los discípulos discutiendo sobre quién sería el mayor.
Jesús les enseña que, si alguien quiere ser el primero, deberá ser el último y servidor de todos.
Otra vez cambia completamente la manera de medir la grandeza.
El primero es el servidor
Los discípulos podían pensar en quién tenía el mejor nombre, el mayor poder o el mayor prestigio.
Jesús les muestra otra realidad.
El primero es el servidor.
Además, Cristo mismo es el gran ejemplo.
Él no vino para ser servido, sino para servir.
Siendo Dios, siendo el Todopoderoso y el Creador de todas las cosas, tomó cuerpo de hombre. No solamente asumió nuestra humanidad, sino que vino a servir.
Fue a la cruz, murió y resucitó al tercer día.
Si eso no es humildad y servicio, ¿qué es entonces?
Jesús está cambiando nuestra métrica de aquello que consideramos importante en el Reino. Para hacerlo, utiliza precisamente a un niño.
Nosotros somos competitivos. Los seres humanos, y muchas veces particularmente los hombres, podemos convertir casi cualquier actividad en una competencia.
Basta entregar una tarea a un grupo para que rápidamente aparezca la comparación: quién lo hace mejor, quién cuenta la mejor historia o quién sobresale.
Cristo, en cambio, nos llama a la humildad.
Dios da gracia a los humildes
Salmos 138:6 enseña que Dios atiende al humilde y mira de lejos al altivo.
Para acercarse a Cristo es necesaria la humildad. Una persona llena de arrogancia y orgullo no puede acercarse verdaderamente a Él.
Santiago 4:6 también enseña que Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes.
La humildad, por lo tanto, es una característica fundamental.
C. S. Lewis expresa en Mero cristianismo una idea muy valiosa: la verdadera humildad no consiste en pensar menos de uno mismo, sino en pensar menos en uno mismo.
Ser humilde no significa despreciarse.
Tampoco significa tener una baja autoestima.
La humildad implica dejar de vivir permanentemente concentrados en nosotros mismos.
Así, el corazón de Dios por los niños también nos muestra algo acerca de nuestro propio corazón: necesitamos aprender de esa humildad.
No hagamos tropezar a los pequeños
Después encontramos una advertencia mucho más fuerte.
Jesús habla acerca de hacer tropezar a alguno de estos pequeños que creen en Él.
Aquí podemos ver el celo del Señor por los pequeños.
Cristo señala que para quien haga tropezar a uno de ellos sería mejor que le colgaran al cuello una piedra de molino y fuera hundido en lo profundo del mar.
Es una imagen terrible.
Hace años viajé a Tailandia. Mientras caminaba con un colega por Bangkok, ocurrió algo que nunca olvidaría.
Íbamos por una de las principales avenidas comerciales cuando dos hombres se acercaron ofreciéndonos unas cartas.
Pensábamos que se trataba de un restaurante.
Al abrirlas, descubrimos fotografías de niños desnudos acompañadas de precios en dólares.
Fue algo muy fuerte.
Nos miramos, devolvimos inmediatamente aquello y seguimos caminando.
La gravedad de dañar a un niño
Existen personas que están torciendo el camino de los niños.
Hay quienes los dañan y ponen tropiezos delante de ellos.
Jesús habla con enorme seriedad acerca de esto.
Por eso, cuando veamos a un niño, tengamos cuidado con la injusticia y con el maltrato.
El abuso sexual, el abuso psicológico y cualquier forma de maltrato hacia un niño son asuntos tremendamente serios delante de Dios.
La imagen utilizada por Jesús era muy gráfica.
La piedra de molino movida por un asno podía pesar cientos de kilos. Se utilizaba para moler el trigo y convertirlo en harina.
Cristo usa aquella imagen para mostrar la gravedad de hacer tropezar a uno de estos pequeños.
Si aquella muerte parece terrible, mucho más serio es apartar a un niño del camino del Señor.
También podemos poner tropiezos de otras maneras
Existen otras formas de desviar a los niños.
Hay sistemas, ideas e ideologías que pueden abrir prematuramente su mente a realidades que les quitan la inocencia o los apartan del conocimiento del Señor.
Por eso, como padres, como iglesia y como parte de esta sociedad, debemos cuidarlos.
También debemos levantar la voz cuando vemos atrocidades.
Cuando un niño está siendo vulnerado o apartado del camino de Dios, no podemos permanecer indiferentes.
Aquí nuevamente vemos el corazón de Dios por los niños: Cristo no trata con liviandad aquello que les hacemos.
Su advertencia nos obliga a pensar seriamente en nuestra responsabilidad hacia ellos.
De los tales es el Reino de los cielos
Hay otra verdad importante: el Reino de los cielos es de los niños.
Nosotros no tenemos la práctica de bautizar infantes.
¿Por qué?
Porque entendemos que los niños son santos y que no necesitan bautizarse.
El bautismo es para aquellos que creen en Jesús, reconocen que Él es su Señor y Salvador, han confesado sus pecados y luego descienden a las aguas bautismales para levantarse a una nueva vida.
El bautismo representa la muerte y la resurrección de Cristo y nuestra nueva vida en Él.
Sin embargo, los niños no necesitan bautismo.
Lo que sí hacemos es aquello que vemos hacer al Señor: oramos por ellos e imponemos manos de bendición sobre ellos.
Jesús recibe y bendice a los niños
En Mateo 19 encontramos a unos niños que fueron presentados delante de Jesús para que pusiera sus manos sobre ellos y orara.
Los discípulos intentaron impedirlo.
Jesús, en cambio, ordenó que dejaran a los niños acercarse, porque de los tales es el Reino de los cielos.
Después puso las manos sobre ellos.
Esto vuelve a mostrarnos el corazón de Dios por los niños.
Mateo viene desarrollando esta enseñanza desde el capítulo anterior.
En Mateo 18, Cristo utiliza a un niño para mostrar cuál debe ser la condición del verdadero discípulo. Luego, en Mateo 19, vuelve a aparecer el valor de los niños cuando estos son llevados directamente a Jesús.
Son importantes para Dios.
También son importantes para Jesús.
De los tales es el Reino de los cielos.
¿Qué ocurre con los niños que fallecen?
Alguien podría preguntarse qué ocurre con aquellos niños que fallecieron siendo pequeños.
La misma pregunta puede surgir respecto de aquellos que murieron antes de nacer.
Creemos que ellos fueron a la presencia de Dios.
Fueron a la presencia del Señor porque el Reino de los cielos les pertenece.
Esta convicción también forma parte de la manera en que entendemos el valor que Dios concede a los pequeños.
Los menores que Jesús presenta como mayores
Los discípulos querían descubrir quién sería el mayor en el Reino de los cielos.
Jesús respondió presentando a los menores.
Presentó a los niños.
Ellos reflejan el verdadero discipulado humilde y servicial de quienes heredan el Reino de los cielos.
Por eso debemos aprender de ellos.
Hay también un aspecto cultural relacionado con la manera en que los niños eran vistos en aquella época. Sin embargo, aquí debemos hacernos una pregunta personalmente:
¿Cuál es el valor que los niños tienen para nosotros?
¿Creemos realmente que ellos pueden enseñarnos?
Los niños también bendicen a la Iglesia
Durante este culto les dimos protagonismo a los niños.
Al hacerlo también estábamos expresando que los honramos y los amamos.
Además, creemos que el Señor puede utilizarlos para bendecir a su Iglesia.
Nosotros podemos aprender de ellos.
Recibir a un niño en el nombre de Jesús también significa recibir al Señor mismo.
Cuando comprendí esto, cambió mi manera de mirarlos.
Ahora, cuando veo a un niño en la calle, independientemente de su trasfondo o de su color, veo a alguien que porta la imagen de Dios.
Es imago Dei.
Al mismo tiempo, recuerdo que Jesús utilizó al niño para representarse.
Por eso, cuando veamos a un pequeño, recordemos a nuestro Señor.
Construyamos puentes hacia Cristo
No pongamos tropiezos delante de los niños.
Tampoco permitamos que sean desviados del camino que los conduce a Cristo.
Por el contrario, construyamos puentes.
Que nuestros hijos y los niños de la comunidad donde estamos puedan conocer la luz de Cristo.
Deseamos que permanezcan en Él.
También esperamos que, mientras crecen y alcanzan una edad en que tengan discernimiento para decidir, decidan por Cristo.
Como comunidad de fe, esto también forma parte de aquello que queremos vivir como
<a href=”https://www.asamblealascondes.com” target=”_blank” rel=”noopener”>
Iglesia Asamblea de Dios Las Condes
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Nuestra responsabilidad no termina en una actividad infantil o en una celebración especial. Debemos guiarlos, amarlos y evitar convertirnos en un obstáculo para que conozcan al Señor.
Nunca menospreciemos a un niño
El Reino de los cielos pertenece a los niños.
Lo creemos y lo enseñamos.
Por eso nunca menospreciemos a un niño.
Amémoslos y permitamos que tengan su espacio dentro de la congregación.
Una vez al año celebramos el Día del Niño y podemos seguir teniendo reuniones como esta, disfrutando y reconociendo lo hermosos que son.
Sin embargo, aquello que Jesús enseña va mucho más allá de un día especial.
Los discípulos querían saber quién sería el mayor.
Cristo puso a un niño en medio.
Mientras ellos miraban hacia arriba buscando posiciones, Jesús dirigió su mirada hacia los pequeños.
Que nosotros también aprendamos a mirar como Él.
Recordemos siempre el corazón de Dios por los niños y permitamos que esa mirada transforme la manera en que los recibimos, los cuidamos y aprendemos de ellos.
Oración
Señor, muchas gracias por tu Palabra y por tu enseñanza en relación con los niños.
Hay organizaciones que abogan por sus derechos y su cuidado, pero Tú realmente tienes toda autoridad para hablar acerca de su valor. Tú lo hiciste hace dos mil años.
Gracias por el maravilloso valor que tienen los niños.
Te alabamos y te bendecimos porque en nuestra iglesia, en nuestra comunidad de fe, hay niños y queremos más.
Enséñanos a amarlos y a ser buenos administradores de aquello que has puesto en nuestras manos.
Muéstranos cómo guiarlos por tu camino y cómo dirigirlos hacia Ti.
Que nunca seamos tropiezo para ellos. Por el contrario, haz de nosotros puentes de amor para que te conozcan, te amen y Tú seas su Señor y su Dios.
Permítenos también aprender de ellos.
Necesitamos humildad, genuinidad y espontaneidad. Muchas veces nos cuesta vivir de una manera sencilla y relajada.
Quita nuestros prejuicios, Señor. Los niños pueden juntarse y jugar sin importar con quién lo hacen; que nosotros también aprendamos de esa sencillez.
Haznos como congregación más parecidos a ellos.
Te adoramos, te bendecimos y te exaltamos porque tu Palabra nos habla.
Gracias porque como Iglesia podemos celebrar a nuestros niños.
Recibe Tú toda la honra y toda la gloria.
Amén.


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