La autoridad de Jesucristo y la autoridad de la Escritura

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La autoridad de Jesucristo y la autoridad de la Escritura
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La autoridad de Jesucristo y la autoridad de la Escritura es el tema que guía este mensaje. Si el mismo Jesús vino, se sometió a las Escrituras y cumplió con ellas, nosotros también debemos hacerlo.

La vez anterior hablamos sobre la autoridad de la Palabra con un enfoque en el Antiguo Testamento. Allí vimos que la Palabra es inspirada por Dios y que es Palabra de Dios porque sale del corazón y de la voluntad de Dios, pero también fue transmitida a través de seres humanos, en lenguaje humano.

Para algunos, esto puede generar una dificultad: “Esto es palabra de hombres porque fue escrita por seres humanos”. Sin embargo, no hay fricción entre ambas cosas. La Palabra de Dios fue entregada a hombres que fueron inspirados y ellos escribieron las Escrituras.

También establecimos algo fundamental: Jesucristo mismo se sometió a las Escrituras del Antiguo Testamento. Él vino y cumplió con ellas, tanto moralmente como en relación con su misión.

Si el mismo Hijo de Dios, el Verbo hecho carne, vino y cumplió con la Escritura, nosotros también debemos hacerlo.

Estos mensajes están disponibles en nuestro blog de la Iglesia Asamblea de Dios Las Condes

Entre el Antiguo y el Nuevo Testamento

Jesús vino entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Jesús no escribió personalmente los libros del Nuevo Testamento. Fueron sus discípulos y personas cercanas y relacionadas con ellos quienes escribieron.

Entre ambos testamentos existe un período de aproximadamente 430 a 450 años, que muchas veces se redondea como “los 400 años”.

Este tiempo también es conocido como el período intertestamentario, el judaísmo del Segundo Templo, el cierre del canon del Antiguo Testamento o el período del silencio y la espera.

Pero no era una espera sin esperanza.

Era la espera del Mesías, del Rey, del que vendría a redimir a su pueblo.

Cuando pensamos en el Antiguo Testamento y avanzamos hacia el Nuevo, podemos observar distintos acontecimientos que fueron quedando registrados en la historia del pueblo de Dios. Dios habló mediante profecías, pero también la historia de su pueblo que fue narrada forma parte de la Palabra de Dios.

Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento apuntan hacia un acontecimiento único y maravilloso: el advenimiento del Mesías.

Desde Adán y Eva comienza a trazarse este plan.

Ellos estaban en el huerto, desobedecieron el mandato divino y, con el pecado, todas las cosas fueron corrompidas. Se necesitaba un Salvador.

Ya allí aparece la promesa de alguien que vendría de la simiente de la mujer y heriría a la serpiente en la cabeza: el Mesías, Jesucristo.

Desde ese momento la Escritura comienza a trazar el plan de redención del ser humano.

Dios pudo haber eliminado al hombre y a la mujer, pero tuvo compasión y misericordia. La gracia estuvo presente desde el principio.

Más adelante, Dios llamó a Abraham.

Todavía no existía Israel como pueblo, pero Dios llamó a este hombre con una misión especial. De él surgiría el pueblo de Israel y, por medio de él, serían benditas todas las familias de la tierra.

De aquel pueblo vendría el que redimiría a las naciones: el Mesías.

Después encontramos el éxodo.

El pueblo había crecido en Egipto y había sido sometido a esclavitud, pero el Señor lo liberó con mano poderosa. Salieron de Egipto, atravesaron el desierto rumbo a la tierra prometida, recibieron la ley y finalmente fueron introducidos en Canaán.

Este período también es fundamental porque Dios hizo pacto con su pueblo.

Cuando salieron de Egipto fue sacrificado el cordero pascual, que después apunta a Jesucristo como el Cordero pascual.

Luego encontramos el establecimiento del pueblo de Dios en Canaán, la monarquía, la deportación, el cautiverio y posteriormente el regreso.

Finalmente llegamos hasta Malaquías.

Las profecías cesan, pero eso no significa que Dios se haya olvidado de su pueblo ni que haya dejado de actuar. Dios continuó obrando mientras el pueblo esperaba al Mesías.

Malaquías anuncia la venida del Señor y también la aparición del mensajero que prepararía su camino (Malaquías 3:1-4).

Ese mensajero sería Juan el Bautista.

En los Evangelios se le reconoce precisamente como aquel que vino a preparar el camino del Mesías. Jesús mismo habla de Juan y de su ministerio (Mateo 11).

Y después de aquella larga espera, viene el Mesías.

¿Con qué autoridad se escribe el Nuevo Testamento?

Cuando pasamos al Nuevo Testamento aparece una pregunta importante:

¿Quién escribe el Nuevo Testamento y bajo qué autoridad se escribe?

Para nosotros como cristianos es fundamental comprenderlo.

Hay dos puntos importantes.

El primero es que el Nuevo Testamento se escribe en y por la autoridad de Jesucristo.

Si tenemos Nuevo Testamento es porque Jesucristo vino.

El segundo es que el Nuevo Testamento fue escrito por los apóstoles y por sus compañeros autorizados.

Este segundo punto nos lleva al tema de la inspiración y de la canonización, que requiere un desarrollo aparte.

Pero antes de llegar hasta allí debemos establecer algo fundamental: Jesucristo tiene toda autoridad.

La autoridad de Jesucristo en el Nuevo Testamento

Los Evangelios presentan numerosas afirmaciones acerca de la autoridad de Jesucristo.

Jesús tiene autoridad para perdonar pecados. Es Señor del sábado. Tiene autoridad sobre la ley, sobre los demonios y sobre la naturaleza. Tiene autoridad para juzgar, autoridad sobre la vida y autoridad para resucitar. Tiene autoridad sobre los ángeles y autoridad universal.

Es presentado como Hijo de Dios y como el Cristo, el Mesías.

También utiliza la expresión “Yo soy”, la misma expresión relacionada con la revelación de Dios a Moisés. Se presenta como uno con el Padre, existente antes de Abraham, poseedor de gloria con el Padre antes del mundo y es llamado Dios.

Es importante establecer esta base: Jesucristo es Dios mismo y, por eso, tiene toda autoridad.

El Nuevo Testamento se escribe sobre la base de esa autoridad.

Una enseñanza con autoridad

En Marcos encontramos a Jesús entrando en Capernaúm y enseñando en la sinagoga (Marcos 1:21-28).

La gente se admiraba de su enseñanza porque enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

No se trataba solamente de que Jesús tuviera elocuencia o una buena retórica.

En aquella misma sinagoga había un hombre con un espíritu inmundo. El espíritu reconoce quién es Jesús y Jesús le ordena salir.

El espíritu obedece.

Entonces las personas vuelven a asombrarse.

¿Qué clase de enseñanza es esta? ¿Quién es este que incluso manda a los espíritus inmundos y ellos le obedecen?

La autoridad que veían en sus palabras estaba acompañada de una autoridad sobrenatural.

Jesucristo tenía autoridad porque era Dios mismo.

Toda autoridad en el cielo y en la tierra

Otro pasaje fundamental aparece en la Gran Comisión (Mateo 28:18-20).

Jesús ha resucitado, se presenta ante sus discípulos y declara que toda potestad le ha sido dada en el cielo y en la tierra.

Toda significa toda.

Y precisamente por esa autoridad viene el mandato de hacer discípulos a todas las naciones.

El “por tanto” de este pasaje es importante.

La misión está fundamentada en la autoridad de Cristo.

El contexto inmediato de esta comisión corresponde a los discípulos y a los apóstoles, aquel grupo especialmente cercano a Jesús. Sin embargo, esto no significa que la Gran Comisión haya sido solamente para ellos.

También corresponde a la Iglesia.

¿Por qué?

Porque los discípulos hacen discípulos y esta comisión permanece hasta el fin de los tiempos.

Por eso la Gran Comisión no quedó limitada al grupo original de apóstoles.

Sin embargo, es importante reconocer que ellos fueron los primeros en recibir directamente este mandato.

Esto será relevante cuando estudiemos la autoridad que tuvieron los apóstoles para escribir. Ellos recibieron una autoridad especial de Cristo y sus palabras fueron recibidas con una autoridad vinculada a aquel que los había enviado.

¿Cómo gobierna Cristo a su Iglesia?

Mientras preparaba este material estuve leyendo distintas teologías sistemáticas, entre ellas la de Wayne Grudem, y apareció una pregunta particularmente importante:

¿Cómo gobierna Cristo a su Iglesia?

A lo largo de la historia cristiana existen distintas respuestas.

En la Iglesia Católica Romana, la autoridad se encuentra en el Papa y los obispos, en lo que se conoce como el magisterio.

Este fue uno de los grandes conflictos presentes durante la Reforma Protestante: la autoridad que la Iglesia Católica y el papado ejercían sobre las personas.

En la ortodoxia oriental, encontramos la autoridad de la Santa Tradición, que incluye la Escritura, el Credo, los siete concilios ecuménicos y los escritos de los Padres de la Iglesia.

Pero aparece entonces una pregunta importante: ¿qué ocurre cuando alguno de estos elementos entra en conflicto? ¿Quién decide?

¿Se respetan los concilios en desmedro de la Escritura? ¿Los escritos de los Padres?

En los teólogos liberales, Cristo gobierna su Iglesia a través de elementos como la opinión educada, la conciencia individual o la opinión consensuada.

Esto se relaciona con una visión de la inspiración de las Escrituras en la cual los libros bíblicos pueden ser considerados libros humanos que contienen ciertos destellos de inspiración. Desde allí se da mayor espacio a la opinión y al consenso.

En la Iglesia Anglicana, encontramos el trípode de autoridad compuesto por la Escritura, la tradición y la razón.

Pero vuelve a surgir la misma pregunta: ¿qué ocurre cuando la tradición o la razón entran en conflicto con la Palabra? ¿Quién decide?

En las iglesias de la Reforma y en las iglesias evangélicas, Cristo gobierna a su Iglesia a través de la Escritura.

Sola Escritura.

Cristo gobierna a la Iglesia mediante su Palabra.

La autoridad de Cristo y la autoridad de la Escritura

John Stott lo expresa de esta manera:

“La razón por la cual la Iglesia se ha sometido y se debe someter a la Escritura es porque Jesucristo lo hizo e instó a sus discípulos a hacerlo. De modo que la autoridad de Cristo y la autoridad de la Escritura o permanecen juntas o caen juntas. Y la Iglesia no puede repudiar lo que Dios ha afirmado”.

Esto significa que la Iglesia no puede adjudicarse para sí misma una autoridad superior a aquella que Dios ha establecido.

Más adelante, cuando estudiemos cómo se desarrolla el reconocimiento del canon, veremos que algunas personas creen que fue la Iglesia la que otorgó autoridad al canon.

Sin embargo, la Iglesia confirmó la autoridad de las Escrituras, la autoridad de los apóstoles y de aquellas personas cercanas a ellos que estaban autorizadas para escribir.

También encontramos esta afirmación:

“La Escritura es el decreto real por el cual el Rey Jesucristo gobierna la Iglesia”.

La tradición y la razón son importantes y cumplen un papel en la explicación y en la aplicación de las Escrituras.

Pero la Escritura tiene autoridad suprema en la Iglesia.

“Solamente di la palabra”

Para terminar, pensemos en el relato del centurión (Mateo 8:5-13).

Jesús entra en Capernaúm y un centurión se acerca a Él porque su criado está paralítico y gravemente atormentado.

Jesús está dispuesto a ir y sanarlo.

Pero la respuesta del centurión es sorprendente.

Él se considera indigno de que Jesús entre bajo su techo.

Era gentil y, además, era un centurión en medio del contexto que vivía Israel.

Pero este hombre cree en la autoridad de Jesús.

Por lo menos reconoce en Él una autoridad sobrenatural.

El centurión conoce perfectamente cómo funciona la autoridad porque él mismo está bajo autoridad y, al mismo tiempo, tiene soldados bajo sus órdenes.

Cuando le dice a uno “ve”, ese soldado va.

Cuando le dice a otro “ven”, viene.

Cuando le da una orden a su siervo, este la cumple.

Por eso su razonamiento respecto de Jesús es sencillo y profundo:

Solamente di la palabra.

No necesitas venir hasta mi casa.

Si tú lo dices, será hecho.

Jesús se maravilló de la fe de aquel hombre y señaló que no había encontrado una fe semejante en Israel.

El centurión, que no pertenecía al pueblo de Israel, reconoció la autoridad de Jesús.

Y esto nos lleva directamente a nosotros.

¿Qué autoridad tienen las palabras de Jesús en mi vida?

Esta es la pregunta que debemos hacernos:

¿Qué autoridad tienen las palabras de Jesús en mi vida?

¿Qué autoridad tienen las palabras de Jesús en tu vida?

Nos identificamos como una Iglesia que se somete solamente a la autoridad de la Escritura.

Pero ¿existe alguna otra autoridad que personalmente esté rigiendo nuestra fe y nuestra vida?

¿Qué te está impidiendo confiar plenamente en la autoridad de la Palabra de Cristo?

¿Qué tienes que entregar?

¿En qué tienes que confiar?

El centurión obliga a hacernos esta pregunta: ¿estamos confiando realmente en las palabras de Jesús?

Aquel hombre vino a Cristo convencido de que bastaba con que Jesús hablara.

Él reconoció su autoridad divina.

No era necesario que Jesús estuviera físicamente en la casa.

“Solamente di la palabra”.

La autoridad de Jesucristo y la Palabra que guía a la Iglesia

En este primer punto acerca de la autoridad de Jesús es fundamental dejar establecida una verdad: Jesucristo tiene toda autoridad.

Como Iglesia nos regimos por la autoridad de la Palabra de Jesús y por la enseñanza de los apóstoles, porque los apóstoles fueron autorizados por el mismo Cristo para escribir el Nuevo Testamento.

El Nuevo Testamento fue escrito por los apóstoles y por sus compañeros autorizados.

Ese será el siguiente tema: la canonización.

¿Hasta cuándo se extiende el canon?

¿Cuáles fueron los criterios para reconocer los libros de las Sagradas Escrituras?

¿Qué personas debían haber escrito esos libros?

¿Por qué decimos que los apóstoles tenían esa autoridad?

Y si hoy apareciera un libro escrito en los tiempos de Cristo, ¿podría formar parte del canon?

¿Qué ocurrió con textos como el Evangelio de María Magdalena, el Evangelio de Tomás y otros escritos?

Todo aquello requiere otro mensaje.

Antes de entrar en esas preguntas es necesario establecer primero lo fundamental: la autoridad de Jesucristo.

Nosotros nos regimos y nos guiamos por su autoridad.

Y creemos en la Palabra de Dios, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, porque toda la Escritura gira en torno a la persona de Jesucristo.

La Biblia no tendría sentido si sacáramos a Jesucristo.

Cristo está allí.

Acercarnos con la humildad del centurión

El centurión vino reconociendo su indignidad.

Nosotros también podemos acercarnos a Cristo reconociendo nuestra incapacidad y nuestro pecado.

Somos indignos, pero Jesucristo nos ha hecho dignos por sus méritos, por su maravillosa gracia y por su muerte en la cruz.

Por eso podemos acercarnos a las Escrituras con la misma disposición del centurión.

Reconociendo su autoridad.

“Di la Palabra”.

Y tu Palabra tiene autoridad.

Esa es la fe que necesitamos al acercarnos a las Escrituras: una fe humilde que reconoce la autoridad de Jesucristo, que se somete a su Palabra y permite que ella gobierne nuestra vida y nuestra Iglesia.

Oración final

Señor, te doy muchas gracias por lo que hemos vivido y aprendido a través de los personajes bíblicos.

Gracias porque tú eres bueno.

Gracias por tu Palabra maravillosa, porque creemos que ha sido inspirada, que ha nacido de tu corazón y que ha sido entregada para nosotros y para tu Iglesia.

Nosotros queremos regirnos por tu Palabra y por tu autoridad divina.

Te ruego que como Iglesia podamos siempre defender la autoridad de la Palabra por sobre los argumentos humanos, la razón, la tradición o cualquier concilio.

Que tu Palabra tenga toda autoridad en nuestra vida y en la Iglesia.

Danos una fe como la del centurión.

Danos aquella humildad con la que él vino delante de ti y reconoció tu autoridad divina y maravillosa.

Ayúdanos si existen áreas de nuestra vida en las que no estamos permitiendo que tu autoridad nos guíe.

Que tu Santo Espíritu nos muestre aquellas áreas en las que no estamos dando cabida a tu autoridad, para ser transformados y guiados por ti.

En el nombre de Jesús.

Amén.

Autor

  • Pastor Iglesia Asamblea de Dios Las Condes
    Fabián Tobar es chileno y se desempeñó por años como director de la organización misionera Operación Movilización en Chile, OM. Actualmente está cursando una Maestría en Estudios Teológicos y Ministerios en el Seminario Fuller.