Una forma sencilla de responder esta pregunta sería observar la agenda, la manera en que se distribuye el tiempo, las conversaciones, los gastos, las preocupaciones e incluso aquello que se consume diariamente en redes sociales.
¿Dónde está Dios en todo eso?
¿Está Dios presente en la agenda? ¿Está presente en las conversaciones? ¿Está presente en el presupuesto? ¿Está presente en aquello que ocupa nuestra atención cada día?
Incluso algo tan cotidiano como el algoritmo de Spotify puede revelar bastante.
Spotify realiza cada año un resumen de las canciones y artistas más escuchados. En el ejemplo relatado, un padre acostumbraba preguntarle a su hijo si el algoritmo de Spotify podía saber, por aquello que escuchaba, que era cristiano.
La pregunta también puede trasladarse a las redes sociales.
¿Podría un algoritmo concluir, por aquello que una persona mira, escucha y consume, que Cristo ocupa un lugar importante en su vida?
Las prioridades terminan dejando evidencia.
Un pueblo que comenzó con entusiasmo
Hageo presenta a un pueblo que había regresado a Jerusalén con el propósito de reconstruir el templo.
En el desarrollo histórico presentado se menciona el decreto del rey Darío que permitió que muchos judíos regresaran a Jerusalén para levantar nuevamente aquello que había quedado destruido.
El pueblo volvió con entusiasmo.
Había pasión, alegría y un profundo deseo de reconstruir el templo. Era como si nuevamente se hubiese despertado aquel amor por Dios y por su casa.
El templo, sin embargo, no era importante simplemente por ser un edificio.
Era el lugar donde la presencia de Dios se manifestaba.
Pero después de un tiempo aquel entusiasmo comenzó a disminuir.
La pasión empezó a apagarse.
El interés por la casa de Dios fue desapareciendo y cada persona comenzó a concentrarse en sus propios asuntos.
Allí aparece uno de los grandes problemas que confronta Hageo:
cuando Dios deja de ocupar el primer lugar, otras áreas de la vida comienzan también a verse afectadas.
El matrimonio, las finanzas, los estudios, el trabajo, las relaciones interpersonales e incluso la relación que una persona tiene consigo misma pueden comenzar a desordenarse cuando Dios deja de estar en el centro.
«No ha llegado el tiempo»
El pueblo tenía una explicación que parecía razonable.
Había oposición.
Había dificultades.
La reconstrucción del templo había encontrado resistencia, especialmente por parte de los samaritanos. También existieron cambios de autoridad que produjeron nuevas dificultades para el pueblo.
Por eso comenzaron a decir que todavía no había llegado el momento de reconstruir la casa de Dios (Hageo 1:2).
La explicación parecía lógica:
«No es el momento».
Algo parecido puede ocurrir en la vida cotidiana.
Primero hay que terminar la universidad.
Primero está el trabajo.
Primero están los niños.
Primero está la polola o el pololo.
Siempre puede existir una razón aparentemente válida para postergar aquello que tiene relación con Dios.
Pero Hageo muestra que Dios veía algo más profundo.
Después de detener la reconstrucción del templo, el pueblo continuó viviendo normalmente. La razón por la cual habían regresado a Jerusalén fue quedando cada vez más lejos de sus prioridades.
Por eso, el problema no era simplemente si tenían tiempo.
La verdadera pregunta era:
¿Para qué tenían tiempo?
Siempre se termina encontrando tiempo para aquello que realmente se valora.
Las prioridades revelan el corazón
Una relación a distancia permite entenderlo con facilidad.
Cuando una persona realmente quiere encontrarse con alguien, puede recorrer largas distancias, reorganizar horarios y hacer sacrificios con tal de estar con esa persona.
El mismo principio puede verse en la relación entre un padre y su hijo.
En el ejemplo compartido, un padre debía viajar constantemente por trabajo, prácticamente de lunes a viernes. Sin embargo, regresar a casa era una de sus mayores alegrías porque su hijo todavía era pequeño.
Llegar, agacharse y verlo correr para abrazarlo hacía que cualquier esfuerzo valiera la pena.
No importaba si debía tomar el último vuelo disponible o incluso uno que saliera de madrugada.
Quería regresar.
¿Por qué?
Porque estar con su hijo era importante.
La pregunta, entonces, no es solamente si existe tiempo.
La pregunta es para qué se está dispuesto a hacer tiempo.
Las prioridades revelan la condición del corazón.
Dios debe ser la prioridad
Hageo muestra una contradicción evidente.
El pueblo decía que todavía no era tiempo de reconstruir el templo, pero sí había encontrado tiempo y recursos para vivir en sus propias casas artesonadas (Hageo 1:3-4).
Para ellos sí era tiempo de mejorar sus viviendas, preocuparse de sus acabados y desarrollar sus propios proyectos.
El problema no era tener una casa.
Tampoco era tener posesiones.
El problema no es tener un buen trabajo.
El problema no es estudiar en una buena universidad.
Ninguna de esas cosas es presentada como incorrecta.
El problema aparece cuando cualquiera de ellas ocupa el primer lugar que le corresponde a Dios.
Dios debe ser la prioridad.
Además, Dios no estaba interesado solamente en levantar una construcción material.
El templo representaba el lugar donde su presencia se manifestaba en medio de su pueblo.
Dios quería estar con ellos.
Quería compartir su presencia con sus hijos.
Y ese deseo de comunión sigue siendo central.
Dios quiere compartir su presencia
Cada mañana puede comenzar de muchas maneras.
Una persona puede despertarse rápidamente, pronunciar unas pocas palabras hacia Dios y enseguida tomar el teléfono para revisar las redes sociales, las noticias o cualquier otra cosa.
Mientras tanto, la relación con Dios queda nuevamente para después.
La imagen presentada es sencilla: Dios quiere compartir tiempo con sus hijos.
Quiere que hablen con Él.
Quiere que doblen sus rodillas.
Quiere que lo busquen.
Quiere que lo alaben.
Quiere que lo adoren.
Sin embargo, muchas veces su presencia termina siendo ignorada porque otras cosas ocupan inmediatamente la atención.
Por eso resulta necesario volver a la pregunta principal:
¿Realmente Dios ocupa el primer lugar?
Dios habla por medio de su Palabra
Muchas veces existe el deseo de escuchar a Dios.
Surgen preguntas como:
¿Cuál es la voluntad de Dios?
¿Qué quiere Dios que haga?
¿Estará Dios tratando de decir algo?
Y entonces algunas personas comienzan a buscar respuestas en todas partes.
Esperan escuchar algo en la radio.
Esperan encontrar algún mensaje inesperado.
Esperan que aparezca una publicación en redes sociales que parezca responder exactamente aquello que estaban preguntando.
Pero el lugar principal donde Dios habla es su Palabra.
La Biblia es la Palabra de Dios y muchas de las respuestas que se buscan ya se encuentran allí.
Existe, además, un privilegio que muchas veces se da por sentado: la posibilidad de reunirse libremente y leer la Biblia.
En el mensaje se relata la experiencia de haber tenido contacto con una aerolínea relacionada con Arabia, donde las posibilidades de predicar abiertamente el Evangelio eran muy diferentes.
En determinados lugares existen importantes restricciones religiosas. Incluso las reuniones deben realizarse bajo condiciones muy distintas a aquellas que existen en otros países.
Mientras algunos cristianos enfrentan enormes dificultades para reunirse, otros tienen acceso permanente a una Biblia, a reuniones cristianas y a diferentes medios para escuchar la Palabra.
Y aun así pueden terminar desaprovechándolo.
El enfriamiento espiritual ocurre lentamente
El enemigo puede atacar al cristiano por medio de las tentaciones, aprovechando sus debilidades y pensamientos.
Pero existe también otro peligro:
el olvido.
No siempre el enfriamiento espiritual ocurre de un momento para otro.
Muchas veces comienza con pequeños descuidos.
Algo semejante puede suceder en un matrimonio.
Un reproche que nunca se resolvió.
Una situación que nunca se confesó.
Un conflicto que parecía pequeño.
Poco a poco esos detalles pueden ir deteriorando una relación.
En la vida cristiana puede ocurrir algo parecido.
Un día no se ora.
Otro día no se lee la Biblia.
Después comienza a desaparecer la necesidad de hacerlo.
Poco a poco se pierde el deseo de pasar tiempo en intimidad con Dios, de buscar su presencia y de cultivar la relación con Él.
Y finalmente esos pequeños descuidos comienzan a pasar la factura.
La relación con Dios no necesariamente se abandona de manera repentina.
Muchas veces simplemente se deja de cultivar.
La Palabra de Dios despierta nuevamente
Lo que ocurrió con el pueblo de Hageo muestra también que la Palabra de Dios puede despertar nuevamente a una persona.
No fue solamente una emoción.
No fue entretenimiento.
Fue la Palabra de Dios la que llevó al pueblo nuevamente a la acción.
Habían pasado alrededor de dieciséis años desde que comenzaron aquellas obras y posteriormente las dejaron abandonadas.
Después de la exhortación recibida por medio de Hageo, el pueblo retomó la reconstrucción.
La Palabra produjo una respuesta.
Hebreos 4:12 presenta precisamente esta realidad.
La Palabra de Dios es viva y eficaz.
Convence.
Corrige.
Despierta.
Transforma.
Por eso, cuando una persona reconoce que se ha enfriado espiritualmente, necesita volver a aquello que puede confrontar nuevamente su corazón: la Palabra de Dios.
No basta con que Dios sea importante
Hageo conduce hacia una pregunta incómoda:
¿Quién ocupa realmente el primer lugar?
No basta con decir que Dios es importante.
Dios tiene que ser lo más importante.
El Creador del universo, el Dios Todopoderoso, perfecto, santo y puro; aquel que está sobre todo y sobre quien no existe nadie, quiere tener comunión con sus hijos.
Esa realidad resulta difícil de dimensionar.
El Dios que está por sobre todo quiere compartir tiempo con el ser humano.
Quiere intimidad.
Quiere relación.
La respuesta a esa realidad debe verse en la manera en que se administra la vida.
Dios debe gobernar las decisiones.
Debe gobernar el tiempo.
Debe gobernar los recursos.
Debe gobernar los afectos.
Mateo 6:33 resume esta prioridad.
El reino de Dios debe buscarse primero.
Las primicias del día
Para quien ya tiene una vida cristiana, esta enseñanza implica cultivar conscientemente su relación con Dios.
Buscarlo por la mañana.
Hablar con Él.
Leer su Palabra.
Entregarle las primicias del día.
Antes de que las noticias, las redes sociales o cualquier otra cosa ocupen la atención, Dios debería haber tenido un lugar.
No como una obligación vacía, sino porque aquello que se coloca primero también revela lo que se considera prioritario.
Dios debe ser la prioridad en la vida cotidiana, no solamente en aquello que se afirma con palabras.
Y quien finalmente resulta beneficiado es el propio creyente.
Mientras más se acerca a Dios, más crece.
Dios procura el bien de sus hijos.
Buscar su presencia no responde a una necesidad de Dios, sino a una necesidad del ser humano.
Es el creyente quien necesita nutrirse de su presencia.
Una invitación para quien todavía no conoce a Cristo
Esta reflexión también alcanza a quien todavía no conoce a Dios o no ha entregado su vida a Jesucristo.
Seguir a Cristo no significa que todos los problemas desaparecerán al día siguiente.
La diferencia es que esos problemas ya no tendrán que enfrentarse en soledad.
Dios estará presente.
La vida cristiana tampoco significa que todo será sencillo.
Ni significa renunciar al deseo de crecer, de avanzar, de ser competitivo o de buscar cosas mejores.
Pero todo aquello debe existir bajo una prioridad mayor.
Cristo debe ocupar el centro.
La invitación es a recibir a Jesús como Salvador, como Señor de la vida y como aquel que ocupa el primer lugar.
¿Qué ocupa realmente el primer lugar?
Al final, Hageo deja una pregunta que cada persona debe responder.
No se trata solamente de afirmar que Dios es importante.
Se trata de observar la vida y descubrir qué dicen realmente las prioridades.
¿Qué dice la agenda?
¿Qué dicen los gastos?
¿Qué dicen las conversaciones?
¿Qué dicen las redes sociales?
¿Qué dice la manera en que se utiliza el tiempo?
La respuesta no está únicamente en las palabras.
Está en aquello que ocupa el corazón.
La oración final es que Dios entregue dirección y ayuda para buscarlo, anhelarlo y permanecer en su Palabra; que su fidelidad y su misericordia conduzcan nuevamente el corazón hacia Él.
Dios debe ser la prioridad y el centro de la vida.
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