La autoridad de la Escritura: vivir bajo la Palabra de Dios

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La autoridad de la Escritura: vivir bajo la Palabra de Dios
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La autoridad de la Escritura debe ocupar un lugar central en la vida del creyente. Hablar de “La autoridad de la Escritura: vivir bajo la Palabra de Dios” significa reconocer que la Biblia no es simplemente un libro que entrega buenos consejos, sino la autoridad suprema para nuestra fe, nuestra conducta y nuestra vida.

La semana pasada compartimos acerca de poner la Palabra de Dios como prioridad. Lo vimos en el relato de Marta y María: mientras Marta estaba preocupada de muchas tareas, María había decidido sentarse a los pies de Jesús para escuchar su Palabra.

La lectura, el tiempo devocional, la reflexión y el estudio profundo de las Escrituras forman parte de una disciplina espiritual, pero también expresan un valor central en la vida del creyente. María había decidido que escuchar al Señor sería una prioridad.

Ahora damos un paso más: si ponemos la Palabra de Dios como prioridad, debemos preguntarnos también qué autoridad tiene esa Palabra sobre nosotros.

Todos reconocemos alguna autoridad

En diferentes áreas de nuestra vida nos relacionamos con personas que poseen autoridad.

Cuando estamos enfermos y vamos a una clínica o a un hospital, confiamos en un médico. Después de examinarnos puede indicarnos un tratamiento y, normalmente, seguimos sus instrucciones.

¿Por qué?

Porque reconocemos que esa persona posee conocimientos y preparación en el área de la salud. Damos por hecho que estudió durante años, que obtuvo un grado académico y que trabaja dentro de una institución acreditada.

Algo semejante ocurre cuando enfrentamos un problema legal. Buscamos a un abogado con experiencia, conocemos su especialidad y seguimos sus recomendaciones porque reconocemos su autoridad en esa área.

Cuando con mi esposa tuvimos la oportunidad de construir nuestra casa, decidimos pagar a un arquitecto para que realizara los planos. También fue necesario considerar los cálculos, los materiales y la infraestructura. Confiamos en personas preparadas porque queríamos construir una casa que permaneciera firme.

En muchas áreas de nuestra vida hacemos esto casi sin cuestionarlo.

Sin embargo, actualmente la autoridad también es cuestionada.

La autoridad de los padres puede ser cuestionada. La autoridad de los profesores y de las instituciones educativas también. Incluso la autoridad de la Iglesia ha sido cuestionada, y algunas veces existen razones para hacerlo cuando aparecen injusticias, abusos de poder, autoritarismo o legalismo.

Como cristianos podemos estar en contra de los abusos y defender la verdad.

Pero cuando hablamos de la Biblia estamos hablando de algo diferente.

Para nosotros, los creyentes, la Biblia posee la autoridad máxima, suprema y total para nuestra fe, nuestra conducta y nuestra vida.

La autoridad de la Escritura nace en Dios

El primer punto que debemos considerar es que Dios revela sus pensamientos a través de su Palabra.

Isaías presenta esta realidad de una manera muy profunda (Isaías 55:8-11).

Los pensamientos de Dios son más altos que nuestros pensamientos y sus caminos son más altos que nuestros caminos. Sin embargo, Dios decide comunicarse con el ser humano.

La Palabra de Dios nace de sus pensamientos, de su corazón, de su voluntad y de sus propósitos.

Dios decide revelar aquello que quiere comunicar al ser humano mediante palabras comprensibles para nosotros. Siendo Dios, podría haberse comunicado de otra manera, pero decidió hacerlo mediante un lenguaje humano.

Isaías utiliza la imagen de la lluvia y de la nieve que descienden, riegan la tierra, permiten que germine y produzca fruto. De la misma manera, la Palabra que procede de Dios cumple el propósito para el cual Él la envía.

La Palabra de Dios germina.

La Palabra de Dios produce fruto.

La Palabra de Dios realiza aquello para lo cual Dios la envía.

Por eso la autoridad de la Escritura no nace de una institución humana, de una tradición o simplemente de la importancia histórica de la Biblia. Nace de Dios mismo.

Toda la Escritura es inspirada por Dios

Pablo enseña a Timoteo que toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, redargüir, corregir e instruir en justicia (2 Timoteo 3:16).

Es importante observar una palabra: toda.

No una parte.

No solamente algunos fragmentos.

No solamente los textos que nos gustan.

Toda la Escritura.

En este pasaje, Pablo utiliza la palabra graphē, que hace referencia a las Escrituras. En el contexto de Timoteo se relaciona especialmente con las Escrituras del Antiguo Testamento que él había conocido desde pequeño.

Esto resulta importante porque existen posiciones teológicas que consideran la Biblia solamente como una gran biblioteca de escritos humanos que ocasionalmente presentan ciertos destellos de inspiración.

Como creyentes, afirmamos algo distinto: creemos que toda la Escritura es inspirada por Dios.

La expresión utilizada para “inspirada por Dios” está relacionada con la idea del soplo de Dios.

Esto ayuda a comprender mejor el concepto.

Cuando actualmente decimos que un artista está “inspirado”, podemos pensar simplemente en una persona que tuvo una buena idea. Pero cuando hablamos de la inspiración de las Escrituras estamos hablando de algo mucho más profundo: hablamos de palabras que proceden de Dios.

Esto tampoco significa que los escritores bíblicos escribieron algo por su cuenta y después Dios simplemente “sopló” sobre aquello para transformarlo en algo divino.

Dios utilizó verdaderamente a los escritores bíblicos.

Utilizó sus personalidades.

Utilizó su educación.

Utilizó su cultura.

Utilizó el conocimiento que poseían.

Y mediante ellos fueron escritas las Escrituras.

Palabras de Dios y palabras de hombres

Esto nos lleva a un segundo punto importante sobre la autoridad de la Escritura:

Todas las palabras de la Biblia son palabras de Dios y, al mismo tiempo, palabras de hombres.

Son palabras de Dios porque nacen de su corazón, de sus pensamientos y de su voluntad.

Y son palabras de hombres porque Dios decidió comunicarlas mediante seres humanos y utilizando lenguaje humano.

Existen posiciones que enfatizan solamente uno de estos aspectos.

Por un lado, algunos fundamentalistas han afirmado que la Biblia es Palabra de Dios de tal manera que los escritores humanos prácticamente habrían tenido un papel pasivo, como si sus facultades hubieran sido suspendidas y simplemente hubiesen funcionado como máquinas que recibían un dictado.

Pero al observar las Escrituras vemos que ese no fue el proceso.

Los autores participaron de manera real.

Por otro lado, las posiciones liberales pueden ir al extremo contrario y afirmar que la Biblia es simplemente palabra humana, una colección de documentos religiosos que ocasionalmente presentan experiencias de inspiración.

Como cristianos debemos mantener ambos elementos.

La Biblia es Palabra de Dios.

Y Dios habla mediante hombres.

Cuando alguien dice: “Pero la Biblia fue escrita por hombres”, podemos responder que sí, Dios utilizó hombres para escribirla. Sin embargo, Dios es quien impulsa y comunica su Palabra mediante ellos.

No existe una contradicción entre ambas realidades.

Dios pone sus palabras en boca de hombres

Esta relación puede observarse claramente en diferentes partes de la Biblia.

En Deuteronomio, Dios habla acerca del profeta que levantaría y declara que pondría sus palabras en su boca (Deuteronomio 18:18-20).

Dios pone sus palabras.

El ser humano las transmite.

El profeta es un transmisor de aquello que Dios quiere comunicar.

Por eso, dentro del pueblo de Israel, recibir correctamente la palabra del profeta significaba recibir la Palabra de Dios. No escucharla o hablar falsamente en nombre de Dios era algo tremendamente serio.

También encontramos esta realidad en Jeremías.

El libro comienza identificándose como las palabras de Jeremías, pero inmediatamente también las identifica como Palabra de Jehová (Jeremías 1:1-2).

¿Son palabras de Jeremías o son palabras de Dios?

Ambas cosas aparecen juntas.

Jeremías es identificado como el escritor, mientras que Dios es quien comunica su Palabra mediante él.

Más adelante, el Señor declara que ha puesto sus palabras en la boca de Jeremías (Jeremías 1:9).

Nuevamente encontramos la misma realidad.

Dios habla.

El hombre transmite.

La ley de Jehová y la ley de Moisés

Otro ejemplo muy claro aparece al comparar dos expresiones de la Escritura.

En Levítico se habla de los estatutos, ordenanzas y leyes que Jehová estableció entre Él y los hijos de Israel por medio de Moisés (Levítico 26:46).

La ley viene de Jehová.

Moisés es quien la transmite.

Sin embargo, posteriormente Josué habla de una copia de la ley de Moisés (Josué 8:31-32).

Entonces podemos preguntarnos:

¿Es la ley de Jehová o es la ley de Moisés?

Es la ley de Jehová y también recibe el nombre de ley de Moisés porque Moisés fue quien la comunicó al pueblo.

Esto nos ayuda a comprender esa doble realidad presente en las Escrituras.

Dios comunica su voluntad y decide hacerlo mediante seres humanos.

Reverencia y estudio

La Biblia es un libro único.

John Stott expresaba esta realidad señalando que debemos acercarnos a la Biblia con reverencia porque son palabras de Dios, pero también debemos estudiarla con seriedad e investigar porque es un libro comunicado mediante palabras humanas.

Estas dos actitudes no se contradicen.

Nos acercamos con reverencia porque reconocemos que Dios habla.

Nos acercamos con temor porque allí encontramos la Palabra de Dios.

Pero también estudiamos.

Investigamos.

Observamos.

Buscamos comprender correctamente aquello que está escrito.

La reverencia no elimina el estudio.

Y el estudio no elimina la reverencia.

Precisamente porque creemos en la autoridad de la Escritura, debemos hacer ambas cosas.

Una definición de la autoridad de las Escrituras

Wayne Grudem define la autoridad de las Escrituras afirmando que todas las palabras de la Biblia son palabras de Dios y que, por lo tanto, no creer o desobedecer alguna palabra de las Escrituras significa no creer o desobedecer a Dios.

Esta definición muestra la seriedad con la que debemos acercarnos a la Biblia.

No estamos simplemente leyendo opiniones religiosas.

Estamos delante de la Palabra que creemos que Dios ha comunicado.

Al mismo tiempo, como señala John Stott, esas palabras también son palabras humanas porque Dios habló mediante seres humanos y utilizó lenguaje humano.

Esto explica por qué podemos acercarnos a las Escrituras con reverencia y, al mismo tiempo, estudiarlas rigurosamente.

Jesús reconoció la autoridad de la Escritura

Existe todavía una razón muy importante para nosotros como creyentes: Jesús mismo creyó en las Escrituras y se sometió a ellas.

Jesús es el Verbo.

Todas las cosas fueron creadas por medio de Él.

Y, sin embargo, durante su vida terrenal reconoció la autoridad de las Escrituras.

Si Jesús creyó y se sometió a ellas, debemos preguntarnos quiénes somos nosotros para no hacerlo.

En esta ocasión el énfasis está principalmente en el Antiguo Testamento. En otro momento también será necesario abordar el Nuevo Testamento y explicar el proceso por el cual llegamos al canon bíblico que poseemos actualmente.

Pero al observar a Jesús encontramos claramente su relación con la Palabra.

Jesús enseñaba con autoridad

Cuando Jesús terminó de enseñar en el Sermón del Monte, las personas quedaron admiradas porque enseñaba como quien tenía autoridad y no como los escribas (Mateo 7:28-29).

Más adelante, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a Jesús mientras enseñaba y le preguntaron con qué autoridad hacía aquellas cosas y quién le había dado esa autoridad (Mateo 21:23).

Reconocían que existía una autoridad en Jesús, aunque al mismo tiempo la cuestionaban.

Después de resucitar, Jesús mismo declara que toda autoridad le ha sido dada en el cielo y en la tierra antes de enviar a sus discípulos a hacer discípulos de todas las naciones.

Jesús poseía autoridad.

Era el Verbo.

Era Dios mismo.

Y precisamente por eso resulta tan significativo observar que Él mismo se sometía a las Escrituras.

Jesús se sometió a la Palabra en su conducta

Esto puede verse claramente cuando Jesús fue tentado en el desierto.

Ante la tentación, Jesús responde recurriendo a la Escritura.

Una y otra vez aparece la expresión:

“Escrito está”.

Jesús estaba completamente comprometido con creer, obedecer y cumplir la Palabra de Dios.

No entra a negociar con el tentador.

Responde mediante aquello que está escrito.

Y resulta interesante considerar que no necesitaba buscar los textos en ese momento. La Escritura estaba en su memoria.

En la tradición judía existía un fuerte énfasis en memorizar la Torá. Algo semejante ocurre todavía en lugares donde la Iglesia es perseguida y donde conseguir una Biblia puede ser difícil. Algunos creyentes poseen solamente algunas páginas, las memorizan y después las comparten con otros.

Esto debería conmovernos.

Jesús estaba profundamente comprometido con la Palabra.

¿Cuánto más nosotros?

Si el tentador se acercó al mismo Señor buscando llevarlo a desobedecer, no debemos pensar que nosotros estaremos libres de la tentación.

Por eso necesitamos amar la Escritura.

Necesitamos atesorarla.

Necesitamos conocerla.

Necesitamos creerla.

Y necesitamos obedecerla.

Jesús cumplió su misión conforme a las Escrituras

La sumisión de Jesús a la Palabra también puede verse en su misión.

Jesús comenzó a enseñar a sus discípulos que era necesario que el Hijo del Hombre padeciera, fuera rechazado, muriera y resucitara después de tres días (Marcos 8:31).

Él sabía claramente cuál era su misión.

Las Escrituras habían hablado acerca de lo que debía ocurrir.

Su ministerio, su muerte y su resurrección estaban vinculados con aquello que había sido anunciado.

Después de resucitar encontramos otro momento extraordinario.

Dos discípulos caminaban hacia Emaús profundamente desilusionados. Jesús se acerca a ellos, aunque inicialmente no lo reconocen.

Entonces les explica que era necesario que el Cristo padeciera aquellas cosas y entrara en su gloria, y comienza desde Moisés y los profetas a mostrarles aquello que las Escrituras decían acerca de Él (Lucas 24:26-27).

Qué estudio bíblico debe haber sido aquel.

Jesús recorriendo las Escrituras y mostrando aquello que hablaba de Él.

Los discípulos comenzaron a comprender.

Su entendimiento fue abierto.

Comprendieron que aquello que había ocurrido no significaba que el plan de Dios hubiese fracasado. Era necesario que se cumpliera aquello que estaba escrito.

Jesús también confrontó las distorsiones de la Escritura

Jesús no tenía problemas en confrontar a quienes añadían cosas a la Palabra.

Los fariseos habían incorporado tradiciones que terminaban poniendo grandes cargas sobre las personas. En algunos casos, esas tradiciones habían terminado minando la enseñanza misma de la Torá.

El día de reposo es un ejemplo de aquello.

También confrontaba cuando se restaba a la enseñanza bíblica o cuando se negaban elementos de aquello que Dios había revelado.

Jesús tenía un profundo celo por la Palabra.

Por eso el ejemplo de Jesús debe llevarnos nuevamente a considerar nuestra propia relación con la Biblia.

¿Cómo nos acercamos nosotros a la Biblia?

Esta es finalmente una pregunta personal.

¿Cómo nos enfrentamos al texto bíblico?

¿Lo valoramos como Palabra de Dios?

¿Lo atesoramos?

¿Lo guardamos en nuestro corazón?

¿Lo estudiamos?

¿Caemos de rodillas ante ella reconociendo que son palabras divinas?

Y, al mismo tiempo, ¿somos rigurosos para estudiarla?

Debemos hacer ambas cosas.

Nos acercamos con reverencia porque creemos que Dios habla.

Y la estudiamos cuidadosamente porque Dios decidió comunicar su Palabra mediante lenguaje humano.

La autoridad de la Escritura significa que la Biblia debe ser nuestra autoridad suprema y rectora para la vida.

Un profesional puede aconsejarnos dentro de un área determinada. Un médico puede orientarnos en salud. Un abogado puede ayudarnos en asuntos legales. Un arquitecto puede orientarnos en una construcción.

Pero la Escritura habla a nuestra vida de una manera mucho más amplia.

Por eso debemos leerla más.

Estudiarla más.

Atesorarla más.

Creer en ella.

Y someternos a ella.

Ese es mi deseo y también mi oración: que seamos impulsados y animados por la Escritura a darle el valor que Dios quiere que tenga en nuestras vidas.

La Iglesia Asamblea de Dios Las Condes quiere seguir poniendo la Palabra de Dios en el centro de la vida de la Iglesia.

Una vida sometida a la Palabra

Padre del cielo, te damos gracias por tu Palabra maravillosa.

Gracias por el ejemplo de Jesús. Al estudiar las Escrituras vemos al mismo Hijo de Dios viniendo a este mundo y sometiéndose a la Palabra.

Nosotros también queremos someternos a ella.

Queremos vivir nuestras vidas guiados por la Palabra.

Queremos creerla y queremos obedecerla.

Ayúdanos a darle a la Escritura el valor que Tú quieres que tenga.

Te rogamos que esta palabra germine, que dé fruto y que tu voluntad brote en nuestros corazones.

En el nombre de Jesús.

Amén.

Creer en la autoridad de la Escritura significa, finalmente, reconocer la Palabra de Dios, atesorarla, estudiarla, obedecerla y permitir que gobierne nuestra vida.

Autor

  • Pastor Iglesia Asamblea de Dios Las Condes
    Fabián Tobar es chileno y se desempeñó por años como director de la organización misionera Operación Movilización en Chile, OM. Actualmente está cursando una Maestría en Estudios Teológicos y Ministerios en el Seminario Fuller.