La autoridad del Nuevo Testamento: ¿cómo sabemos que viene de Dios?

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La autoridad del Nuevo Testamento: ¿cómo sabemos que viene de Dios?
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La autoridad del Nuevo Testamento se fundamenta en Jesucristo y en el testimonio de aquellos a quienes Él llamó y envió para transmitir su Palabra. Pero ¿cómo sabemos que estos escritos realmente vienen de Dios y por qué los reconocemos como parte de las Escrituras?

Para comprenderlo, debemos considerar la autoridad que Jesucristo entregó a sus apóstoles, la obra del Espíritu Santo en ellos y la manera en que la Iglesia primitiva reconoció los escritos inspirados por Dios.

Durante esta serie de estudios bíblicos hemos abordado la autoridad de las Escrituras, comenzando por el Antiguo Testamento. Vimos que Jesucristo vino a cumplir la Palabra de Dios, sujetándose a las Escrituras y dando cumplimiento a las palabras proféticas anunciadas anteriormente.

Cuando Jesús fue tentado en el desierto, respondió al enemigo diciendo: «Escrito está». De esta manera, mostró su sujeción a la Palabra de Dios.

También estudiamos que el Nuevo Testamento fue escrito en y por la autoridad de Jesucristo. Él, siendo Dios hecho carne y lleno de autoridad, no solamente vino a cumplir las Escrituras del Antiguo Testamento, sino que también escogió y envió a sus apóstoles, otorgándoles una autoridad particular para enseñar, hacer discípulos y transmitir las verdades que posteriormente quedarían registradas en los escritos del Nuevo Testamento.

Dios nos ha hablado por medio de su Hijo

En Hebreos 1:1-2 encontramos una perspectiva histórica fundamental para comprender la autoridad de Jesucristo y de las Escrituras.

El autor de Hebreos, cuya identidad desconocemos, establece una distinción entre la manera en que Dios habló en tiempos antiguos y la forma en que se ha revelado por medio de su Hijo.

En el Antiguo Testamento, Dios habló a los padres por medio de los profetas, en diferentes tiempos y de diversas maneras. Sin embargo, en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo y por medio de quien hizo el universo.

Aunque tradicionalmente algunos han atribuido la autoría de Hebreos al apóstol Pablo, las características de su escritura son diferentes de las que encontramos en las cartas paulinas.

Lo fundamental del pasaje es que presenta a Jesucristo como la culminación de la revelación de Dios al ser humano.

Cuando hablamos de las Escrituras, reconocemos que Dios ha dado a conocer su voluntad y su corazón a través de ellas. En Jesucristo encontramos la revelación culminante de Dios, y esta verdad es fundamental para comprender el canon de las Escrituras.

¿Qué es el canon bíblico?

El canon es la lista de libros que constituyen la Biblia, aquellos que reconocemos como inspirados por Dios mediante el Espíritu Santo.

Los apóstoles recibieron autoridad para escribir palabras que tenían el mismo carácter de verdad y autoridad que las Escrituras del Antiguo Testamento.

A través de sus escritos, interpretaron y aplicaron a la vida de los creyentes las grandes verdades relacionadas con la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.

Durante la época apostólica y los primeros años de la Iglesia comenzaron a circular diferentes escritos. Frente a esto, la Iglesia primitiva fue reconociendo ciertas características que permitían distinguir aquellos textos que poseían autoridad divina.

Para comprender este proceso, primero debemos detenernos en el significado de la palabra apóstol.

La autoridad del Nuevo Testamento y el significado de apóstol

La palabra griega apóstolos significa «enviado». En el Nuevo Testamento encontramos diferentes usos de este término, que permiten comprender el carácter particular de la autoridad concedida por Jesucristo a sus apóstoles.

En primer lugar, encontramos un sentido amplio relacionado con los cristianos enviados a anunciar el evangelio. Como Iglesia, hemos recibido la misión de llevar el mensaje de Jesucristo a todas las naciones. En este sentido, participamos de una misión de envío.

También encontramos esta palabra aplicada a personas enviadas para cumplir una tarea determinada. Por ejemplo, algunos creyentes eran comisionados para transportar ofrendas o cumplir misiones específicas, como vemos en 2 Corintios 8:23 y Filipenses 2:25.

Sin embargo, existe un tercer uso particularmente importante: aquel que se refiere a los doce apóstoles escogidos por Jesucristo.

En este último sentido, el apóstol posee una autoridad particular, comparable en ciertos aspectos a la autoridad que tenían los profetas del Antiguo Testamento.

Los enviados de Dios en el Antiguo Testamento

En el Antiguo Testamento encontramos diferentes ocasiones en que Dios envía a determinadas personas con la responsabilidad de comunicar su Palabra.

En Éxodo 3:10, Dios llama a Moisés y lo envía ante Faraón para sacar de Egipto al pueblo de Israel.

De manera semejante, en Isaías 6:8-9 encontramos el llamamiento del profeta, quien responde a la voz del Señor: «Heme aquí, envíame a mí».

Los profetas eran enviados con una responsabilidad concreta: comunicar al pueblo aquello que Dios les había hablado. No actuaban simplemente por iniciativa propia, sino bajo la autoridad de quien los enviaba.

Esta distinción también explica la gravedad de los falsos profetas.

En Jeremías 14:14, Dios denuncia a aquellos que profetizaban falsamente en su nombre, aun cuando Él no los había enviado, mandado ni hablado por medio de ellos.

Por lo tanto, existía una diferencia fundamental entre quien verdaderamente había sido enviado por Dios y quien afirmaba hablar en su nombre sin haber recibido esa comisión.

Este mismo principio nos permite comprender la importancia del verdadero envío apostólico.

El representante y la autoridad de quien lo envía

En el contexto del judaísmo rabínico existía también la figura del shaliaj, un enviado o representante comisionado para actuar en nombre de quien lo había designado.

Por ejemplo, cuando el Sanedrín enviaba a alguien para comunicar una decisión, aquella persona actuaba representando la autoridad de quienes la habían enviado.

Su mensaje no tenía simplemente una autoridad personal, sino que representaba la autoridad de aquel que lo había comisionado.

Este trasfondo nos ayuda a comprender lo que ocurre cuando Jesucristo envía a sus apóstoles.

Así como los profetas eran enviados con la Palabra de Dios, los apóstoles fueron enviados con la autoridad de Jesucristo. Su misión consistía en hablar y enseñar en su nombre.

Por eso, la autoridad del Nuevo Testamento no puede separarse de la autoridad de Cristo mismo.

Jesucristo escogió y dio autoridad a sus apóstoles

Los doce apóstoles no se escogieron a sí mismos. Fue Jesucristo quien los llamó, los escogió y les otorgó autoridad.

Ellos estuvieron con el Señor durante su ministerio, caminaron con Él, escucharon sus enseñanzas y fueron testigos de su vida.

Podríamos decir que recibieron el mejor entrenamiento: fueron discípulos directos de Jesucristo.

Esta cercanía con el Señor no era simplemente una experiencia personal. Formaba parte de la preparación para una misión única que posteriormente tendrían que cumplir.

En la Iglesia primitiva comenzó a desarrollarse una comprensión clara de esta autoridad particular.

Un ejemplo de su ejercicio lo encontramos en el relato de Ananías y Safira. Cuando ambos actuaron con engaño respecto de la venta de una propiedad, el apóstol Pedro confrontó su pecado y les señaló que habían mentido al Espíritu Santo.

Este acontecimiento muestra la gravedad con que era considerada la autoridad apostólica dentro de la primera comunidad cristiana.

Los apóstoles habían recibido una autoridad distinta, concedida por Jesucristo. El Espíritu Santo los capacitaría para hablar, enseñar, instruir y realizar hechos poderosos en su nombre.

De esta manera, sus palabras no eran recibidas como simples opiniones personales, sino como enseñanzas comunicadas bajo la autoridad del Señor.

Los requisitos para formar parte de los doce

Después de la muerte de Judas y de la ascensión de Jesucristo, los apóstoles debieron escoger a alguien que ocupara su lugar.

En Hechos 1:21-22 encontramos los requisitos que establecieron para esta elección.

La persona debía haber acompañado a los discípulos durante el ministerio de Jesús, desde el bautismo de Juan hasta su ascensión, y ser testigo de su resurrección.

Estos requisitos muestran que el testimonio apostólico estaba estrechamente relacionado con el conocimiento directo de Jesucristo.

Durante su ministerio, Jesús no estuvo acompañado únicamente por los doce. También hubo otros discípulos y discípulas que lo siguieron, entre ellas María Magdalena.

Por eso, existían personas que podían dar testimonio de su vida y de los acontecimientos relacionados con su ministerio.

Finalmente, Matías fue escogido para ocupar el lugar de Judas entre los doce.

Este acontecimiento nos permite reconocer una característica fundamental de los apóstoles: eran testigos de Jesucristo y, particularmente, de su resurrección.

Pablo y el reconocimiento de su autoridad apostólica

Al hablar de la autoridad de los apóstoles, necesariamente debemos considerar al apóstol Pablo.

Pablo no perteneció al grupo original de los doce ni acompañó a Jesús durante su ministerio terrenal. Sin embargo, en sus cartas se presenta como apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios.

¿Cómo podemos comprender entonces su autoridad apostólica?

La respuesta se encuentra en su encuentro con el Señor resucitado.

Cuando Pablo iba camino a Damasco, Jesucristo salió a su encuentro y lo confrontó por perseguir a su Iglesia. Esta experiencia transformó completamente su vida.

Después de aquel encuentro, Pablo quedó temporalmente ciego y posteriormente recibió oración, recuperó la vista y recibió el Espíritu Santo.

En 1 Corintios 9:1, Pablo defiende su apostolado haciendo referencia a que había visto a Jesús, el Señor.

Asimismo, en 1 Corintios 15:8 declara que Cristo también se le apareció a él, aun cuando esta aparición ocurrió después de las experiencias de los otros apóstoles.

Por lo tanto, Pablo había tenido un encuentro real con el Jesucristo resucitado.

Este testimonio era fundamental para comprender la autoridad con la que posteriormente enseñaría y escribiría a las iglesias.

Las cartas de Pablo y su recepción en la Iglesia

Las cartas paulinas comenzaron a circular entre las comunidades cristianas desde fechas muy tempranas.

Algunas de ellas ya estaban siendo conocidas alrededor del año 50 después de Cristo, antes de que se completara la redacción de los evangelios, cuyas fechas suelen situarse aproximadamente entre los años 60 o 70 y el final del siglo I.

La Iglesia comenzó a reconocer la autoridad de estos escritos, y este reconocimiento también puede observarse en el testimonio de otros apóstoles.

En 2 Pedro 3:15-16 encontramos una referencia particularmente importante.

Pedro menciona a Pablo como un hermano amado, reconoce la sabiduría que le había sido dada y hace referencia a las cartas que había escrito.

Además, advierte que algunas de sus enseñanzas eran difíciles de comprender y que ciertas personas las torcían, como también hacían con las otras Escrituras.

Esta expresión es significativa, porque muestra que las cartas de Pablo eran consideradas en relación con las demás Escrituras.

No se trataba simplemente de correspondencia personal entre creyentes. Sus escritos poseían una autoridad reconocida dentro de la Iglesia.

De esta manera, encontramos que los propios apóstoles daban testimonio de la autoridad de los escritos apostólicos.

El Espíritu Santo y la inspiración de los apóstoles

Otra característica fundamental del ministerio apostólico es la obra particular del Espíritu Santo en aquellos que Jesucristo había escogido.

Antes de su crucifixión, Jesús entregó importantes enseñanzas a sus discípulos acerca de la venida del Espíritu Santo.

En Juan 14:26, el Señor anuncia que el Consolador, el Espíritu Santo, les enseñaría todas las cosas y les recordaría aquello que Él les había dicho.

Es importante comprender estas palabras dentro de su contexto.

Jesús estaba hablando a sus discípulos, quienes habían estado con Él, habían escuchado sus enseñanzas y habían participado de su ministerio.

El Espíritu Santo tendría una función particular en ellos: recordarles las palabras del Señor y capacitarlos para transmitir fielmente sus enseñanzas.

Muchas veces aplicamos directamente este pasaje a nuestra propia experiencia cristiana. Si bien podemos reconocer aplicaciones para nuestra vida, debemos recordar que su contexto inmediato corresponde al ministerio que Jesucristo estaba entregando a sus apóstoles.

Ellos habían vivido esas experiencias con el Señor y recibirían la ayuda del Espíritu Santo para recordarlas.

El Espíritu de verdad los guiaría

En Juan 16:12-13, Jesús continúa enseñando a sus discípulos acerca de la obra del Espíritu Santo.

Les explica que todavía tiene muchas cosas que decirles, pero que en aquel momento ellos no pueden comprenderlas o sobrellevarlas completamente.

Los discípulos tenían limitaciones. Había verdades que todavía no estaban preparados para recibir.

Sin embargo, Jesucristo les anuncia que, cuando viniera el Espíritu de verdad, Él los guiaría a toda la verdad.

Este ministerio comprendía tanto el recuerdo de las enseñanzas que habían recibido como la comprensión de aquellas cosas que Jesús todavía no les había comunicado plenamente durante su ministerio terrenal.

El Espíritu Santo los capacitaría para transmitir estas verdades a la Iglesia, y muchas de ellas quedarían posteriormente registradas en los escritos del Nuevo Testamento.

Por esta razón, el ministerio apostólico tuvo un carácter particular y único.

Los apóstoles de Jesucristo no tienen sucesores en ese mismo sentido, porque recibieron una comisión específica relacionada con el testimonio directo del Señor y la transmisión autorizada de sus enseñanzas.

¿Por qué algunos libros del Nuevo Testamento no fueron escritos por los doce apóstoles?

Cuando hablamos de la autoridad del Nuevo Testamento, surge una pregunta importante: ¿qué ocurre con aquellos libros que no fueron escritos directamente por los doce apóstoles?

No todos los escritos del Nuevo Testamento fueron redactados por miembros de ese grupo.

Entre ellos encontramos Marcos, Lucas, Hechos, Hebreos y Judas.

La Iglesia primitiva debió reconocer también la autoridad de estos escritos y considerar su relación con el testimonio apostólico.

El caso particular de Hebreos

El libro de Hebreos resulta especialmente interesante porque desconocemos con certeza quién fue su autor humano.

Aunque durante mucho tiempo se consideró la posibilidad de que hubiera sido escrito por Pablo, no existe una identificación definitiva de su autor.

El teólogo Wayne Grudem, en su Teología sistemática, señala que la aceptación de Hebreos como parte del canon no dependió únicamente de la creencia en una posible autoría paulina.

Las propias cualidades del libro habrían convencido a sus primeros lectores de su origen divino, independientemente de la identidad de su autor humano.

Cuando leemos Hebreos encontramos una profunda exposición de la persona y la obra de Jesucristo.

Es un libro que presenta de manera maravillosa el sacerdocio de Cristo y que apunta constantemente al Mesías.

Esto también se relaciona con algo que hemos estudiado anteriormente: las Escrituras dan testimonio de Jesucristo.

Hebreos es un libro profundamente mesiánico, que exalta al Señor y nos permite comprender su sacerdocio.

Por eso, la Iglesia reconoció su lugar dentro de los escritos inspirados.

Marcos, Lucas, Hechos y Judas

Los detalles históricos sobre la forma en que la Iglesia primitiva reconoció cada uno de estos libros son limitados.

Sin embargo, existen relaciones importantes entre sus autores y el círculo apostólico.

El Evangelio de Marcos fue reconocido tempranamente, probablemente por la estrecha relación de Marcos con el apóstol Pedro.

De manera semejante, Lucas, quien escribió tanto el Evangelio que lleva su nombre como el libro de los Hechos, estuvo relacionado con el ministerio del apóstol Pablo y lo acompañó durante sus viajes.

Esta cercanía con los apóstoles fue importante para el reconocimiento de sus escritos.

En el caso de Judas, su aceptación también se relacionó con la identidad del autor, su vínculo con Santiago y su condición de hermano de Jesús.

Por lo tanto, durante la era apostólica no solamente escribieron los doce apóstoles, sino también personas estrechamente vinculadas con ellos y con el testimonio de Jesucristo.

Estos escritos fueron recibidos dentro del marco de la autoridad apostólica.

¿Cómo se reconoció el canon del Nuevo Testamento?

Los libros del Nuevo Testamento fueron escritos aproximadamente entre los años 50 y 100 después de Cristo.

Sin embargo, el reconocimiento y la delimitación formal del canon fue un proceso que se desarrolló posteriormente.

La Iglesia primitiva tuvo la responsabilidad de reconocer cuáles escritos poseían las características propias de la Palabra de Dios comunicada por medio de autores humanos.

Este proceso no ocurrió de manera idéntica en todas las comunidades cristianas.

Algunas iglesias tenían dificultades para aceptar determinados libros y examinaban cuidadosamente sus características antes de reconocerlos como parte de las Escrituras.

Entre los aspectos considerados se encontraba su relación con la enseñanza apostólica y su testimonio acerca de Jesucristo.

Era fundamental reconocer si aquellos escritos anunciaban al Mesías, si daban testimonio de su vida, muerte y resurrección, y si exaltaban verdaderamente a Jesucristo.

La autoridad del Nuevo Testamento, por lo tanto, estaba profundamente relacionada con la autoridad de Cristo y el testimonio de quienes habían sido enviados por Él.

La necesidad de distinguir los escritos verdaderos

Con el paso del tiempo aparecieron otros escritos que pretendían relacionarse con los apóstoles o presentar enseñanzas acerca de Jesucristo.

Entre ellos encontramos textos conocidos como el Evangelio de María Magdalena y el Evangelio de Tomás.

También surgieron enseñanzas que fueron consideradas heréticas y que hicieron necesario defender y expresar con mayor claridad las verdades de la fe cristiana.

Entre las controversias doctrinales que enfrentó la Iglesia se encuentra el arrianismo. Asimismo, figuras como Tertuliano escribieron obras apologéticas en defensa de la fe.

Durante los siglos II y III, diferentes teólogos cristianos contribuyeron a la articulación de la doctrina y a la defensa de las enseñanzas recibidas.

La aparición de estas controversias hizo cada vez más necesario establecer con claridad cuáles eran los escritos reconocidos como parte de las Escrituras.

En los primeros años, las comunidades cristianas vivían su fe, escuchaban las enseñanzas apostólicas y leían las cartas y los evangelios que circulaban entre ellas.

Sin embargo, ante la aparición de enseñanzas contrarias a la fe recibida, se volvió especialmente importante identificar y reconocer el canon.

De esta manera, la Iglesia fue distinguiendo los escritos apostólicos y aquellos vinculados con su autoridad de otros textos que surgieron posteriormente.

¿Por qué podemos confiar en la autoridad del Nuevo Testamento?

Al terminar este estudio, volvemos nuevamente a Hebreos 1:1-2.

Dios habló en otro tiempo por medio de los profetas, pero en estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo.

Jesucristo es la culminación de la revelación divina y es bajo su autoridad que los apóstoles fueron enviados para enseñar y transmitir su Palabra.

La autoridad de las Escrituras no descansa simplemente en el reconocimiento humano, sino en Dios mismo, quien ha hablado y se ha revelado a través de su Palabra.

Por eso, mi deseo al compartir esta serie de estudios es que seamos personas verdaderamente ancladas en las Escrituras.

Que amemos la Palabra de Dios, que nuestra vida se mueva conforme a ella y que sea nuestra guía.

Al comprender la autoridad del Nuevo Testamento, no buscamos solamente adquirir conocimiento acerca de su formación o de sus autores. Buscamos también reconocer el valor de la Palabra que Dios nos ha entregado.

Es una Palabra que podemos leer cada día y por medio de la cual el Señor continúa hablándonos, convenciéndonos y transformando nuestros corazones.

Una Palabra viva que transforma

Al finalizar, damos gracias al Señor por su Palabra preciosa y maravillosa.

Señor, te alabamos y te bendecimos porque tenemos tu Palabra y podemos leerla cada día. Tú continúas hablándonos por medio de ella y convenciéndonos de que verdaderamente es tu Palabra.

Cuando la leemos, produce una transformación maravillosa en nuestro ser y en nuestros corazones. Nos da testimonio de que proviene de ti, de tu corazón.

Durante la reunión también recordamos el encuentro de Jesús con la mujer junto al pozo, y la promesa de encontrar en Él agua viva.

Así es también la obra de tu Palabra en nuestras vidas.

Tu Palabra permanece para siempre. Es un recurso vivo, inagotable, que nunca escasea. Es una Palabra para toda persona, para toda cultura y para toda nación.

Es tu Palabra la que transforma vidas.

Como enseñó nuestro Señor Jesucristo, aunque el cielo y la tierra pasen, sus palabras no pasarán.

A ti sea toda la gloria y toda la honra. Te agradecemos por tu Palabra y por lo que continúas haciendo por medio de ella.

En el nombre de Jesús oramos. Amén.

Este estudio bíblico fue compartido en la Iglesia Asamblea de Dios Las Condes

Autor

  • Pastor Iglesia Asamblea de Dios Las Condes
    Fabián Tobar es chileno y se desempeñó por años como director de la organización misionera Operación Movilización en Chile, OM. Actualmente está cursando una Maestría en Estudios Teológicos y Ministerios en el Seminario Fuller.