La importancia del servicio en la iglesia se hace evidente cuando la comunidad comienza a crecer y aparecen nuevas necesidades que deben ser atendidas. Cuando la Iglesia crece, también aprende a servir, porque el crecimiento trae desafíos que requieren amor, sabiduría, organización y creyentes dispuestos a ponerse en las manos de Dios.
En Hechos 6:1-7 encontramos una Iglesia que estaba creciendo, pero que también debía enfrentar una situación que amenazaba su unidad. La manera en que respondió nos muestra cómo cuidar a quienes están en necesidad sin abandonar la oración, la Palabra y la misión que Dios ha entregado a su pueblo.
Una Iglesia que crecía en medio de dificultades
Cuando leemos Hechos de los Apóstoles, podemos quedar maravillados al observar cómo la Iglesia iba creciendo.
Sin embargo, la Iglesia primitiva también tuvo que enfrentar diferentes dificultades.
Después de la traición de Judas, los discípulos entendieron que era necesario completar nuevamente el número de los doce apóstoles, que representaba a las doce tribus de Israel.
Para ello, buscaron a un hermano que hubiera acompañado el ministerio de Jesús, que lo hubiera visto y que tuviera la experiencia del Cristo resucitado.
Finalmente, escogieron a Matías.
Después descendió el Espíritu Santo sobre la Iglesia. Pedro predicó y cerca de tres mil personas llegaron al Señor. Más adelante se sumaron otras cinco mil, y la comunidad comenzó a crecer rápidamente.
Pero el crecimiento no significó que dejaran de existir problemas.
Los apóstoles fueron llevados ante el concilio. Allí fueron amenazados y advertidos para que no continuaran predicando el evangelio. A pesar de la oposición, siguieron anunciando la Palabra.
Posteriormente ocurrió la situación de Ananías y Safira.
La comunidad de fe estaba creciendo y dentro de ella había personas pobres y necesitadas. Algunos creyentes vendían voluntariamente sus posesiones y llevaban los recursos a los apóstoles para que fueran distribuidos entre quienes tenían necesidad.
No se trataba de una exigencia.
Las personas lo hacían espontáneamente y de corazón. Los apóstoles administraban los recursos para suplir las necesidades de la comunidad.
Este relato no debe utilizarse para pedir propiedades o promover un supuesto evangelio de prosperidad con la intención de enriquecerse mediante los recursos de los creyentes. El Señor debe apartarnos de aquello.
Ananías y Safira vendieron una propiedad, guardaron parte del dinero y presentaron el resto como si correspondiera a la totalidad.
Por medio del Espíritu Santo, Pedro comprendió que estaban mintiendo.
Ellos buscaban obtener un reconocimiento espiritual falso dentro de la comunidad. Querían hacerse un nombre aparentando una entrega que realmente no habían realizado.
El desenlace fue trágico.
Esta impureza espiritual intentó introducirse en una Iglesia que estaba creciendo, y lo sucedido produjo un gran temor dentro de la comunidad de fe.
Después de enfrentar la oposición externa y la falsedad interna, la Iglesia tuvo que afrontar un nuevo problema que podía afectar directamente su unidad.
Una Iglesia formada por personas diferentes
Dentro de la comunidad cristiana convivían judíos hebreos y judíos helenistas.
Los judíos hebreos eran aquellos que habían permanecido en Palestina, Jerusalén o Judea. Conservaban las tradiciones hebreas, permanecían apegados a la ley y asistían a la sinagoga.
Su idioma habitual era el arameo, mientras que el hebreo era utilizado para la lectura.
Los judíos helenistas, en cambio, provenían de otros lugares y su idioma principal era el griego.
Aunque ambos grupos eran judíos, existían diferencias culturales, lingüísticas y sociales entre ellos.
La Iglesia se había convertido en una comunidad mixta y multicultural.
En aquel contexto existía una tendencia a mirar en menos a los judíos helenistas. Las diferencias de idioma, procedencia y costumbres podían generar barreras, incluso entre personas que compartían la misma fe.
No podemos pensar que, porque se trataba de la Iglesia primitiva, todo funcionaba perfectamente y nunca surgían problemas.
Cuando personas de diferentes historias, familias, idiomas y culturas comienzan a convivir, pueden aparecer dificultades y malentendidos.
Eso fue lo que ocurrió en Hechos 6.
Los judíos helenistas comenzaron a murmurar contra los hebreos porque sentían que sus viudas estaban siendo desatendidas en la distribución diaria.
Tal vez pensaban que no estaban recibiendo la misma atención porque eran griegos y que se les consideraba creyentes de segunda clase.
No sabemos con certeza si se trataba de una injusticia deliberada o de una percepción causada por las diferencias culturales y lingüísticas.
Probablemente no existía la intención de excluirlas.
Sin embargo, la comunidad hebrea era más numerosa y, de manera inconsciente, podía recibir mayor atención que la comunidad helenista.
Las viudas helenistas posiblemente eran mujeres mayores cuyo idioma principal no era el arameo. Al estar dentro de una comunidad predominantemente hebrea, podían experimentar dificultades para comunicarse y recibir la ayuda necesaria.
Existía una barrera lingüística, cultural y social.
Fuera una injusticia real o un malentendido, el problema estaba presente y debía ser enfrentado.
Las diferencias culturales pueden producir malentendidos
Durante un tiempo, mientras servía como director de Operación Movilización, llegamos a tener catorce nacionalidades representadas dentro de la organización.
El idioma común era el inglés, aunque para casi todos era un segundo idioma.
Cada persona hablaba desde su propia cultura y con una manera diferente de utilizar el inglés.
Esto producía malentendidos.
No porque las personas quisieran pelear o porque intentaran dificultar el trabajo, sino porque existían problemas de comunicación propios de una comunidad internacional.
Cuando debía conversar con alguien para solucionar una situación, muchas veces proponía hablar primero en inglés y después repetir lo mismo en español.
De esa manera podíamos asegurarnos de que habíamos entendido correctamente y que estábamos caminando en la misma dirección.
También era necesario repetir lo que la otra persona había dicho:
“Entonces, tú estás diciendo esto”.
Así podíamos comprobar si realmente habíamos comprendido lo que quería comunicar.
En otra ocasión trabajamos en los valores de la organización. Al conversar sobre conceptos como la integridad o el cuidado, descubrimos que no todos entendíamos esas palabras de la misma manera.
Lo que para una persona significaba cuidar, para alguien de otra cultura podía significar algo diferente.
Todos observamos la realidad mediante un lente cultural.
Esto también sucede dentro del matrimonio.
Cuando una persona se casa, comienza a descubrir que la familia de su cónyuge puede tener valores, costumbres y formas de relacionarse distintas de las suyas.
Cada familia desarrolla su propia cultura.
Si estas diferencias aparecen entre dos familias, también pueden surgir dentro de una comunidad de fe formada por personas de diferentes lugares, idiomas y experiencias.
El problema de Hechos 6 estaba presente y debía ser afrontado.
No podía ser ignorado ni escondido debajo de la alfombra.
El cuidado de las viudas en la Iglesia primitiva
Dentro de la Iglesia existía una necesidad concreta de ayuda.
El pasaje señala que las viudas eran atendidas mediante una distribución diaria. Esto significa que la comunidad se preocupaba continuamente por ellas y les entregaba el apoyo necesario.
En el Antiguo Testamento existe un cuidado especial por las viudas y por los grupos más vulnerables.
La Iglesia primitiva estaba practicando ese cuidado.
Sin embargo, los judíos helenistas sentían que sus viudas estaban siendo descuidadas.
Los apóstoles se encontraban muy ocupados con la misión que el Señor les había entregado, pero no ignoraron lo que estaba ocurriendo.
No dijeron que las viudas debían arreglárselas solas.
Tampoco respondieron que los helenistas debían solucionar el problema por su propia cuenta.
No hicieron oídos sordos.
Reconocieron que existía una necesidad real y comprendieron que debía ser atendida por la comunidad.
¿Por qué servir en la Iglesia?
La Iglesia necesita personas dispuestas a servir porque, a medida que crece, también aumentan las responsabilidades y las necesidades.
El ministerio no consiste solamente en la predicación pública.
En la comunidad existen personas que necesitan cuidado, grupos que requieren apoyo y funciones que deben ser realizadas.
En Hechos 6, los apóstoles entendieron que no podían ignorar la necesidad de las viudas. Al mismo tiempo, tampoco podían abandonar la responsabilidad que Dios les había entregado.
Por eso convocaron a la multitud de los discípulos y presentaron el problema.
La solución no consistió en que una sola persona intentara hacerlo todo.
La respuesta fue permitir que otros creyentes asumieran responsabilidades y utilizaran los dones que Dios les había entregado.
La importancia del servicio en la iglesia
Los doce explicaron que no era justo que ellos abandonaran la Palabra de Dios para dedicarse a servir las mesas.
Esto no significa que despreciaran el trabajo práctico ni que consideraran insignificante el cuidado de las viudas.
Los apóstoles comprendían que el Señor los había llamado y comisionado para una función específica.
Su responsabilidad principal era persistir en la oración y en el ministerio de la Palabra.
Ellos sabían que, sin oración, el ministerio de la Palabra tampoco sería efectivo.
No podían abandonar aquello que Dios les había encomendado cada vez que apareciera una nueva necesidad.
Pero tampoco podían ignorar los problemas de la comunidad.
Aquí comenzamos a observar la importancia del servicio en la iglesia. Las nuevas necesidades permitieron que comenzaran a surgir otras funciones dentro de la comunidad y que diferentes hermanos pudieran desarrollarse en el servicio.
Dios había entregado dones a su Iglesia, y esos dones debían ser puestos al servicio de los demás.
Servir no significa abandonar el llamado
Un pastor puede realizar tareas prácticas.
Puede lavar la loza, barrer, ordenar un espacio o quedarse hasta el final de una actividad.
No existe ningún problema en hacerlo.
Mientras servía como director de una organización misionera, muchas veces participaba en grandes eventos y, al terminar, permanecía en el lugar haciendo el aseo, lavando la loza o barriendo.
Al asumir el pastorado, algunos hermanos comenzaron a impedir que realizara ciertas tareas porque deseaban ayudarme.
No es que un pastor no pueda lavar o barrer.
Puede hacerlo.
Sin embargo, cuando la Iglesia comienza a crecer, el pastor no puede estar predicando, recibiendo la ofrenda, lavando la loza y realizando al mismo tiempo todas las demás funciones.
Necesita recibir la ayuda de la congregación.
Los apóstoles comprendieron que debían ser fieles a su llamado, mientras otros creyentes asumían las responsabilidades que estaban surgiendo.
No estaban rechazando el servicio.
Estaban permitiendo que toda la comunidad participara.
En la Iglesia siempre existen necesidades
En la Iglesia existen diferentes grupos y rangos de edad.
Los niños necesitan personas dispuestas a apoyarlos, trabajar con ellos y acompañarlos.
También están los jóvenes.
Durante este año, el grupo de jóvenes ha ido creciendo. El Señor está bendiciendo sus reuniones y cada vez participan más personas.
Está el grupo de varones, el llamado “Club de Toby”, donde también se come muy bien.
También está el grupo de hermanas, que igualmente comparte y disfruta de buena comida.
Cada grupo desarrolla un ministerio y trata asuntos relacionados con sus propias necesidades.
También existen otros servicios.
Podemos pensar, por ejemplo, en los músicos.
Los músicos están presentes todos los domingos y existe la necesidad de que nuevas personas puedan incorporarse.
Se necesita recambio y también que otros creyentes tengan la oportunidad de desarrollar los dones que Dios les ha entregado.
Por eso es necesario orar para que más personas se sumen a este servicio.
El ministerio de la Iglesia no consiste solamente en lo que sucede durante la predicación.
Cuando la comunidad crece, aparecen diferentes áreas que deben ser atendidas.
En la Iglesia primitiva existía un área social que estaba comenzando a fallar.
La respuesta no consistía en abandonar la oración y la Palabra, sino en permitir que otros creyentes asumieran la responsabilidad de servir.
El servicio permite que cada persona cumpla su función
Comprender la importancia del servicio en la iglesia significa reconocer que una sola persona no puede asumir todas las responsabilidades.
Cada ministro y cada ministerio deben realizar la función que Dios les ha encomendado.
Siempre habrá necesidades.
Siempre habrá demandas.
Siempre existirán áreas que requieren atención.
La Iglesia necesita personas que observen esas necesidades y estén dispuestas a ponerse en las manos de Dios.
Los apóstoles convocaron a la congregación y pidieron que escogieran a siete varones para hacerse cargo de la distribución diaria.
Pero no podían escoger a cualquier persona.
La labor que debían realizar era importante y requería determinadas características.
Debían ser hombres de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría.
Personas de buen testimonio
Una persona de buen testimonio es alguien en quien la comunidad puede confiar.
Cuando entregamos a una persona una responsabilidad dentro de la Iglesia, necesitamos saber que ama a Cristo y que vive una vida devota a Él.
Esto es especialmente importante cuando se le confía el cuidado de los niños o de otras personas.
No se puede colocar a cualquiera en una función de responsabilidad.
El servicio necesita personas cuya vida acompañe aquello que profesan creer.
El buen testimonio no era una característica secundaria.
Era uno de los requisitos que la comunidad debía considerar al escoger a quienes asumirían aquella tarea.
Personas llenas del Espíritu Santo
Los siete también debían ser personas llenas del Espíritu Santo.
No bastaba con poseer habilidades prácticas, capacidad administrativa o experiencia en la distribución de alimentos.
La tarea debía ser realizada por personas que vivieran en el Espíritu.
El servicio humilde y desinteresado surge de corazones llenos del Espíritu de Dios.
Aunque el trabajo pudiera parecer práctico o poco visible, necesitaba ser realizado por personas espirituales.
Delante de Dios, aquella labor tenía valor.
Personas llenas de sabiduría
Los siete también debían ser personas llenas de sabiduría.
La sabiduría es indispensable cuando se deben escuchar quejas, atender necesidades y resolver situaciones delicadas.
Cuando existe un problema, no podemos llegar y decir todo lo que pensamos sin considerar las consecuencias.
Existen momentos en los que una sola palabra puede provocar un incendio.
A veces sentimos que debemos responder inmediatamente, pero lo más sabio habría sido permanecer en silencio.
El orgullo puede impulsarnos a hablar y, después de hacerlo, podemos dejar una situación mucho peor.
En una ocasión tuve que conversar con una persona para llamarle la atención por algo que había ocurrido.
La situación debía ser tratada, pero la manera en que hablé hirió a esa persona.
Finalmente, fui yo quien tuvo que acercarse y pedirle perdón.
Aunque originalmente había sido ofendido, terminé perjudicando la situación porque no actué con sabiduría.
Por eso estas tres características se complementan: buen testimonio, plenitud del Espíritu Santo y sabiduría.
Servir también requiere perseverancia
Los apóstoles declararon que persistirían en la oración y en el ministerio de la Palabra.
No abandonarían la responsabilidad que Dios les había entregado.
Muchas veces, cuando surgen nuevas situaciones dentro de la Iglesia, podemos pensar que debemos dejar aquello que estamos haciendo.
Pero también necesitamos ser fieles al llamado que hemos recibido.
Los apóstoles no se distrajeron de su misión principal, pero tampoco ignoraron las necesidades de la comunidad.
Buscaron una solución que permitiera atender ambas responsabilidades.
Ellos permanecerían en la oración y la Palabra, mientras los siete servidores se encargarían del cuidado diario de las viudas.
Cada persona realizaría la función que le había sido encomendada.
Una solución que cuidó la unidad
Los siete hombres escogidos tenían nombres griegos.
Esto es significativo.
Los apóstoles no dijeron que los griegos debían arreglar sus propios problemas mientras los hebreos continuaban con sus actividades.
Reconocieron la necesidad de los helenistas y confiaron la labor a hombres provenientes de ese mismo grupo.
Oraron por ellos, les impusieron las manos y les entregaron una responsabilidad de gran valor.
Esto demuestra que no estaban menospreciando a los judíos helenistas.
No consideraron que el cuidado de sus viudas fuera algo sin importancia.
Por el contrario, trataron el problema con seriedad y permitieron que la comunidad participara en su solución.
Nicolás, prosélito de Antioquía
Entre los siete escogidos se encontraba Nicolás, prosélito de Antioquía.
Un prosélito era una persona gentil que había abrazado la fe hebrea.
Si era varón, se circuncidaba, adoptaba la tradición judía y rendía culto al Dios vivo.
Nicolás había pasado del mundo gentil al judaísmo y, posteriormente, al cristianismo.
La comunidad no lo excluyó por su origen.
Le entregó una oportunidad para servir y formar parte activa del crecimiento de la Iglesia.
Esto confirma que los apóstoles no estaban mirando en menos a quienes provenían de otros contextos.
Los estaban incorporando a una función importante dentro de la comunidad.
Esteban: un servidor utilizado por Dios
Esteban fue uno de los siete escogidos y llegó a convertirse en el primer mártir de la Iglesia.
No era uno de los doce apóstoles.
Tampoco fue presentado como un gran pastor de aquella época.
Era uno de los servidores escogidos para atender una necesidad práctica.
Más adelante, Esteban fue acusado de hablar contra Moisés y contra el templo, dos realidades profundamente valiosas para los judíos.
Al presentar su defensa, realizó un recorrido por la historia del pueblo.
Comenzó con Abraham, continuó con los patriarcas, pasó por José y llegó hasta Moisés.
Esteban demostró que valoraba aquello que ellos también valoraban.
Sin embargo, también les recordó que, a lo largo de su historia, el pueblo había sido desobediente y resistente a Dios.
Sus palabras provocaron la ira de quienes lo escuchaban.
Mientras era apedreado, Esteban miró al cielo y vio los cielos abiertos y al Hijo del Hombre a la diestra del Padre.
Entonces entregó su espíritu y pidió que aquel pecado no les fuera tomado en cuenta.
Una persona no puede perdonar de esa manera si no está llena del Espíritu Santo.
Esteban era un hombre de buen testimonio, lleno del Espíritu Santo y de sabiduría.
Aquellas características que habían sido consideradas para escogerlo también estuvieron presentes cuando enfrentó la muerte.
El testimonio de los mártires cristianos
Al estudiar la historia de la Iglesia y leer los testimonios de los mártires desde el primer siglo hasta el cuarto, podemos observar la terrible persecución que el Imperio ejerció contra los cristianos.
También encontramos testimonios maravillosos de creyentes que fueron llevados a la muerte y permanecieron fieles.
Algunos fueron enviados a los circos romanos, pero enfrentaron la muerte con gozo y perseverancia.
¿Por qué podían hacerlo?
Porque Jesús era su todo.
Habían tenido un encuentro con el Resucitado y estaban llenos del Espíritu Santo.
No existe otra manera de permanecer fiel en medio de una prueba semejante.
En la actualidad también existen países donde los creyentes enfrentan persecución, torturas y muerte, como Nigeria y Corea del Norte.
Los siete escogidos en Hechos eran judíos helenistas a quienes se les entregó una función importante dentro de la Iglesia.
Aquella tarea no era insignificante delante de Dios.
Felipe y la expansión del evangelio
Felipe también formaba parte del grupo de los siete.
Después de la muerte de Esteban, comenzó una persecución contra la Iglesia.
El enemigo probablemente quería silenciarla, pero los creyentes comenzaron a salir de Jerusalén.
Mientras viajaban por diferentes aldeas y lugares, continuaban predicando el evangelio.
De esta manera, aquello que parecía un ataque contra la Iglesia terminó contribuyendo a la expansión del mensaje.
Felipe se encontró con un etíope que regresaba de Jerusalén y leía las Escrituras sin comprenderlas.
Felipe se acercó y le preguntó si entendía lo que estaba leyendo.
Luego le explicó las Escrituras y le anunció a Cristo.
El etíope creyó y, al encontrar agua en el camino, pidió ser bautizado.
Así comenzó el evangelio a avanzar más allá de Jerusalén y a llegar a los gentiles.
Felipe había sido escogido inicialmente para atender una necesidad dentro de la comunidad, pero Dios también lo utilizó para extender el evangelio.
El evangelio llega a los gentiles
Más adelante, Pedro fue enviado a la casa de Cornelio.
Cornelio era un oficial que había recibido una revelación. Pedro también fue preparado por Dios para ir a su casa.
Allí compartió el evangelio y toda una familia recibió el mensaje.
Posteriormente, la Iglesia tuvo que reunirse en Jerusalén para tratar la incorporación de los gentiles a la comunidad cristiana.
Sin embargo, Dios ya venía realizando una obra mediante estos servidores.
Esteban y Felipe muestran que quienes realizan tareas que parecen menos visibles pueden ocupar un lugar fundamental dentro del plan de Dios.
No fueron presentados inicialmente como grandes apóstoles o pastores.
Eran servidores que estuvieron dispuestos a ponerse en las manos de Dios.
El crecimiento siempre trae desafíos
El relato de Hechos 6 comienza señalando que el número de los discípulos estaba creciendo.
Luego surge un problema que amenaza la unidad de la comunidad.
Sin embargo, el fragmento termina señalando que la Palabra del Señor continuaba creciendo y que el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén.
La historia comienza con crecimiento y termina con más crecimiento.
Dios sostuvo a su Iglesia y la ayudó a enfrentar sus dificultades.
El crecimiento no significa ausencia de problemas.
Cuando una comunidad aumenta, también aparecen nuevos desafíos.
Existe un dicho que señala:
“Niño chico, problema chico; niño grande, problema grande”.
Los problemas siempre estarán presentes.
La pregunta es cómo los enfrentamos.
¿Cómo enfrentamos los problemas dentro de la Iglesia?
Cuando surge un inconveniente o un malentendido, podemos pensar inmediatamente que nuestros hermanos quieren hacernos la vida imposible.
También podemos comenzar a murmurar sin acercarnos a la persona involucrada.
Sin embargo, el consejo bíblico es ir primero al hermano y conversar el problema en privado.
Si no existe una solución, se debe buscar la ayuda de otros para tratar correctamente el asunto.
Los conflictos no deben abordarse con el deseo de atacar, herir o ganar una pelea.
Tampoco debemos responder desde el orgullo porque alguien nos lastimó.
Somos llamados a enfrentar los problemas con amor, llenos del Espíritu Santo y con sabiduría.
No se trata de demostrar quién tiene la razón ni de devolver la ofensa.
Se trata de buscar una solución que cuide a las personas y preserve la unidad de la comunidad.
Los problemas no deben esconderse
Los apóstoles no colocaron el problema debajo de la alfombra.
Lo reconocieron, convocaron a la comunidad y buscaron una solución.
Esto también es parte de la importancia del servicio en la iglesia.
Servir no consiste solamente en realizar tareas visibles.
También significa estar dispuesto a reconocer las necesidades, conversar los problemas y trabajar para que las personas sean cuidadas.
La Iglesia primitiva tenía un problema real.
Las viudas helenistas se sentían desatendidas.
Los apóstoles no negaron sus sentimientos ni ignoraron sus palabras.
Respondieron de una manera que permitió atender la necesidad sin abandonar la misión principal de la Iglesia.
Cuidar a quienes están en necesidad
Cada persona debe ser amada y cuidada, especialmente quienes forman parte de los grupos más vulnerables de la comunidad.
Como cuerpo de Cristo, tenemos la responsabilidad de cuidar a nuestros hermanos que se encuentran en necesidad.
Dentro de una comunidad de fe pueden surgir injusticias, malentendidos y diferencias culturales, lingüísticas o sociales.
En algunos casos puede no existir una mala voluntad.
En otros, puede manifestarse directamente la carnalidad humana.
Lo cierto es que somos llamados a conversar y solucionar los problemas con amor y sabiduría.
La respuesta no puede ser ignorar a quienes sienten que no están siendo atendidos.
La comunidad debe escuchar, reconocer las necesidades y buscar una solución.
Ningún servicio es insignificante
Podemos pensar que algunas tareas tienen más valor que otras.
Tal vez creemos que predicar es importante, pero que atender una mesa, cuidar a una viuda, trabajar con niños, ordenar un lugar o participar en una tarea práctica tiene menos valor.
Sin embargo, el relato de Hechos 6 muestra que Dios utiliza a quienes están dispuestos a servir.
Esteban fue escogido inicialmente para atender una necesidad práctica y llegó a convertirse en el primer mártir de la Iglesia.
Felipe formó parte del mismo grupo y Dios lo utilizó para llevar el evangelio a nuevos lugares.
Aquellos servidores ocuparon un lugar fundamental dentro del plan de Dios.
La labor que recibieron no era insignificante.
Los apóstoles oraron por ellos, les impusieron las manos y les confiaron una responsabilidad importante.
¿A qué te está llamando Dios?
Siempre habrá muchas necesidades dentro de la Iglesia.
Siempre habrá demandas, tareas y áreas que requieren atención.
La pregunta es:
¿Estás dispuesto a ponerte en las manos de Dios para servir?
¿Te has preguntado a qué te está llamando?
¿Has observado las necesidades que existen dentro de la Iglesia?
Tal vez Dios te está llamando a realizar una obra que no parece visible o importante delante de las personas.
Puede ser una tarea que no recibe reconocimiento y que muchas veces ocurre sin que los demás la vean.
Pero eso no significa que sea poco importante para Dios.
Él puede utilizar ese servicio para cuidar a su pueblo y extender el evangelio.
Cada creyente tiene una función
Cada ministro y cada ministerio deben realizar la función que Dios les ha encomendado.
Los apóstoles debían persistir en la oración y en el ministerio de la Palabra.
Los siete servidores debían atender la necesidad de las viudas.
Los músicos sirven mediante los dones que Dios les ha entregado.
Otros trabajan con los niños, los jóvenes, los varones, las hermanas o en diferentes áreas de la comunidad.
Cada persona puede ponerse en las manos de Dios y permitir que Él utilice su vida.
La importancia del servicio en la iglesia no se encuentra solamente en la tarea realizada, sino en la disposición de un corazón que ama a Cristo, vive lleno del Espíritu Santo y actúa con sabiduría.
Cuando la Iglesia sirve, puede continuar creciendo
La Iglesia primitiva comenzó creciendo, enfrentó una dificultad y terminó creciendo aún más.
El enemigo podía intentar utilizar aquel problema para provocar división.
Sin embargo, Dios lo utilizó para organizar a la comunidad, levantar nuevos servidores y permitir que la Palabra continuara avanzando.
Los apóstoles permanecieron en la oración y en el ministerio de la Palabra.
Los siete servidores atendieron la necesidad de las viudas.
La comunidad cuidó a quienes estaban en una situación vulnerable.
El problema fue enfrentado y el evangelio siguió extendiéndose.
Cuando la Iglesia crece, también aprende a servir.
Oración final
Señor, te doy muchas gracias por tu Palabra.
Gracias por el servicio humilde y por el servicio desinteresado.
Gracias porque esos servicios solamente pueden venir de corazones llenos de tu Espíritu, de hombres y mujeres sabios que se disponen a servirte.
No pienso solamente en el contexto de una Iglesia local como la que tenemos nosotros, sino también en quienes sirven a la Iglesia mayor en diferentes frentes de la sociedad donde se necesita llevar tu Palabra y tu evangelio.
Gracias, Señor, porque tú sostienes a la Iglesia.
Es tuya, a ti te costó y tú la sostienes.
Tú vas delante de la Iglesia y nos ayudas en las situaciones que van surgiendo.
Tú nos das tu corazón para amar, perdonar y tratar las cosas como deben ser tratadas.
También vas tocando corazones y llamando al ministerio en distintos frentes y áreas.
En cosas que tal vez no se ven mucho y que algunas personas podrían considerar poco importantes, pero que para ti sí tienen valor.
Transfórmanos.
Transfórmanos más a ti, a tu imagen y a tu semejanza.
Cuando veamos una necesidad o cuando surjan los problemas, ayúdanos a no callarlos, sino a enfrentarlos con amor, mediante la ayuda de tu Santo Espíritu.
Bendice a tu Iglesia y llévanos de victoria en victoria, para que podamos continuar creciendo y predicando tu evangelio en este lugar.
En el nombre de Jesús oramos.
Amén.
La importancia del servicio en la iglesia se demuestra cuando cada creyente está dispuesto a cumplir la función que Dios le ha encomendado, cuidar a quienes están en necesidad y servir con buen testimonio, lleno del Espíritu Santo y con sabiduría.
Este mensaje fue compartido en la Iglesia Asamblea de Dios Las Condes

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